LA CORALILLO

el infante portadaLa muerte entra por tu cuerpo sin avisar. Así de repente.

Y el 17 de marzo de 1987 no fue la excepción.

Armida me lo avisó con una vocecita aguda, de desaliento. La lejanía y el mal servicio telefónico contribuyeron, eso imaginé.

—Se murió Pedro —hipeó después de informármelo.

—¿Cuándo?

—Hace tres días…

Armida evitó darme detalles. Le dije que iría a Huaya tan pronto consiguiera el permiso.

El rector de la Universidad de Caracas era condescendiente. Un asunto de esta naturaleza abonaba solidaridad.

Morirse en martes y aun en invierno, significaba mucho para la congregación huayacocotlense. En un mes guardarían duelo por la crucifixión de Jesús, el israelita. Mi prima cargaría su luto por todo el pueblo.

La paisanada sabia de su relación con Pedro, el de la voz de barítono y rostro desfigurado.

Sin embargo, el fornido vaquero contaba con la estima de los parientes, clientes y amigos de Armida.

Los pistoleros y jornaleros de don Pascual El cara de caballo soltaron la lengua. Hablaron de las habilidades sonoras del caporal y amante de la dueña de Los Quelites.

—Si no fuera por su fealdad —repetía el narco—, juraría que es el mismito Pedro Infante, verdad de Dios…

La incógnita jamás se develaría.

La última vez que compartí su compañía fue cuando acababa de cumplir los quince años.

Ya lo escribí líneas arriba.

Por Pedro llegué a Acapulco y recorrí los lugares que me sugirió y hasta conté con el apoyo de unos conocidos.

Ha dejado de existir ocho años después de nuestro cabalgar por el Corcovado.

Y me enteré de su muerte en la sala de espera de la rectoría, frente a Lulú, la secretaria, y quince minutos antes de retornar al aula, donde imparto clases de literatura.

En la capital de Venezuela tuve la oportunidad de laborar, por recomendación del agregado cultural de la embajada venezolana en México, muy cuate de mi abuelo Antonio. Los dos estudiaron en  la Universidad de la Amistad de los Pueblos, la Patricio Lumumba en Moscú.

La edad no fue un impedimento.

  Un viernes por la noche partí a México. Los tres mil seiscientos kilómetros los crucé en completo estado de indefensión. Fueron ocho horas de un sueño profundo.

Bajo la nebulosa bruma del inconsciente, pude descubrir que Pedro abandonó la tierra a los sesenta años. Treinta después del accidente aéreo en Mérida.

De ser cierta la versión —gracias al boquiflojo de Quintín Carreño—, Pedro podría ser el Pedro de las películas y el de los maratónicos conciertos para recabar fondos para las mejoras de la Basílica d Guadalupe.

El mismo que en 1940, el ingeniero de sonido de la XEB, Luis Ugalde lo ayudó a internarse a la radiodifusora.

De ahí el despegue al éxito.

 Hasta la compositora Consuelo Velázquez, la de Bésame mucho, metió las manos para impulsar su carrera artística.

De ser así, seguramente la compositora acudiría al sepelio de Pedro, de saber que había sobrevivido al accidente de la avioneta.

Puras especulaciones.

Mariano Rivera, el hijo predilecto de la compositora jalisciense, fue el responsable de difundir aquella versión:

—Señorita Velázquez, disculpe que la interrumpa —dijo que dijo Pedro al abordar a su madre en los pasillos de la XEB— quería decirle que soy cantante y que soy de Sinaloa. Creo que mi vocación es ser un cantante, me fascinan sus canciones y quisiera saber si usted me podría ayudar para que me escuchen en la radiodifusora.

Consuelo Velázquez aupó al joven, delgado y bien parecido. Lo hizo para quitárselo de encima, como recordó Mariano ante un reportero del periódico Excélsior:

—El director de la radiodifusora, que era don Enrique Contel, lo escuchó e inmediatamente lo contrataron. Ése fue el inicio de Pedro Infante en la radio en México y, a raíz del éxito que tuvo, llegó a Discos Pearless, donde grabó algunos temas de mi madre…

Lo de entrar a hacer películas ocurrió por el mismo sendero.

La suerte y el talento iban de la mano del sinaloense.

El trabajar como director de orquesta en el Salón Maya del hotel Reforma, en la Ciudad de México, permitió acercarlo a la industria cinematográfica. Un productor de la Cinexport Distributing lo abordó con varias copas adentro y lo invitó a hacer un breve papel en una película.

Se trataba de la cinta Un burro tres baturros, dirigida por el español José Benavides Jr.

Con ayuda de una guitarra entonó un bolero, al estilo crooner, mientras  un grupo de amigos se emborrachaba en un departamento de la Ciudad de México.

 En la cinta, protagonizada por Carlos Orellana (también autor del guion), Carlos López Moctezuma y Sara García, pudo acercarse a los productores Eduardo Quevedo, Luis Manríquez y Vicente Saisó Piquer.

1940 sería su año de despegue.

De no ser por la azafata, hubiese seguido alejado del mundo terrenal.

—Llegamos —dijo tras tocarme el hombro y con una seductora sonrisa de bailarina de tubo.

—Pensé que estaba en el cielo —coqueteé.

—¿Por qué dice eso?

—La confundí con un ángel…

El piropo funcionó: terminé con su número telefónico en la página tres de la novela que leía.

Del aeropuerto internacional Benito Juárez a Huayacocotla invertí otras doce horas.

El tráfico en la calzada Zaragoza fue caótico. El taxista uso todas sus artimañas aprendidas en la poblada metrópoli para inyectarme paciencia.

La dejada era en la Terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente, mejor conocida como la TAPO. De ahí viajaría a Huayacocotla en un autobús foráneo.

He consignado mi paso por la capital del país para descifrar el estado emocional que tenía al enfrentarme con Armida.

El encuentro ocurrió a las siete de la mañana, en la tienda de don Salvador Monroy, frente al parque Hidalgo.

En uno de los comederos del mercado municipal desayunamos.

La encontré avejentada, con el pelo cano, muy delgada, casi en huesos.

Y sin brillo en los ojos.

—Pedro murió por un piquete de coralillo…—susurró—. Me pidió en su agonía que sus cenizas fueran esparcidas en Guamúchil, en las aguas del rio Évora…

—¿Por qué ahí?

—Tendrás tú que averiguarlo, primo —respondió con voz cavernosa—, yo ya estoy muy cansada para hacerlo…

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