¡MALHAYA TU CORAZÓN!

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Cada época tiene sus canciones, escribió Trotsky y le creíste.

Te viste obligada a interrumpir a Gardel y solicitar la presencia de los paramédicos y una ambulancia.

No era la primera vez que marcabas el 911.

La respiración es descendente y está muy pálida.

(Pausa).

Hace diez minutos regresé del trabajo.

(Pausa).

Lo desconozco. Estaba encendido el reproductor de películas y escuchaba música. Me supongo.

(Pausa).

Por favor… Muchas gracias.

Evoqué algo que había leído. Luego lo anoté en una de las libretas de Quiroga.

“Antes de morir hay un segundo (o menos) que tiene el nombre de umbral. Es el instante mismo que dejamos de vivir. Entramos al mundo de la nada, de la penumbra excesiva. Las iglesias se han enriquecido por el temor a lo desconocido después de morir.”

Tus sollozos eran recurrentes, como tu vulnerabilidad emocional.

Quebec destrozó tu espíritu de guerrero.

Quiroga, fuimos vencidos por el sistema y la edad. Perdimos contacto con el mundo y terminamos apandados en la bóveda de una sucursal bancaria.

¿Qué escuchaba?

Lo recuerdo, claro que lo recuerdo:

Adiós, que me voy llorando,/me voy llorando y te dejo./Y aunque no te vuelva a ver,/con la esperanza me alejo.

¡Ay, sí, sí! ¡Ay, no, no!

Ingrata, me has olvidado

¡Malhaya tu corazón!

¿Dónde están los juramentos/que me hiciste una tarde?/Todo lo ha llevado el viento,/y en una forma cobarde.

¡Ay, sí, sí! ¡Ay, no, no!/

Y en una forma cobarde/mataste mi pensamiento…

No hay forma de despertar, ni lo intentaría.

Estoy tan sola. Difícilmente alguien puede notarlo.

Hugo decidió vivir por vivir, después de ser enjaulado en Caracas e incorporarse al ejército bolchevique de su tocayo, según su propia expresión.

Rojo rojito, repetías y confiabas en el éxito de la aventura, por partir la insurrección desde el seno de las fuerzas armadas bolivarianas de Venezuela.

El exilio nos quitó la venda de los ojos.

La revolución iba encaminada al fracaso, de no aliarse con la burguesía demócrata de los Estados Unidos, Francia, España e Inglaterra, como terminó sucediendo ante la derrota electoral del 6 de diciembre.

Nos aislaron.

La única aportación histórica de los chavistas fue haber sacado de la miseria y darle voz a tres millones de venezolanos.

Sin embargo, una economía petrolizada, como la nuestra, iba encaminada al fracaso.

En tus tertulias de los viernes, no parabas de repetir citas de tus autores preferidos, como el padre del ejército rojo, León Trotsky:

“Tenemos que aprender a trabajar correctamente, con precisión, limpieza y economía. Necesitamos desarrollar la cultura en el trabajo, la cultura de la vida, la cultura del modo de vida. (…) No existe palanca apropiada para elevar de un solo golpe el nivel cultural. Esto requiere un largo proceso de autoeducación de la clase obrera acompañada y seguida por el campesinado.”

Y de repente, pluf, el globo se desinfló: los venezolanos fueron doblegados por el estómago y el exceso de discursos.

El imperio nos obligó a hacer largas colas para comprar huevo, harina de maíz, papel sanitario, aceite comestible, carne de cerdo y azúcar…

Y la pregunta era la misma:

¿Cómo es posible que los bolivarianos lleven gobiernen Venezuela desde 1999 y la burguesía parasitaria, dueña de los supermercados y la industria alimentaria, nos tenga agarrados de las bolas y ovarios?

 Algo no está bien. Es una burla.

“Venezuela tiene quince millones de reaccionarios y quince millones de revolucionarios. Ese es el quid de las cosas y en cada elección se gana o se pierde con poco margen”.

Oírlo de ti, me hizo dudar de todo.

Nos hundimos en el silencio sepulcral de los muertos en vida.

No hay retorno.

El banco nos humilló y la historia de Job, el de Edom, volvió a repetirse. Terminaremos desnudos, sin fortuna y maldiciendo.

Tú eras de Caricuao, de las partes altas cercanas al Centro Cristiano Misionero.

La Universidad me permitió conocerte y admirar tus arengas a favor de la igualdad y el amor al desvalido.

Y mírate ahora.

Pedro continúa con su salario incompleto. Tuvo que recurrir a la ayuda social para darle de comer a su familia.

Itala, Itala… no me dejes solo, por favor. Te amo, Itala…

El paramédico, de voz templada, impersonal, no duda en dar su veredicto.

Nada sabe de la existencia del umbral y todas esas vainas filosóficas.

“Lo siento, señor, su esposa sufrió un infarto y nada podemos hacer. En verdad lo lamento…”

Tienes que recordar, por favor…

FIN

 

HEMEROTECA: pro2217

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