EL SECRETO (Relato 4)

crisalidaEl aeropuerto es una mampara de rótulos en inglés y francés, a la imagen y semejanza del país anfitrión: Canadá.

La bella Berenia Campomanes aguardaba a Ramiro Baca, bajo un anuncio resplandeciente de la Coca cola. Tendría que abandonar el lugar en el horario acordado.

 Edgar les reiteró que el encuentro sería a las seis o Ana se iba sin ellos.

Su rostro moreno de rasgos delicados nunca evidenció intranquilidad. Significaba mucho el terreno avanzado. Sin problemas, lograron cruzar territorio estadounidense.

Toronto, ahora representaba un nuevo alivio para sus vidas.

La pesadilla estaba a punto de ser enterrada.

Berenice quiso creerlo.

Imaginó que sus adversarios —principalmente de Ramiro— difícilmente lograrían rastrearlos en la segunda metrópoli más poblada de Canadá.

El comandante Joaquín Robles y Lupe Ayala El Cachacas enfrentarían esa limitante territorial e idiomática.

Nuevamente hojeó El Universal y aceleró el mascado del chicle.

En la portada del rotativo sobresalían notas relacionadas al funeral de Juan Pablo II y el intento de desafuero de un Jefe de Gobierno, el del Distrito Federal.

Berenia aspiró el aire con fruición.

Estaban en territorio canadiense.

Hombres uniformados y adustos la observaron con aparente indiferencia.

Tras recoger su equipaje en las bandas movibles de la Sala Dos, ella y Ramiro tendrían que internarse al área de ventanillas. Ahí, por separado, serian interrogados por personal de migración.

Aparentarían no conocerse.

Edgar les advirtió por teléfono:

 “Existe la posibilidad de que los obliguen a enseñar el dinero que portan. Es una simple formalidad, porque dos agentes son compañeros de lucha y los dejarán pasar. No se preocupen… yo estaré cerca para auxiliarlos”.

Berenia escuchó claramente los acordes de la Novena Sinfonía de Beethoven.

Un presentimiento la asaltó.

La gente empezó a moverse con mayor lentitud, demasiada lentitud.

Paralizada observó la puerta que arrojaba hombres y mujeres de caras alargadas, inconmovibles. Iban adheridos a sus belices y mochilas.

Las piernas fuertes y torneadas de Berenia, se animaron a dar los primeros pasos.

Las mismas piernas que horas antes, en la habitación 114 del hotel The Sun, Ramiro admiró, besó y acarició, arrebolado por la pasión. Sin importarle experimentar aquel confuso deseo de rechazo. La atracción de presentarse como una hermosa Centauro de pechos femeninos y sosteniendo en la entrepierna un férreo báculo cavernoso.

Las atractivas extremidades sobre sus hombros avivaron la urgencia de poseerla. En el impasse besuqueó con fruición los pies femeninos de uñas barnizadas de rojo y los tobillos, adornados con dos cadenas de oro blanco.

¿Bach? ¿Su Cantata 140? Dimensión distante, profunda. ¿Por qué la adrenalina desencadenaba su apetito sexual?

 “No hay cosa más importante que hacer el amor”, repetía con sus respiros de asmática, sin mencionar nombres o apellidos.

Coger”, simplemente “coger”: un verbo sin el sujeto y complemento.

Ramiro intentaba entender aquellas palabras. Descifrarlas bajo el fragor de las caricias y el entrampado de la lucha política e ideológica.

Y las respondía con sus largos silencios.

Ella era su todo: una reafirmación emocional, ajena a otras motivaciones, como las que enfrentaba día a día, ante las fuerzas oscuras y letales de la contrainsurgencia.

Su experiencia en el campo político lo tenía devastado.

Los compañeros de lucha habían muerto. Ninguno puso trasponer los enrejados de la cárcel.

Ramiro estaba solo, o casi solo.

Berenia representaba su otro yo, el menos idealista, el más práctico: su escape mediato y trascendente. El que le permitía, como en esos instantes, activar un algo vivo, sin nombre y materia; repetir esquemas de una sensación inenarrable u obscena, dentro de lo que él entendía como algo sucio en su propia sexualidad.

 No era un asunto de género, sino de aceptación mutua.

El Victor—Victoria de Blake Edwards, en el pellejo de Berenia, no en el Julie Andrews.

Un argumento ajeno al enjuiciamiento y ejecución de Míster Wilson, el propietario de la cadena de cafeterías Wilson Time, en Guerrero y Morelos.

