EL CORONELAZO

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Elfego Canales fue condenado a morir, no precisamente de muerte natural.

El acontecimiento sucedió dos días después de que el muralista David Alfaro Siqueiros y veinte comunistas disfrazados de militares intentaron asesinar —en una casona amurallada al sur de la Ciudad de México— a un ex comandante del ejército bolchevique: Lev Davidovich Bronstein: León Trotsky.

En su huida, el pintor se refugió en Huayacocotla, disfrazado de ingeniero topógrafo.

Durante cuatro meses bebió una respetable cantidad de aguardiente y curados de pulque, catequizó sobre los principios revolucionarios del marxismo-leninismo, organizó un comando clandestino de guerrilleros estalinistas, jugó ajedrez y pintó un mural en la casona del propietario del único hotel del pueblo: Elpidio Monroy.

—¿Y en Huaya quién es el principal verdugo explotador de los campesinos pobres, camarada Soto? —preguntó Siqueiros, antes de descender de su automóvil Chevrolet 38, color negro.

—Don Elfego Canales es casi el dueño de medio municipio, coronel —contestó  Próculo Soto, luego de agarrar uno de los baúles laqueados de dos asas—. Usted por donde mire encontrará un peón, un hijo bastardo o un comercio de su propiedad.

—Pues esta burguesía cabrona ya tiene su primer mártir —predijo el muralista con un marcado acento norteño.

 La presencia del pintor no causó revuelo entre los lugareños. Niebla y lluvia —aunada a las bajas temperaturas— paralizaban su curiosidad, inventiva y rebeldía.

Durante su estancia en Huayacocotla optó por establecerse en el hotel de Elpidio Monroy, en la habitación número 29, por encontrarse cerca del traspatio y las letrinas.

El frio le provocaba mal de orín y era enemigo de la bacinica, argumentó.

—Aclaro que traigo un revólver Smith & Wesson para mi seguridad  —advirtió el muralista—. Soy hombre de paz, pero usted sabe, en comunidades apartadas de la ciudad, el alcohol siempre nos calienta la cabeza y hacemos pendejadas, como molestar al primero que encontramos en la calle.

—¿Y cuál es su propósito de venir al frío, ingeniero, donde las heladas son parte de nuestro folklor?

—Por lo pronto, descansar —acotó—, y en dos o tres días voy a recorrer algunas parcelas de la región, porque un empresario quiere comprar buenas tierras para experimentar con la siembra de papa.

—¿Papa?

—Así es, papa. Es un tubérculo que se da principalmente en la zona fría, como la que predomina en Huaya… es posible que aquí no se desarrolle esa maldita plaga que tanto daño le hace al mercado mundial…

Siqueiros calzaba pesadas botas de campesino ruso, de mujik, y enfundaba unos pantalones dril, bombachos, con una camisola de lana bajo un grueso chaquetón de cuero de venado. El sombrero Stetson, de fieltro, cubría su rebelde cabellera negra ajena al peine.

Imponía su altura y mirada escrutadora, de guerrero raramuri.

Próculo Soto en jorongo, manta, huaraches y sombrero de lona, depositó el baúl laqueado sobre la cama.

En el trayecto de Viborillas a la cabecera municipal, el muralista lo puso al tanto de su repentina salida de la capital del país. El porque lo responsabilizaron del atentado al dirigente ruso, asilado político del gobierno de Lázaro Cárdenas.

Los hechos ocurrieron la madrugada del viernes 24 de mayo de 1940.

Siqueiros, a través de un telegrama que recibió en Tulancingo, tuvo conocimiento sobre la detención de varios de sus compañeros.

El jefe de los servicios secretos, coronel Leandro Sánchez Salazar iba en su caza.

El muralista planeó viajar a Taxco, Guerrero y de ahí a la sierra jalisciense, pero un amigo, oriundo del puerto de Veracruz, sugirió que se escondiera en Huayacocotla, donde existía una célula del Partido Comunista Mexicano.

—Tuvo suerte en conocer a Próculo, porque los de aquí le tenemos aprecio —dijo Elpidio Monroy, alto, cetrino y de brazos y manos fuertes. Los lentes y el bigote dábanle un aire de intelectual.

