GAJES DEL OFICIO

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En Acapulco, octubre de 1980.

—¿Es usted periodista?

Guardé silencio.

Tal vez lo dedujo por la libreta de taquigrafía, el bolígrafo y los tres periódicos que estaban sobre la mesa.

Desayunaba en el restaurant del Hotel Playa Hornos, en la cerrada 18 de marzo.

Me entrevistaría con un regidor porteño.

—Aquí trabajo —dijo el hombre que me encaraba—, pero vivo cerca de la base naval de Icacos…

Iba enfundado en una filipina y mandil blanco.

Nada me decía su tez morena, nariz ancha, bigote crespo y entrecano, como sus cabellos, y ojos pequeños y enrojecidos.

 En vano intentaba recordarlo.

—Soy amigo de Pedro Huerta… y usted colabora en su periódico y sabía que venía hoy al hotel, me lo dijo Rodrigo…

—A sus órdenes…

—Soy el encargado de la limpieza… Le pedí permiso al patrón para hablar un momentito con usted.

 Tomó asiento en mi mesa, sin invitarlo.

Y dijo sin rodeos:

—Mi yerno fue levantado por judiciales y temo que ya esté muerto, porque se lo llevaron al fraccionamiento Granjas del Márquez, por el hotel Princess Acapulco… Donde la policía y los militares tienen casas de seguridad y un cementerio clandestino… —hizo una pausa y me presentó una fotografía—: Mire, este es mi yerno y tuvo problemas en su trabajo con un policía judicial.

En la gráfica a color aparecían, en una playa, un hombre corpulento y risueño y una mujer regordeta, de vestido naranja y en chanclas.

—Ella es mi hija y es madre de tres pequeños, mis nietos…

—¿Ya denunció el secuestro en la procuraduría general de justicia? —tantié el terreno.

—Rodrigo me sugirió que antes hablara con los del Frente Estatal Contra la Represión… y en esa estoy. Tal vez lo haga al salir del trabajo…

La mesera se acercó e informó que yo tenía una llamada telefónica. El regidor pidió que lo aguardara un poco más. Un incidente burocrático le impedía abandonar el Palacio Municipal.

El hombre de la filipina me observaba, aun con la fotografía en la mano. Decidí escucharlo y, de ser cierta la historia, la escribiría para el periódico Revolución. 

Sin embargo, no sería en el restaurante. La entrevista tendría lugar en las oficinas del periódico.

El hombre aceptó y antes de despedirnos se identificó. Dio algunos detalles de su vida.

—Me llamo Filiberto Cano y soy de los Barrios Históricos…  Mi esposa heredó una casita por la Icacos y desde hace diez años dejé mi barrio…

—0—

En la tarde, le comenté del encuentro a don Pedro Huerta.

Tras escucharme sin interrupciones, sugirió que tuviera reservas. El asunto de los desaparecidos políticos tenía intranquilo al gobernador Rubén Figueroa Figueroa.

En su último informe, Amnistía Internacional, había consignado la desaparición forzada de 348 luchadores sociales en Guerrero.

Y todos durante el sexenio de Figueroa Figueroa.

—Nosotros no podemos publicar asuntos de esta naturaleza —aclaró don Pedro—. Nos exponemos a ser auditados por la Secretaria de Hacienda o que se nos niegue el papel para la impresión del periódico…

Su respuesta me incomodó.

Sin proponérselo, don Pedro despertó mi instinto reporteril.

Esa misma noche, desde un teléfono público, me comuniqué con don Enrique Maza, uno de los directivos de la revista Proceso.

En Cuernavaca tuve la oportunidad de conocerlo. Ocurrió en 1978, en mis tiempos de subdirector del periódico Noticiero del sur.

Unos días antes de nuestro encuentro, fui secuestrado y torturado por un grupo ultraderechista de Temoac, Morelos. El fotógrafo del periódico, de nombre Joel, tambien sufrió vivió la tragedia.

Nos liberaron en las cercanías de San Juan del Rio, Querétaro.

 Un asunto interreligioso había provocado el doloroso incidente.

Los secuestradores suponían que el obispo de la diócesis de Cuernavaca, monseñor Sergio Méndez Arceo, patrocinaba el periódico.

Don Enrique Maza me buscó para entrevistarme. Además de ejercer el periodismo era sacerdote jesuita.

Después del encuentro en el restaurante de Sanborns, me ofreció las páginas de Proceso en caso de tener algún asunto periodístico de interés público.

Y la oportunidad había llegado.

—¿Y ya tiene toda la información confirmada? —preguntó don Enrique tras escuchar el asunto del fraccionamiento Granjas del Márquez.

—No, pero mañana voy a iniciar la investigación con el suegro de una posible victima…

—Cuando tenga el conejo en las manos me habla para cocinarlo. Por el momento son especulaciones…

—Le hablé —dije— para dejar constancia del asunto, por simple precaución, don Enrique…

—o—

En el viejo Ford 65 de Filiberto Cano nos internamos al fraccionamiento Granjas del Márquez, a diez minutos de la costera Miguel Alemán, entre el aeropuerto internacional y la zona naval de Icacos.

Recorrimos una callejuela polvosa, solitaria y plagada de árboles urgidos de agua.

Filiberto Cano frenó su automóvil frente a una casa aparentemente abandonada.

En la fachada sin pintar sobresalían dos ventanales con los cristales rotos y cubiertos de plástico y cartón corrugado.

La misma escenografía se repetía en las casas contiguas, de una planta.

El hombre tocó el claxon en tres ocasiones y un hombre, en short y playera percudida, se desprendió de una de las puertas.

—Es un amigo…  —aclaró Filiberto—, se llama Alberto y conoce todo lo que aquí ocurre…Él me ha asegurado que aquí mi yerno fue torturado y es posible que aún se encuentre con vida…

Nos alejamos del lugar.

En el trayecto, Alberto “N” nos puso al tanto: hizo revelaciones extraídas de una novela de horror.

—Los fines de semana entran camionetas con personas atadas de manos y con capuchas en la cabeza y los meten en una de estas casas y los torturan horriblemente.  Los matan y arrojan en los pozos artesianos que hay en este fraccionamiento o en los del Copacabana que se encuentra como a medio kilómetro del hotel Princess Acapulco

—¿Y cómo sabe usted tanto de esto? —pregunté sorprendido por los detalles descritos y la seguridad y la verisimilitud que le imprimía a su relato.

—Porque soy policía judicial…

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