Durante dos meses estuvo bajo su responsabilidad el vigilarlo en su celda.

Ramiro fue quien le leyó textos bíblicos, como demanda de un condenado a muerte.

El Comando Mao Tse Tung decidió ejecutarlo al no apegarse a sus reclamos el gobierno: liberar a dos camaradas, presos políticos en Chiapas y consignar penalmente al procurador General de la República por ordenar el asesinato de treinta guerrilleros, durante la Guerra sucia.

En respuesta, la represión se recrudeció. Seis de los quince comisionados en el operativo tuvieron que suicidarse, al ser ubicados por las fuerzas contrainsurgentes del gobierno federal.

Los otros guerrilleros —ocho para ser exactos—terminaron en manos del Cachacas.

Jamás imaginaron que Míster Wilson les haría más daño muerto que con vida.

Philip, el mayor de sus hijos, era abogado y trabajaba para un cártel de Sinaloa. Uno de los capos contactó con el comandante Nereo Robles. La orden fue rotunda: cazar a los involucrados en el asesinato del empresario.

 “Quiero el corazón de esos hijos de puta en mis manos. ¿Entiendes Robles? El corazón de cada uno… Me vale madres que así los encuentre la policía. Quiero su corazón de esos desalmados. Por lo pronto, ofrece un millón de pesos por la cabeza de cada desgraciado”.

Robles rastreó  al Cachacas, un ex guerrillero y sicario de Leopoldo Arenas El X—uno.

Su corpulencia y saña lo convirtieron en una leyenda.

El Cachacas utilizaba las manos para deshacerse de sus víctimas. Las estrangulaba. Y, como firma personal, les arrancaba la cabeza.

Nereo Robles utilizó toda la tecnología e información proporcionada por los cuerpos de seguridad del gobierno para allegarse de nombres y direcciones de guerrilleros, principalmente de los responsables de secuestrar, en Cuernavaca, al empresario estadounidense.

El Cachacas conocía el modus operandi de la mayoría de sus ex compañeros de armas.  Por ejemplo, las motivaciones para involucrarse en un movimiento subversivo antiimperialista y prosocialista.

—o—

La orfandad de Ramiro contribuyó a evitar ser capturado o asesinado. Había crecido en albergues y parques públicos. Carecía de familia y documentos oficiales que dieran fe de su origen.

Ramiro fue una simple referencia armada por el propio Ramiro. Era autodidacta y sus conocimientos académicos, los asimiló con el apoyo de un ex preso político oaxaqueño: Gilberto Baca.

Del maestro de primaria heredó su primer apellido.

Gilberto lo protegió desde el día que Ramiro le demandó una moneda para comer.

—Me escapee de un internado de monjas de Puebla y no he comido —le dijo en el zaguán de la escuela donde laboraba Gilberto.

Desde ese momento lo acogió como un hijo. Sin embargo, evitó darle asilo permanente en su departamento para evitar habladurías.

Cada domingo, por la noche, le impartía clases de gramática y matemáticas. De esa manera lo enganchó en la literatura e historia universal.

“Usted no necesita un papel del gobierno para demostrar que es inteligente e informado. No necesita ir a la escuela y terminar como esclavo de la burguesía. Viva su libertad con plenitud y construya su mundo con estas herramientas que yo le entrego”.

Esas fueron sus palabras.

Ramiro las asimiló y aprovechó hasta donde pudo.

Gilberto tuvo la paciencia de inocularlo de las prédicas de Marx, Engels, Mao, Stalin y Lenin.

De paso, le dio un directorio de amigos y conocidos, otrora guerrilleros y presos de conciencia en Lecumberri.

De Lenin, en su Carta a un camarada sobre tareas de nuestra organización, recordó:

 “Todo el arte de la organización conspirativa debe consistir en saber utilizar a todos y todo, en dar ‘trabajo a todos’, y al mismo tiempo mantener la dirección de todo el movimiento, no por la fuerza del poder, se entiende, sino por la de la autoridad, de la energía, por la mayor experiencia, variedad de conocimiento y talento”.

Y de Mao aprendió de su ensayo Problemas de la Guerra y la Estrategia:

 “La tarea central y la forma más alta de toda revolución es la toma del Poder por medio de la lucha armada, es decir, la solución del problema por medio de la guerra. Este revolucionario principio marxista—leninista tiene validez universal tanto en China como en los demás países.”