—Siempre le estaré agradecido, no se crea —dijo Siqueiros—. Es bueno contar con camaradas que se preocupen por la seguridad de los amigos…

—¿Cuánto tiempo planea permanecer en el pueblo, ingeniero?

—El necesario para hacer una compra que satisfaga a mi cliente, que se dedica a exportar frutas y legumbres a los Estados Unidos y Francia…

El viejo Elpidio descubrió que el recién llegado cargaba un caballete de pintor y un estuche cuadriculado de madera.

El propio muralista aclaró sus dudas:

—En mis ratos de descanso pinto y juego ajedrez…

—Buena terapia, ingeniero. A mí también me gusta hacer pinitos con la pintura, incluso hago colores naturales con plantas, colorantes, acetona y clara de huevo… De ajedrez, nada, pero mi primo Chava Monroy, el dueño del billar y la tienda del centro, es bueno para esos menesteres…

Elpidio Monroy le entregó al huésped una llave de ganzúa, atada a un triángulo de madera de veinte centímetro, con el número 29 grabado en ambos lados.

Siqueiros podía disponer de un camastro con un par de sábanas y dos cobijas, buró, ropero con espejo, mesa de madera de cedro, palangana y jarrón de peltre con agua de pozo.

El quinqué y los cerillos les serían entregados al anochecer.

En el perchero colgaba una delgada toalla blanca no muy blanca.

—Voy a tener que buscar donde comer —comentó Siqueiros.

Elpidio Monroy atajó:

—Mi esposa es poblana y una experta en la cocina. Hoy, por ejemplo, me sorprendió con unos tlacoyos con salsa borracha y mole de olla…

—Muchas gracias, amigo, su invitación me tranquiliza. Es-pero no causarle problemas a su familia y claro, pagaré el servicio…

—Solo le informo que la familia se va a la cama entre las ocho y nueve de la noche. Tenemos una señora en la cocina, de nombre Zenaida, y ella lo atenderá. Cuando desee comer toca el zaguán verde, el de al lado y uno de mis peones lo llevará a la cocina…

El propietario del hotel se retiró. Próculo y el pintor lo siguieron con la mirada.

—Confíe en él, mi coronel —dijo el líder ejidal—. Es un comerciante de buenos sentimientos, nos ayuda cuando lo necesitamos. No se mete en problemas y todos los caciques de la región lo respetan…

—Jamás tienes que confiar en ellos, camarada Soto  —recomendó el Coronelazo—, porque siempre están del lado del lucro. Los buenos buenos, que se dicen cristianos, ven al pobre con un sentimiento malsano de piedad y no como víctimas de la explotación y la injusticia. Un verdadero revolucionario no debe tenerles conmiseración, son enemigos de la clase proletaria, no se le olvide…

—Está bien —condescendió Próculo no muy convencido—, pero mañana, coronel, lo llevo con don Elfego Canales, para que lo conozca y pregunte lo de las tierritas que busca. Es muy importante el encuentro. Las otras familias, ya con su venia, no se meterán con usted, ni harán preguntas incómodas… Hasta los sardos, el presidente municipal y los licenciados del gobierno le tienen mucha ley al viejo…

Siqueiros colocó el Stetson en el perchero y abandonó la habitación, seguido del dirigente campesino.

En el trayecto, por un pasillo colmado de maceteros con rosales, recomendó:

—Y por favor ya no me diga coronel, por seguridad de los dos. Ese grado pertenece a la ochenta y dos brigada del octavo Ejercito Republicano Español… Son cosas que quedaron atrás, camarada Soto…

En mayo de 1969 —diez y nueve años después de su arribo a Huaya—,  un comando guerrillero,  en el que se incorporaron dos ex pupilos del Coronelazo —como sus adversarios llamaban al muralista— secuestraron, juzgaron y ejecutaron, por acuerdo de una Asamblea Revolucionaria, al viejo cacique, admirador de Mussolini, Hitler y Franco, y padre de Melinda, Elfego Higinio, Benito, Adolfo y Francisco Canales.

HEMEROTECA: pro2216

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