EL SILENCIO DE DIOS…

sommus portada-SUEÑO 5

En el cine. La espera.

Desconozco la ubicación de la sala cinematográfica. Ni el lugar o idioma de quienes formados en una línea aguardaban comprar un boleto de ingreso.

Bergman asistió a la función.

Jugaba una partida de ajedrez con su paisano Max von Sydow, metido en su papel de caballero medieval. Lo hacían de pie y en un tablero imantado.

Una pareja dispareja discurría a mis espaldas.

La mujer era obesa y mal hablada. Su acompañante, por el contrario, anatómicamente escuálido y callado. Se distinguía por la cachucha de beisbolista con la palabra Villa en la visera.

—¿Puedo encargarles mi lugar? —demandé, sin rematar con el por favor.

—Adelante —respondió la damisela de cara chata y envuelta en un chal de gruesa lana.

El vigilante observó con sus ojos nerviosos mi descenso por las escalinatas. Tengo presente su rostro aceitunado y lampiño. La camisola del uniforme beige era una talla menor. Lo mismo ocurría con el pantalón azul marino. De ahí que sus borceguís y calcetines verdes quedaran al descubierto.

(Mi primera cuestión: ¿Existen cines donde antes de adquirir el ticket es posible entrar al área de sanitarios?  Me respondo: No olvides que es un sueño. Por lo tanto, es posible.)

En aquel espacio iluminado destacaban seis puertas con manchones negros en forma humana: dos siluetas de mujer, dos siluetas de hombre y dos siluetas de un medio cuerpo femenino y el otro, masculino.

En el sanitario de los heterosexuales, el barullo trascendía.

Sorprendió descubrir a dos mujeres desnudas, besándose. Una, con el trasero sobre el mostrador de los lavabos. La otra, de pie, enlazada a sus piernas de acompañante de ilusionista.

—Solo una meada —aclaré y sin ofuscarme liberé mi enorme animal frente al mingitorio.

Ssssssssssssssssssss

Ssssssssssssssssss…

Sssssssssssssssss…

Sonidos gratos, reconfortantes.

Una veintena de cagones y meones era indiferente a su entorno. Los hombres leían y fumaban mientras descargaban las impurezas de su cuerpo.

El retorno no fue fácil.

La escenografía exterior había cambiado radicalmente. Me enfrenté a seis pasillos sumidos en la oscuridad. En ninguno pude ubicar el principio de las escalinatas.

—Es el de la izquierda —oí a mis espaldas.

Era el tipo escuálido de la cachucha-Villa.

Agradecí el gesto y encaminé mis pasos al pasillo recomendado.

La fila humana avanzaba hacia la ventanilla.

La mujer de carnes generosas y hosca no se inmutó al recuperar mi lugar de espera.

Bergman seguía en lo suyo, pero con un adversario diferente: una mujer de rasgos indígenas, trenzas largas y un rebozo de hilaza chapeteado de estrellas. Sus pies descalzos descansaban en una media luna sostenida por tres angelitos negros y cachetones.

—¿Y Max? —inquirí en castellano.

—Il a perdu…  Ce n’est pas Max, c’est la mort…

Pendejo —murmuré.

—Je t’ai entendu, Mexicain… —dijo sin mirarme—. Je ne suis pas un cheveu de cul…

Por respeto a la santa mujer que estaba a su lado, preferí morderme la lengua.

—0—

No me pregunten porque permanezco en mi cama, leyendo un libro de Nietzsche.

El Séptimo Sello me produjo escozor.

El silencio de Dios permitió ese descanso. Treinta minutos de quietud, sin el desenfreno de la muerte ante mis ojos.

—Los nihilistas son unos descarados.

—Otra vez, la misma vaina —protesté, ya en mi personalidad de venezolano.

Nietzsche entró sin advertirme de su presencia con los nudillos de sifilítico.

La caja negra terminó en el buró.

—Te la manda Bengt…Ábrela…

Obedecí.

—¡Hijo de su puta madre! —exclamé alarmado.

Desde el interior, una cabeza con gorra de beisbolista me observaba…

VIDEOTECA: https://gloria.tv/video/PjnFDCpHC7qo3zighMQLuXwoc

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