De Federico Engels, el protector y amigo inseparable de Marx, se enteró:

“La insurrección es un arte, lo mismo que la guerra o cualquier otro arte. Está sometida a ciertas reglas que, si no se observan, dan al traste con el partido que las desdeña […] La primera es que jamás se debe jugar a la insurrección a menos se esté completamente preparada para afrontar las consecuencias del juego […] La segunda es que, una vez comenzada la insurrección, hay que obrar con la mayor decisión y pasar a la ofensiva. La defensiva es la muerte de todo alzamiento armado […] Hay que atacar por sorpresa al enemigo mientras sus fuerzas aún están dispersas y preparar nuevos éxitos, aunque pequeños, pero diarios, mantener en alto la moral que el primer éxito proporcione; atraer a los elementos vacilantes que siempre se ponen del lado que ofrece más seguridad, obligar al enemigo a retroceder antes de que pueda reunir fuerzas”.

o

Su mundo ahora era distinto.

Ramiro estaba sustraído, a sus 36 años, en la confusión y el desánimo.

De no ser por Berenia, difícilmente hubiese logrado abandonar México con su nueva personalidad, la de empresario de mariscos.

Y escapar de sus verdugos.

Robles y El Cachacas conocían de su existencia, pero no contaban con material gráfico o de un historial confiable para ubicar los antecedentes políticos o delictivos de Ramiro.

—o—

Los hechos se alteraron por una decisión de Philip: ofreció millón de pesos a quien proporcionara datos de los secuestradores y asesinos de su padre.

Una amiga de Berenia, empleada de la Procuraduría General de Justicia de Guerrero, quiso obtener el dinero y reveló lo que sabía.

Y Robles, con datos más precisos de Berenia, inició la cacería.

Lograron allegarse de información personal de Berenia.

En dos hojas carta, a renglón cerrado, esclarecieron dudas y acortaron distancias.

Artemio Campomanes o Berenia Campomanes de 25 años de edad; transexual (en proceso de practicarse la vaginoplastía), soltero, hijo de dos abogados de Chilpancingo y egresado de la Universidad Autónoma de Guerrero. Aun sin titularse en la escuela de Derecho. Es militante del Movimiento de Liberación Nacional Genaro Vázquez Rojas.

La amiga de Berenia conoció Ramiro en una discoteca de Acapulco.

 “Es un tipo bien parecido, como de uno setenta de estatura, muy fuerte y con una voz ronca, como de tenor. Probablemente  no pasa de los treinta años. Baila muy bien y toca la guitarra. Nunca habló de política y sí de música clásica. Es un fan de Mozart, Bach y Beethoven, porque nos habló mucho de ellos”.

Ni las huellas dactilares, obtenidas en el departamento de Berenia, les permitieron identificar a Ramiro. El guerrillero tampoco estaba inscrito en el Registro Nacional de Electores.

 “Este hijo de la chingada se parece al personaje de la película El Chacal, me cae de madres”, repetía Robles.

Sus gruesas patillas a la Elvis Presley transpiraban un sudor pegajoso y su ojo izquierdo amenazaba con ensombrecerse ante la presencia de una vieja carnosidad mal atendida. Nunca se desprendía de un grueso medallón de oro y una argolla en el lóbulo de la oreja izquierda.

Ramiro tuvo el cuidado de evitar algún registro fotográfico oficial.

Sin embargo, un falso pasaporte le permitió salir del país en un vuelo directo El Paso—Toronto.

En Ciudad Juárez sus contactos se encargaron de introducirlo ilegalmente a Texas, donde tenía reservado un boleto de Mexicana de Aviación.

—0—

Ramiro no se dio por enterado que las discotecas de Acapulco contaban con cámaras de video.

Gigi Islas, la amiga de Berenia, precisó día y hora de su ingreso a la discoteca Los Bebe’s.

El gerente del local entregó el material filmado en la fecha indicada.

La imagen del guerrillero terminó en el escritorio de Robles. El policía supuso que se trataba de un centroamericano o sudamericano. Por lo mismo, solicitó ayuda de la Interpol.

Los resultados fueron nulos.

Ningún gobierno latinoamericano o caribeño lo hacía suyo.

—0—

Berenia estaba bajo vigilancia. Robles aguardaba que cometiera un error.

Y así sucedió.

En Ciudad Juárez hizo una llamada telefónica: habló con su madre y pidió quinientos dólares americanos. Necesitaba pagar el hotel donde se hospedaba y un boleto de avión a Acapulco.

