EL PACTO

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Bajo la hornaza.

El Arre Machos fue insistente:

Manito, el bato no falla… Va estar en los pollos de la Artículo 123, pegadito a la parroquia Cristo Rey…

—¿Me vas a acompañar?

—No lo creo —dijo—, mañana voy a El Paso…

Nos encontrábamos en la cocina del departamento.

De las diez de la noche a la una de la mañana estuve en la hemeroteca de El Diario. Una hora antes entregué las dos partes del reportaje sobre Samalayuca que saldría publicado el lunes y martes.

El Arre Machos, antes de meternos al departamento, me llevó a un bar de la Burócrata. Ahí nada me dijo de su encuentro con el agente judicial. Era su estilo. Pagué la cuenta de las cervezas consumidas y acepté regalarle los veinte pesos que me solicitó.

El lunes me estrenaría como reportero de la fuente policiaca.

Por lo mismo, tenía urgencia de pactar con el policía judicial para no ser derrotado laboralmente por mis adversarios de El Diario. J logró convencer a V y meterme en el mercadeo mediático de la inseguridad pública.

En la convivencia del viernes, RS me advirtió que el propietario de El Diario jamás se tocaba el corazón para deshacerse de los reporteros. Sus acompañantes, V y J asintieron con la cabeza y me conminaron a echarle ganas al jale.

En la cabaña de RS mis colegas estaban conscientes del infierno que me aguardaba.

Sin automóvil propio sería imposible cubrir las fuentes asignadas en un mismo día: delegación de la PGR, penitenciaria (Cereso), juzgados y agencias del ministerio público del fuero común.

Dos mil kilómetros cuadrados, de los tres mil seiscientos del municipio,  estaban casi urbanizados y plagados de largas avenidas y polvosas callejuelas. Solo era posible recorrerlas en ruteras o camiones urbanos. El salario no alcanzaba para desplazarme en autos de alquiler.

Otro problema estaba en ciernes: las ejecuciones entre narcotraficantes requerían la presencia física del reportero para entrevistar a testigos o policías.

Los reporteros gráficos, con ayuda del radio-scanner captaban el reporte policiaco y en menos de media hora lograban acercarse al lugar de los hechos. Arribaban acompañados del periodista asignado para redactar la nota. En mi caso, estaba vetado.

Tendría que hacerlo con mis propios medios.

Por lo mismo, no dudé en aceptar mi encuentro con el agente judicial contactado por Arre Machos.

El lunes 1 de julio, al mediodía, acudí en taxi a la cita.

El policía me aguardaba en una de las mesas del restaurante. Leía El Diario del día. Su tosca apariencia se diferenciaba de los otros comensales. Era casi negroide, de pelo a rape y bíceps de atleta. Usaba playera celeste, jeans deslavados y tenis blancos, impolutos. Bebía café.

Me saludó de pie y percibí cierta calidez en el trato.

—Me gusta como escribe —dijo señalando el periódico y poniendo el dedo índice sobre el texto de la primera parte del reportaje que escribí sobre Samalayuca.

Intentó romper el protocolo.

—Se agradece…

—El Arre me comentó que usted es de Veracruz…

—Sí, de Huayacocotla, un municipio de la huasteca veracruzana…

—Por eso estoy aquí —aclaró—. Soy veracruzano, pero porteño… Me llamó la atención su segundo apellido, el Caracas…

—Sí, mi abuelo Antonio Caracas es del puerto, pero su rancho está en San Andrés Tuxtla…

Cabrones los Caracas… A uno de ellos hasta un corrido le compusieron…

—Al bisabuelo, que también se llamaba Antonio y era un matón a sueldo, según me contó el abuelo…

En ese tenor fue la charla.

Pedimos de comer pechugas fritas de pollo y un consomé de verduras. Nada de alcohol.

Hablamos de nuestro paso por el puerto de Veracruz  —yo como fogonero en la Armada de México; él, como agente de cobranza en una sucursal bancaria—, su actual apego al trabajo de policía judicial, la inseguridad pública predominante en Ciudad Juárez, mi trabajo de reportero investigador en la revista Proceso y en algunos diarios nacionales y locales.

