RENCOR EN LA SANGRE

EL ESCUPITAJOHernán Cortés Monroy Pizarro y Altamirano tuvo descendientes. Dos, de nombre Martín.

Me sorprende descubrir que soy parte de ese linaje.

En las palmas de mis manos están las marcas de su fe. Debo protegerlas.

La M de María en la diestra y la JH, de Jesús Hombre en la izquierda.

En el exilio, cuatro años trabajé de cargador en una bodega de calzado femenino, importado de China.

Hoy, decrépito y alcoholizado, habito en un lúgubre departamento de Montreal.

En calzoncillos, con el ordenador portátil sobre las piernas, intento darle coherencia a mis ideas. Demostrar que mi solidaridad al pobre fue un asunto de herencia y no de exigencia por mi actual estado financiero.

Hay un destino y lo asumo con humildad.

Desde Huayacocotla y Cuernavaca, hasta Nogales, Acapulco, Leamington y Toronto, aporté mi parte productiva. Jamás le di la espalda al desposeído. Por el contrario, siempre estuve a su lado para intentar descubrir el asunto vital de mi linaje.

Ahora ya es tiempo de explicarle a mi hija Rosalinda lo ocurrido. Ella debe reconstruir nuestros sueños bajo la numeración confusa del cero (0) y el uno (1), en un lenguaje binario o simplemente darle sentido a los veinticinco números primarios que se desprenden del cero al cien y aun carecen del anclaje filial o el alma mundana.

El asunto es numérico e ideológico.

No debemos apartarnos de esa especie de buhardilla moral y esclarecedora para nuestro destino.

Me enteré de Extremadura, de donde proviene mi sangre prima, por un asesinato ocurrido en la década de los noventa. Desde ese momento, aquella provincia española fue recurrente en mis evocaciones y venganzas.

El clima de Extremadura es seco y frío. Tiene llanuras y serranías de altos pinares, como en Huayacocotla.

Hasta le fecha no conozco Extremadura, tierra de mis ancestros…

Los pueblos de Extremadura no dicen mucho, pero evocan los tiempos apremiantes de mi madre Melania (o Melahel, como originalmente fue bautizada).

Melania no fue reconocida por los parientes de mi padre, extremeños y adinerados, atados al ron y habano. Fue un simple capricho carnal de uno de los vástagos de don Severiano Pizarro y González.

Todo tiene un origen.

Treinta y cinco años atrás de mi primera mi salida de Huayacocotla, Melania fue abandonada por unos gitanos en el barrio de Agua Caliente.

 Una curandera tuvo la encomienda de auxiliar el parto. No hubo paga en plata, sino en especie: la criatura.

 Las estirpes de los Garrido y de los Pizarro y González empezaron a proliferar en Huayacocotla.

Yo y mis seis hermanastros nos convertimos en una especie de estigma para la familia Pizarro y González. Intentaron exterminarnos. Hernán, Martin, Diego y Conrada fueron asesinados por militares y sicarios, contratados por don Severiano, cacique de horca y cuchillo.

Higinio y Beatriz optaron por abandonar el pueblo y refugiarse en las tierras áridas de Arizona. Ahí, en territorio estadounidense, reconstruyeron al clan y dejaron atrás cualquier vestigio de su paso por Huayacocotla.

Quedé bajo el cuidado de mi madre y doña Conrada, mi abuela de crianza. Me convertí en el lazarillo de la vieja desdentada y pestilente a ruda o tofiate, a menjurjes de yerbas silvestres. Nunca se separaba de su  bastón de guayacán.

Los pobladores acudían a ella para combatir sus males y protegerse de los desfortunios y desamores.

Nunca la vi dañar a sus adversarios. Por el contrario, como si hubiese hecho el juramento a Hipócrates, entregó su sabiduría y experiencia curativa para sanar y alegrar a sus pacientes.

Era su misión.

Por salvarle la vida a don Severiano obtuvo su venia para no ser yo echado del municipio. El mayor de sus hijos, víctima de la demencia, le propinó un martillazo en la cabeza.

Ninguno de sus matones me tocaría. Tendría derecho de asistir a la escuela y trabajar en los huertos del mesón de Palo Grande, donde cada domingo arribaban a Huayacocotla los arrieros de los pueblos aledaños para vender sus mercancías en el tianguis municipal. Cuidaba sus burros, mulas y caballos a cambio de una propina. Recibía de veinte a cincuenta centavos por animal.

Una de las tantas amantes del cacique, Clafira Cataño Ríos, tenía una fonda pegada al mesón. Era la encargada de darme de comer mientras hacia mi jornada de vigilante de recuas.

Me inicié en esa especie de oficio dominical a los siete años. La abuela Conrada no disimulaba su preocupación por el comportamiento de las bestias y los borrachos.

 —¿Por qué los burros hacen tanto ruido y sacan una tripa que parece longaniza antes de montárseles a las burras, abuela? —pregunté en una ocasión, después de devorar la cemita y beber el café en un jarro de barro.

