LA LUZ

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El misterio.

Parque del Tercer Milenio, en San Juan, Puerto Rico:

Sadiel Carmona en bermudas amarillas y camisa floreada. El cabello gris, percudido, sobre unos hombros enjutos, de anciano. Apesta a salitre.

El nombre lo agarré al despertar.

—El verbo es luz —clama el viejo sin público— y la vida es luz, no oscuridad. La oscuridad miente, porque la luz es verdad…

Los turistas del balneario El Escambrón apenas perciben el retumbar de sus palabras. Ni las reinitas de pecho dorado que reposan en los cocoteros abandonan su cómodo refugio.

—Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron… El verbo es él, de él es la luz, de él es el mundo…

El hombre no es un profeta, repiten los pordioseros del paredón de la calle de San Juan Bautista. Pedro, el del Garaje Eduardo, recrimina al periodista que pregunta con insistencia.

—Es jibaro, deje de preocuparse y péguese a la orillita que no hay paso por esta calle tan delgadita…

En la banqueta yace un automóvil destartalado. Pedro es el responsable de mejorar el chasis. Es un experto hojalatero.

Un poco más adelante, a diez o quince zancadas, el paso de los autobuses, de un negro betún, advierte de los riesgos.

La calle San Juan, movida y peligrosa.

La mujer de Pedro le advierte al recién llegado, cámara en pecho:

—Póngase alerta, la piña se le puede poner agria…

En el parque, Sadiel con la cuerda a lo que da.

—Soy una voz que grita en el desierto… La historia se repite: Trump por Pilatos; Netanyahu por Caifás…

Los puertorriqueños enfrentan la sordidez del ajolote. El imperio les carcome su origen.

La prestancia de la flor de la Maga —un paraguas con adornos rosados— protege al demagogo.

Bron de pies a cabeza. Es un cangriman de lengua turbia y barba de iluminado.

Un corbatón de arena blanca lame la mar azul de aguas transparentes. Las palmas en sus arriates circulares, muy vistosos por la intensidad del color barroso.

Sadiel es un tumbado

Los pescadores se lo advierten al periodista.

—Déjelo solo…—insiste Antonio, el del short de mezclilla deslavada y negrura brillante—. El hombre es cachetero…y tumba cuando el turista se descuida…

El balneario encandila.

La brisa peina a las ceibas hasta lustrarles el rostro. Aún están adoloridas tras el paso del huracán María. Una tortuga tinglar se niega a desovar. Sadiel la observa e imagina su caparazón sobre las brasas.

—Necesitan nacer de nuevo desde arriba… —gritó el vagabundo—. Renovemos la carne con espíritu… Hay vida eterna, dejen de dudarlo…

El periodista, impregnado de ceviche y ron, pudo animarse y retratar al orador. Ni el museo de la Guardia nacional o el Castillo de San Cristóbal, como fortaleza española, despertó su curiosidad.

El hombre de las bermudas negras arrojaba fuego por su bocaza.

—Mejor búsquese un cuero de por acá, compadre —ríe el acompañante del pescador—, aquí sobran y son muy lindas… El viejo está aplatanado…

Sadiel señala con su huesudo índice a los tres hombres que lo observan: dos negros y un blanco con su dedo en el obturador de su cámara.

Exclama, elevando la voz:

—La luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas… El que obra el mal odia la luz y no va a la luz, no sea que sus obras malas sean descubiertas y condenadas, pero el que hace la verdad va a la luz… Se libera y salva…

    (Imposible salir del atolladero onírico. Es sábado y el mundo aún enfrenta los espasmos de la desesperanza. Han transcurrido doce horas, desde que colocaste la cabeza en la almohada, y sigues adherida a ella.)

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