Fui prudente al no pedirle su nombre.

Cuando nos sirvieron el café, abordamos el asunto que me interesaba.

—Necesito su ayuda…—demandé sin titubear.

—No se preocupe paisano, cuente con mi ayuda… —y al decirlo, en mi libreta anotó su nombre y dos números telefónicos—. Normalmente aquí me ubica después de las cuatro de la tarde…

—Me tienen de los guevos en el periódico… —dije algo abatido.

—Usted cúbrame las espaldas y yo le doy la información que necesite…

—Cuente con ello y se agradece —confirmé al estrechamos la mano.

Estaba consciente sobre el significado de sus palabras. El cubrirle las espaldas me convertiría en su tapadera en caso de verse involucrado en algún asunto de corrupción.

En la mesa quedó abandonado el periódico. Supuse que lo había olvidado. En realidad pertenecía al restaurante.

Mi reportaje destacaba bajo el titulo

SAMALAYUCA: UN PUEBLO OLVIDADO/I de II partes.

Samalayuca, Chih.- Dicen que a este pueblo de mil 200 habitantes, Dios le dio todo: agua en abundancia, minas de cobre, campos fértiles y ricos yacimientos de calhidra y cemento. Pero, para contrarrestar su soberbia, como lo resume Gerardo Anaya Chávez, ex presidente seccional, los castigó con el mal de Tántalo: nada de lo que trabajan les rinde, sus recursos naturales los aprovechan otros y por sus pugnas con funcionarios aduanales se han convertido en extranjeros de su propia tierra.

—Por el momento, lo único que los salva es su capacidad organizativa, el sentido práctico del servicio y la esperanza ciega del milagro divino para que parte de sus 49 mil 424 hectáreas de terrenos ejidales produzcan hortalizas, gramíneas y alimento forrajero.

Y el nuevo presidente seccional, Guillermo Esparza Saldaña abona la tesis de su antecesor:

—Nosotros tenemos fe, primero Dios, de que la mala suerte termine este año y el futuro sea más promisorio para nuestros hijos…

Lo afirma con convicción al experimentar en carne propia los sinsabores del olvido oficial.

Ni la carretera Panamericana, ni la termoeléctrica o la cementera recién inaugurada por el presidente Ernesto Zedillo Ponce de León, han sacado del atraso social a los habitantes de Samalayuca.

Las trece calles son vestigios de algo parecido a una guerra civil y la palabra drenaje es desconocida en el vulgo de los pobladores.

Sus trescientas doce casas, achaparradas —de bloques o adobes—, en un setenta por ciento se encuentran en mal estado. Es normal observar en la mayoría de los solares, retazos de vehículos fronterizos, neumáticos desinflados y montículos de sílice y basura.

Sin embargo, desde el siglo pasado, su conocimiento práctico de la democracia ha rebasado, incluso, los propósitos maniqueistas de los partidos políticos para elegir a los gobernantes.

Esparza Saldaña explica que cada tres años, en Samalayuca, se elige a su presidente seccional. Depende administrativamente del Ayuntamiento de Ciudad Juárez. La elección se hace de manera abierta y con el consenso de los pobladores.

En su caso, agrega, el 5 de noviembre de 1995 contendió contra la planilla encabezada por Juan Macías Gurrola. Lo derrotó con 240 votos de los 350 electores que participaron.

No hubo reproches, ni violencia, ni guerra de periodicazos.

El mismo día, por la tarde, Macías Gurrola reconoció su derrota. La mayoría de los pobladores se reunieron en la plaza pública para celebrar.

Los partidos políticos, principalmente el PAN y PRI, pasaron a segundo término. Las dos planillas contendientes fueron registradas por los grupos de simpatizantes de ambos candidatos.

Después de los comicios, el triunfador fue reconocido como auxiliar del alcalde de Ciudad Juárez. Cada quincena recibe seiscientos pesos por sus servicios.

Sin embargo, los pobladores de Samalayuca le dan un trato de presidente municipal, por ser autoridad máxima.

