FATUO EN CASA

portada en la entrana del castorSon irremediables los encuentros con nuestros adversarios. Tarde o temprano tendremos que enfrentarlos, como me lo advertía la abuela.

La única manera de conocerlos, antes de suscitarse el hecho, es consumir la pastilla L’évocation: potente sicotrópico que permite alterar las neuronas Tanatas. Sirve para adelantarnos a los acontecimientos del peligro.

Al sumergirnos en un profundo sueño de dos días con sus noches, nos adentramos al submundo del miedo y caminamos por sus senderos nebulosos.

Se trata de un mundo paralelo al nuestro, donde los hombres y mujeres e incluso, animales e insectos deambulan en todas direcciones.

Es un caminar continuo, sin retorno, donde nos cruzamos unos a otros, pero en ningún momento intentamos vernos.

Miento.

Nuestros enemigos, conocidos o desconocidos, en el instante de dirigirse hacia nosotros, disminuyen la velocidad del tiempo, como en una película en cámara lenta. Los dos instintivamente giramos la cabeza para enfrentarnos con la mirada.

Es una acción recurrente para intentar identificarnos, conocernos, medirnos y grabar a detalle rasgos y movimientos.

La reconstrucción de nuestros recuerdos significa la oportunidad de sobrevivir en estos tiempos de violencia fatua, estúpida e infértil.

El país es otro.

Por lo tanto, nos acostumbramos a vivir en pequeños clanes.

La sociedad le perdió el respeto a la vida y los asesinatos son selectivos, necesarios y dolorosos.

Las armas de fuego tomaron el control de la cotidianidad. Los psicotrópicos L’évocation en poder de una elite nos permiten ser más ecuánimes y previsibles para enfrentar el peligro.

En una de mis tantas caminatas por el hipotálamo, creí reconocer a Irina.

De entrada, su cuerpo era inconfundible. Yo tuve la oportunidad de palparlo y besarlo durante casi dos décadas.

Irina había deseado mi muerte, pero jamás imaginé que estuviera involucrada en algún complot para asesinarme, como mis adversarios.

“Los primeros en traicionarte serán aquellos que ayudes”, sentenció la abuela, lectora asidua del viejo testamento. “Es la naturaleza del hombre insignificante destruir a su propia némesis. Lo grave no es que te traicionen, sino que crean que tú les fallaste, eso es lo desagradable, m’hijo. Jamás descubrirán, por sus mismas limitaciones morales, que sus actos diarios hablan por ellos. Quien es delincuente, es delincuente”.

Entonces me confió que buscara a Luc Croisilles y le exigiera, en su nombre, la ayuda que necesitaba para sobrevivir.

 La batalla se desencadenaría con Donald Morrison.

¿Por qué?

Difícil entenderlo.

La abuela, heredera de una humilde cabaña en las cumbres perdidas de Fermont, nunca optó por acumular fortuna después del asesinato de mi abuelo, un agricultor de remolachas y melones.

La tesis de vida a seguir era tan simple como sus orígenes: Entre menos dinero tengas, la sencillez te dará tranquilidad.

En realidad, la abuela heredó una incalculable cantidad de amigos, producto de la generosidad sin límites de su marido.

El ejército de guerreros y guerreras, dispersas por el mundo, se convirtió en un importante aliado para sobrevivir.

La píldora L’évocation fue una prueba palpable de un acierto de vida del abuelo.

Luc Croisilles era su sucio vendedor de estupefacientes, proxeneta y asesino. Vivía en una casona de tres techos en los suburbios de Saguenay, en la Riviera de Saint-Laurent.

El gobierno provincial lo protegía al alimentar de alcohol y heroína a los universitarios y pandilleros. Saboteaba su energía, bullente y propia de la edad, e impedir cualquier alteración del status quo.

 Luc era hijastro de un ex militar tailandés. De indochina enviaban los psicotrópicos que distribuía, a precios accesibles, de Quebec a Gaspe, un corredor apetecible para los mercaderes de la droga.

Irina entró a mi vida durante el sepelio de la abuela.

Irina es hija de Carolina Auclair y sobrina de Charles Jobin, descendiente del escultor Louis Jobin, el responsable de construir en 1871 la esfinge de nueve metros de la Virgen de Saguenay.

Irina era divorciada y madre de tres jóvenes. Su ex marido, después de un largo litigio, optó por huir y dejarla en bancarrota, bajo el resguardo asistencial del gobierno.

Yo acababa de enfrentar un problema parecido.

El gusto por el alcohol nos acercó y permitió que olvidáramos nuestros problemas cotidianos.

La ayudé a sortear sus deudas.

Durante diez años aprendimos a ser tolerantes, prudentes y propositivos.

Sin embargo, jamás imaginé que su ex marido, un mecánico de autos deportivos, deseara destruirme.

L’évocation no mentía.

En dos sesiones de sueño inducido, pude verlo con claridad.

Irina conservaba dos álbumes con fotografías de su relación.

Ese andar garbo, desenfadado, llamó mi atención.

También su caída del labio inferior y la barbucha negra azulada que dábanle un aspecto de libertino.

Me creí amenazado por Fatuo, el dios profético.

Mediante el sueño, Fatuo gustaba revelarles a sus víctimas su incierto y lastimero futuro.

Tras Morrison, Irina pasó por mi costado —desnuda, plena; alta, delgada; grácil y bella— y giró la cabeza…

Intentamos reconocernos…

HEMEROTECA tevenotas mayo 2019

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