EL VALLE DE LOS MUERTOS

sommus portada-SUEÑO 6

En la cresta rojiza del Merrick no deja de asombrarme la belleza del valle.

Tirito.

De acercarse la lente de la cámara al rostro, desencajado por el esfuerzo del ascenso, el espectador podrá percibir el movimiento repetitivo de los párpados.

El frio de invierno quedó atrás.

La pradera perdió su antiguo fulgor. Los navajos y apaches, bajo el liderazgo de Cochise y Gerónimo, están ausentes.

La tentación es mayúscula.

Arrójate… trescientos metros te separan de las arenas de sangre…

La sabana de limolita aparenta no tener fin. Los ríos serpentean entre aquel paramo seco bordeado de álamos y olmos de hojas sedientas.

Me niego a despertar.

Un vaho de calor sofocante me obliga a beber un poco de agua de la cantimplora. Perdí el sombrero al agarrarme a la saliente rocosa para sostener el equilibrio.

El viejo máuser, de hechura mexicana, continúa en mi espalda.

Colinas de fuego.

¿Por qué elegir el Merrick y no el West Mitten o el East Mitten?

El Valle de los muertos es un comal avivado por las llamas volcánicas.

El  suicidio es la única salida. El otro, ajeno a la historia de tu vida, reapareció al solo cerrar los ojos. Hay revueltas en el mundo.

Nervios de acero,

Nervios de acero.

El pueblo organizado jamás será derrotado.

Los navajos oran en atacaspano. El vuelo del cóndor confirma su presencia. Aliento de vida. Desde Nuevo México a Arizona. Estoy en el corazón de Utah, vencido y confundido. Huelo a cenizas y terracota.

Norteamérica se desgrana. Suda sangre. Del sur a norte, por el contrario, la floresta avanza. Ahoga la pólvora y pulveriza a las ojivas nucleares.

Soponcio sobrepuesto. Aspiro con fuerza y utilizo el faldón de la playera para secar el sudor.

Es posible confirmarlo. El Valle de las rocas es un refugio seguro. Las diligencias cesan su marcha. Ni un búfalo pace en estas tierras de promisión.

El otro, insiste:

—Inténtalo, cobarde… Arrójate… o cuélgate con tu propio cinturón… Cobarde…

En los hondos valles que rodean el picacho donde me encuentro logro vislumbrar a un ejército de nubarrones. Los chamanes hacen su parte. Es posible que llueva.

 —¡Corte!

—Es todo, Manríquez…

Despierto.

Es desactivada la pantalla verde.

Vilma me arroja la toalla.

—Báñate —pide y me recuerda—. El siguiente llamado es en tres horas…

John Wayne, intacto a pesar del tiempo, se niega a rasurarse. Su mandíbula de hierro apenas se altera al ser informado, por su mismísimo tocayo, John Ford, que morirá en el siguiente ataque apache. Mentía. Wayne es inmortal, a pesar de ser republicano.

Prefiero alejarme del set antes de enjaretarme una nueva botella de whisky. John y John no tienen llenadero.

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