En Samalayuca no hay bares, restaurantes o licorerías. Está prohibida la venta de cerveza o vinos.

 Macías Gurrola reconoce que el mercadeo se hace de manera clandestina. En algunas ocasiones, hasta tolerada por las autoridades.

La prostitución es desconocida.

Es común que las mujeres del pueblo se casen o  junten con sus mismos paisanos.

En los primeros años de la década de los noventa, Samalayuca era una comunidad visitada por miles de turistas.

Los negocios de alimentos florecían al borde de la carretera que atravesaba el pueblo. Ante su negativa de ampliarla y convertirla en autopista, el gobierno del estado decidió sacarla y construirla a 600 metros de Samalayuca.

El gobernador Fernando Baeza lo advirtió a principios de 1991:

—O remodelamos su carretera y creamos la Panamericana, que muchos beneficios les traerá, o simplemente la cerramos… y se acabó.

Los pobladores se opusieron.

Baeza materializó su amenaza.

Samalayuca poco a poco se aisló y las mujeres y hombres que vivían del comercio terminaron con su bonhomía.

Catorce años atrás les ocurrió algo similar.

En 1978, inversionistas privados y el gobierno federal decidieron cerrar las minas de cobre que socavaban en las cordilleras monumentales que se yerguen al costado de la comunidad.

Veinte décadas de trabajo y recompensa quedaban atrás. Los gambusinos, obreros y burócratas locales se quedaron sin trabajo.

—Tuvimos que volver los ojos al campo y refugiarnos con el Banco de Crédito Rural para tratar de hacer producir nuestras parcelas —afirma el ex presidente seccional y representante del comisariado ejidal de Ojo de la Casa, Gerardo Anaya Chávez.

La decisión de igual manera les trajo problemas.

Banrural condicionó los créditos a la palabra y a sus inspectores, cada productor beneficiado debía darle una parte del dinero prestado.

Los 177 ejidatarios de Villa Luz, Samalayuca, Ojo de la Casa y El Vergel, quedaron entrampados en una pesada deuda que, como era de esperarse, los arrojó a una cartera vencida impagable.

 En 1992, ya sin apoyo oficial, decidieron enfrentarse con sus propios medios a las labores de la tierra.

Anaya Chávez precisa:

—Algunos ejidatarios decidimos hipotecar nuestras parcelas para con ese dinero empezar a sembrar hortalizas. Tomate, jitomate y calabacitas se convirtieron en un negocio atractivo para nosotros.

Lo contradictorio fue que el mercado para comercializar sus productos no fue Ciudad Juárez, donde radican un millón 200 mil habitantes, sino Hermosillo, Sonora.

Un ejército de intermediarios —llamados coyotes— se desplazó a la comunidad y marcó lo que sería la nueva ruta comercial de los samalayucenses. Eso ocurrió hace tres años.

En el ejido Ojo de la Casa, los 54 productores se organizaron y con recursos propios lograron recabar 500 mil pesos para electrificar cinco de sus ocho pozos artesianos.

Trajeron plantas de jitomate, tomate y semillas de calabaza y, sin la asesoría de alguna dependencia oficial, sembraron 400 hectáreas de las 31 mil 441 que tienen.

En 1994 les fue mal.

La mitad de los campesinos se desalentaron. Aun así, 26 volvieron a intentarlo. 78 hectáreas fueron nuevamente humedecidas y mejoradas con abonos.

En esta ocasión, las pérdidas mermaron, aunque la sequía puso en riesgo la efectividad de la cosecha.

 La Secretaría de Agricultura, Ganadería y Desarrollo Rural envió a su extensionista para apoyarlos, pero únicamente se presentó un día. Nunca mas volvió a aparecer.

En este ciclo agrícola, la mitad de los 177 ejidatarios de Samalayuca hipotecaron parte de sus parcelas. Suponen que con el aval de los intermediarios de Hermosillo las cosechas de jitomate, tomate y calabaza pueden resolverles el problema económico.