 “Te anda buscando la policía”, advirtió su madre. “Es mejor que te entregues. Vamos a defenderte ante cualquier autoridad judicial, porque el hombre que anda contigo es un asesino peligroso. Por favor recapacita”.

Berenia preguntó:

“¿Y quién me persigue?”

Su madre, respondió:

 “Un comandante de la PGR, de apellido Robles y otro hombre, según nos confío el procurador. Están fuera de control y teme lo peor contra ti. Por favor, hija, entrégate a alguna autoridad judicial. Allá en Juárez también tenemos amigos, como el presidente de la Barra de Abogados. Búscalo”.

Berenia cortó la comunicación.

El dinero le fue enviado, pero no intentó recuperarlo.

Ramiro resolvió el entuerto: sus contactos hicieron el pago, vía Internet.

—0—

Robles y El Cachacas, alertados por la conversación grabada, decidieron volar a Toronto.

No involucrarían a la policía canadiense.

Una acción, de esa naturaleza, sería contraproducente. El arresto tendría que hacerse por los canales diplomáticos y de inmediato los fugitivos recibirían protección oficial.

Un juez optaría por llamarlos perseguidos políticos. E incluso, podrían ser arropados por  organizaciones defensoras de los derechos humanos.

Robles, antes de abordar el avión, contactó telefónicamente con Giovanni Bianco, un matón italiano de Toronto.

Las fotografías de Ramiro y Berenia terminaron en el correo electrónico del sicario.

“No deben salir vivos del aeropuerto”, fue la consigna.

—0—

En una pantalla del área de espera, el público observó la ceremonia del sepelio de Juan Pablo II.

Los gritos de “Santo, santo, santo”, atronaban en la plaza principal del Vaticano.

El cadáver del Papa terminó en uno de los extremos de la basílica de San Pedro.

Doce ujieres, de negro y blanco, cargaron el modesto féretro de madera de ciprés al término de una misa, donde asistieron cardenales y jefes de Estado.

Giovanni y tres acompañantes, siguieron con atención la ceremonia luctuosa.  Estaban de pie cerca del mostrador de Mexicana de Aviación.

 —o—

 “Hoy cumplió años mi hija Estela”, recordó el Cachacas. “Viernes ocho de abril y yo en este desmadre. Debería estar con los chamacos. Estela es mi orgullo, me salió muy chingona en la universidad y está estudiando leyes”.

Robles guardó silencio.

No era grato viajar por aire, menos experimentar el descenso de la nave, como en esos instantes ocurría. Una azafata pidió que levantaran los respaldos de sus asientos y ajustaran los cinturones de seguridad.

Sin objeciones.

—o—

En la sección de equipaje, metros abajo, Edgar contactó con Ramiro y pidió que no recogiera sus maletas.

Dijo:

 “Por seguridad tienen que separarse. Ana los aguarda en el estacionamiento 102, en una camioneta VAN, roja, con placas de Chicago”.

Ramiro se tusó la barba. El cabello lo cambio de negro a rubio. Usaba pupilentes y traje oscuro y corbata de seda del mismo color.

La Novena Sinfonía de Beethoven empezó a invadir el aeropuerto.

 Por la escalera eléctrica descendían Robles y el Cachacas.

Edgar y Ramiro aguardaban el arribo del equipaje.

Berenia cruzó la puerta y caminó hacia Ramiro.

 Robles la identificó.

Edgar, la interceptó para evitar que contactara con Ramiro. La tomó del antebrazo y condujo hacia otro extremo de la sala.

 “Soy Edgar… No me sueltes, ni te acerques a Ramiro”.

Berenia alcanzó a observar  a Ramiro que caminaba hacia el área de Migración, sin mirar hacia atrás.

 Los tres fueron aceptados como turistas.

En esos momentos, Berenia comprendió que Edgar fue compañero de vuelo.

La presencia de Ramiro pasó inadvertida para los italianos. Sus ojos enfocaban en Berenia y su acompañante.

Ambos tendrían que abandonar al área de taxis y cruzar la calle para introducirse al estacionamiento del edificio contiguo.

Berenia ya no volvió a visualizar a Ramiro.

La puerta vidriada se abrió y  Berenia recibió una bofetada gélida. Apenas tuvo tiempo de sobreponerse.

Cuatro hombres los envolvieron e introdujeron a una camioneta gris, con el motor en marcha.

Berenia entrecerró los ojos y creyó seguir escuchando los coros de la Oda de la Alegría.

En medio de la nieve, el vehículo se alejó del aeropuerto a gran velocidad.

HEMEROTECA: 2-4-tvnotas

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