NADA ES VERDAD (Cap.4)

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En las dos semanas posteriores a su primer encuentro sexual, Florentine y Garance se comportaban como una pareja, conscientes de su nuevo rol de estrellas del porno.

Florentine confiaba en las decisiones del viejo.

Por mandato de la voz robotizada, ella tuvo que ceder, después de drogarse.

Los límites del pudor fueron pulverizados.

Garance leía pasajes bíblicos, en su afán de contrarrestar algún sentimiento de culpa.

Le aseguraba a Florentine que, de obtener su libertad, lo ocurrido en la celda (así llamaba a la habitación) quedaría como un hecho intranscendente.

—De vencer la adversidad —dijo—, juntos iremos a la catedral de Notre Dame para darle gracias a Dios por haber sobrevivido —y tras arrodillarse frente a ella, argumentó—: Solo piensa reinita, que eres una heroína y que  te respeto… Lamento que seas un instrumento de dolor y abusos, pero lo único que me interesa es salvar tu vida.

Florentine, menos conmocionada, tomó sus manos rugosas y temblorinas y mirándolo a los ojos, respondió:

—Nunca me has lastimado, Garance… Y dejo en tus manos mi seguridad, créelo…

Los efectos de la anfetamina habían contribuido en aceptar su cautiverio y desnudez. Incluso, había desarrollado una mayor sensibilidad en la piel y los órganos sexuales.

En cada relación sexual entrecerraba los ojos e intentaba convencerse de que el hombre que la poseía carnalmente era su prometido o algún antiguo compañero sentimental.

En uno de aquellos deslices sexuales, creyó que Robert de Niro, en su papel de taxista y mohicano, iba a rescatarla. Lo imaginó asesinar a su captor —Harvey Keitel— como ocurría en la película Taxi driver. Después de la violenta faena y terminar malherido de un hombro, De Niro la poseía y le susurraba al oído que su cuerpo era escultural, de afrodita, y que ningún hijo de perra volvería a lastimarla.

El martes 27 de diciembre, el noticiero estelar de la noche abundó sobre la desaparición de Florentine Dugès.

Su prometido, del que solo aparecía su foto, informó a la reportera sobre un mensaje electrónico de Florentine. Le aseguraba que temía de ser asesinada por un compañero de trabajo, relacionado a la industria de la pornografía.

Por la misma razón, ella había optado por ocultarse.

—La matarían si denunciaba el hecho a la policía.

Lo mismo sucedería con Raynald Gellar.

—La joven es originaria de la ciudad de Quebec —abundó la conductora al tiempo de presentar una gráfica de Florentine en cuerpo entero— y hace diez años sus padres fallecieron en un accidente carretero. Es hija única y gracias al dinero que obtuvo de una aseguradora pudo establecerse en Montreal y continuar sus estudios de modelaje. La policía tomó cartas en el asunto y confía en que siga con vida y pronto haga contacto con su prometido… Cualquier información de su paradero, favor de reportarlo al 911 o al teléfono gratuito1 888 641—2447…

Garance intentó distraerla. Le entregó a Florentine un plato con caldo de pollo y trozos verduras precocidas.

Después, con una taza de café sin azúcar en las manos, el viejo volvió a tirarse en el camastro.

Por lo que acababa de escuchar en el televisor, preguntó:

—¿Es verdad lo que dice el noticiero?

—Nada es verdad y desconozco porque Raynald dijo todas esas mentiras…

—Eso significa que tu vida corre peligro —dedujo el viejo—, porque es posible que sea tu novio el que nos tenga secuestrados.

—¿Y a ti por qué?

—Lo ignoro, pero me ha usado para intimidar contigo y filmarnos. Puede tratarse de un comerciante de pornografía y estoy seguro que tiene el apoyo de la agencia de publicidad donde trabajabas. ¿Él seguramente también debe conocer a alguien en el bar donde mesereabas?

La chica le reitero que había conocido en la agencia a Raynald.

Tenían sentido las palabras del viejo, pensó.

Sin embargo, gracias a las pastillas de Éxtasis, sobrepuso a cualquier sentimiento negativo.

Florentine prefirió evocar los momentos íntimos y placenteros experimentados con el anciano.

Bajo la tela blanca de la perturbación, supuso que Garance lo era todo. Una pintura perfecta, mientras la droga le permitiera tolerar el presente y no la alejara del pasado.

—Mientras lo que hagamos no nos destruya, lo que pase después debe ser mejor que ahora… —murmuró Florentine, entrecerrando los ojos.

 El viejo besó su frente.

Y continuó posando sus áridos labios en la nariz respingona, oreja y nuca de la chica.

En tono paternal, le susurró:

—Quien esté detrás de esto, recuérdalo cuando estés libre, jamás tuvo el deseo de hacerte daño… Me comprometo a que regreses al mundo exterior y nunca te falte algo…

—¿Me lo juras, Garance?

—Te lo juro reinita… Me cortaría las arterias ante tus ojos, si te fallo… —y empezó a recitar un versículo de los Filipenses—: Así que mi Dios les proveerá de todo lo que necesites, conforme a las gloriosas riquezas que tiene Cristo Jesús…

Florentine, emocionada por sus palabras, depositó el plato en el piso, lo abrazó y pidió:

—Por favor, encadéname en las argollas y hagamos el amor… Está equivocado ese hijo de perra si piensa que tiene en sus manos nuestra sexualidad… Lo pondremos a prueba…

—¿Estás segura?

—Hazlo por favor…

Garance no pudo contenerse y la erección fue inmediata. Florentine sintió el miembro en su vientre, reducido por la edad.

—Perdón —Garance quiso disculparse.

—Ve por las cadenas —ordenó Florentine, aparentemente excitada.

Lo que ocurrió, a petición de la chica, resultó ser demasiado embromoso para Garance. Verla así, encadenada, bocabajo y pidiéndole que la penetrara le pareció algo irreal a su edad.

El viejo obedeció. Hizo lo que la chica demandaba. No le importó romper sus reglas, el propósito de lo programado durante el día.

La chica era demasiado bella, vital e inteligente como para dudar.

En esos momentos, mientras ella asumía el papel de perra y gritaba de placer al recibir las embestidas, Garance le dio gracias a Dios por no arrastrarlo al pecado.

—¿Por qué lo has pedido, reinita?  ¿Por qué? —alcanzó a proferir el anciano.

—Porque tú eres el dueño de mis actos en estos momentos y has hecho todo para que estemos aquí y te haga feliz…—exclamó Florentine al sentir un líquido caliente y pegajoso en su entrepierna.

Dios… Dios —balbuceó el viejo—, te has ganado mi felicidad… Gracias Florentine… gracias… gracias…

HEMEROTECA: El hundimiento – Joachim Fest

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