Anaya Chávez tiene fe de producir  en los ejidos Ojo de Casa, El Vergel y Samalayuca tres mil rejas de jitomate a la semana, durante cuatro meses, de julio a octubre. Cada una, de no variar el precio, puede ser colocada a 30 pesos.

Los mismos precios y volúmenes los aplican en la calabaza y tomate.

Y puntualiza:

—Nos estamos jugando el todo por el todo. Pero es un riesgo que de salirnos bien, va a cambiar las cosas por estos rumbos. Uno de nuestros compañeros, paisano, el diputado Leopoldo Canizales, está por abrir una empacadora de jitomate aquí en Samalayuca. De lograrse, podremos competir con el mercado estadounidense. Ese es nuestro sueño.

—¿Pero quién determina el precio del producto en el mercado? —pregunto.

—Desgraciadamente los intermediarios, los bodegueros y nuestros vecinos del norte. Esa es la verdad. De ellos dependemos.

En Samalayuca existen un preescolar, una escuela primaria y una telesecundaria, adscritas al gobierno del estado. En la primaria asistieron 300 niños durante el pasado ciclo escolar. Solo egresaron del sexto grado, 38 alumnos.

 Los interesados en continuar proporcionándoles a sus hijos educación media superior o superior, deben enviarlos a Ciudad Juárez.

La telesecundaria fue inaugurada a principios del año pasado.

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía informó el año pasado que, en Samalayuca, el 89 por ciento de sus habitantes profesa la religión católica y once por ciento, la protestante, principalmente son Testigos de Jehová.

El santo patrono del pueblo es el Santo Niño de Atocha.

Un sacerdote los asiste una vez a la semana.

El presidente seccional, Esparza Saldaña asegura que parte del desempleo ha sido erradicado en su comunidad, al abrirse fuentes de trabajo en una cementera que explota sus yacimientos.

Sin embargo, la cementera no apoya material o económicamente a los ejidatarios.

Otros pobladores, los más decididos, lograron laborar en la termoeléctrica, que durante el gobierno de José López Portillo se instaló cerca de Samalayuca.

Lo que al principio fue una maldición —según ellos, porque algunos mantos acuíferos se secaron—, poco a poco se convirtió en parte de su hábitat y sobrevivencia.

En el área de salud, el pueblo ha sorteado los índices de mortalidad o enfermedades graves.

La responsable del Centro Comunitario Rural, Lorenza Hernández Rea informa que un promedio de diez nacimientos se registran por año en Samalayuca. Los decesos varían entre uno a dos en el mismo lapso.

Cada mes, en el centro se atienden cincuenta o sesenta personas —niños en su mayoría— por problemas diarreicos, respiratorios o dermatitis alérgica.

Para Hernández Rea, vecina del lugar y con tres años al frente del Centro Comunitario Rural, uno de sus mayores triunfos en 1995fue convencer a cuatro hombres casados para que se hicieran la vasectomía. También, cuatro mujeres acudieron a una clínica del IMSS de Ciudad Juárez para practicarse el salpingo (ligarse la trompa de Falopio)

El agua potable tiene un fuerte sabor salino. Es por ello, de acuerdo a las conclusiones del doctor Hernán Cedillo, internista del IMSS y oriundo de Samalayuca, que la mayoría de sus paisanos tenga problemas dentales: manchas amarillas y pérdida de piezas.

La inseguridad pública y el alcoholismo afecta a un alto porcentaje de jóvenes, verdadero talón de Aquiles de Samalayuca.

La Dirección General de Policía reconoce que el narcotráfico empieza a penetrar en la población.

Los habitantes se han acostumbrado a ver personas armadas en plena vía pública.

De igual manera, el contrabando de autos fronterizos y fayuca, han convertido el lugar en una franja atractiva para el negocio ilegal. Es peleado por los burreros: responsables del acarreo de enervantes a Ciudad Juárez.

Anaya Chávez denuncia que el personal de la garita aduanal, la del kilómetro 30, en vez de combatir el problema, está más preocupado en castigar a los samalayucenses y tolerar una cuestión que tiene a ojos públicos un claro tinte de inmoralidad administrativa.

VIDEOTECA:

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