—Todo a su tiempo… Ya lo descubrirás por ti mismo y no faltará alguna alma caritativa que te lo diga, no te preocupes…

Cuánta razón tenía.

Los compañeros de pinta se encargaron de detallarme los secretos básicos de la sexualidad. Desde los nueve o diez años me provocaba una inquietud natural ver a los burros y caballos, de enorme cogombro, destrozar los cercos a cosazos e ignorar las palizas de sus dueños en su afán de poseer a las hembras.

Y como era de esperarse, empecé a tener erecciones. Por lo mismo, fui un aprendiz precoz en las artes del voyerismo y la masturbación.

Fisgoneaba a las mujeres cuando hacían sus necesidades en los sanitarios de madera, construidos en el traspatio del mesón.

Mi primera relación sexual fue con una de las trabajadoras domésticas de don Severiano: Macrina Islas. Era la encargada del mesón Palo Grande y de limpiar los cuartos y tender los camastros.

Sin embargo, no se trataba de cualquier mujer.

Le pertenecía, por bendición sacerdotal, al Mocho Robles, el sanguinario guardaespaldas del cacique.

Macrina me descubrió en el sanitario manoseándome el pene con fruición.

—Ven —dijo en voz baja, con sus pequeños ojos como tizones—. Yo te voy a ayudar para que te sientas mejor…

La seguí mansamente, observando su andar bamboleante y el contorno de sus nalgas acunadas abajo de las caderas. Los enormes glúteos sobresalían en su largo faldón de tergal y el cabello largo y cenizo que caía a sus espaldas.

Nunca olvidaré el número de la puerta de la habitación: 13.

El mismo número que siempre me perseguiría en las buenas o malas acciones de mi vida.

Un mes antes había cumplido 13 años.

Mi madre me regaló un sombrero de soyate y un par de zapatos de hule para que no me lastimara los pies al internarme al corral de espigas silvestres y bosta y orines de la recua dominguera.

Los huaraches terminaron en el fogón; crepitaron un par de minutos, mientras mi abuela majaba el nixtamal en el metate.

Macrina, de rasgos indígenas y labios gruesos y carnosos, me desnudó.

En una palangana de peltre lavó mis pies y lo que colgaba en la entrepierna. Lo hizo amorosamente, con delicadeza, dándome confianza.

Mientras tallaba mis partes íntimas mostraba sus pequeños dientes blancos, como maicitos serranos. Después, se despojó de su blusa de tergal y quedaron al descubierto dos enormes promontorios morenos y dúctiles.

En la cima de las dos inquietantes berenjenas de piel brillante destacaban un par de apetecibles fresas oscuras.

Descubrí entonces los placeres del cuerpo o de la carne.

Entendí, ya en edad madura, que la sexualidad es el único secreto de vida que no tiene explicación racional, sino entendimiento instintivo.

Es una especie de muerte instantánea.

Nos une a la resurrección de la materia cognoscitiva, aunque nos neguemos a descifrarlo.

Un año después llegaron a su fin mis encuentros casuales con aquella mujer de caderas anchas y duras.

Macrina y su familia se mudaron a Potrero Seco.

En aquel rancho serrano tenía su ganado una de las hijas del cacique: Mercedes.

Meche era la mayor de las Pizarro y González y se enredó a hurtadillas con el dependiente de la tienda: Fulgencio Bravo. La hija consentida tuvo que remontarse a tierras lejanas, entre barrancones y llanuras, y aguardar el tiempo necesario para ser perdonada por su padre.

Meche estaba embarazada al autoexiliarse con su marido, un ranchero de piel cárdena y ojos azules. Sus descomunales músculos los  había endurecido por su antiguo oficio de domador de caballos y montador de toros.

Mi generosa iniciadora en los placeres de la sexualidad no paró de llorar mientras intimidábamos por última vez. Me hizo jurar que jamás la olvidaría.

Estuvimos empiernados desde las siete y media de la mañana hasta la una de la tarde.

Todo el turno escolar.

Lo hicimos en su casa, mientras el Mocho Robles permanecía en Tulancingo.

Una vez al mes don Severiano viajaba a Tulancingo.

En la ciudad hidalguense iba por asuntos de negocios. Después de atenderlos, durante dos noches se encerraba en una casa de citas, adyacente a la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, en la calle Echavarri Norte.

El matón también aprovechaba las escapadas del patrón para meterse con prostitutas.

En Tulancingo, dos años después de mi despertar sexual, el Mocho Robles fue ejecutado de trece balazos. Todos en el pecho y cabeza.

Durante el velorio, realizado en el rancho La Quinta Pizarro, me enteraría que el Mocho Robles —falto de tres dedos en la mano izquierda— juró que me mataría al enterarse, por boca de uno de mis compañeros de aula, de mis enredos sexuales con su esposa.

Lo de los trece balazos tiene una explicación.

Uno de los ejecutantes, apuñalado en su celda, declaró ante el agente del Ministerio Público que la R-15 se trabó en el momento de disparar. Por lo mismo, solo alcanzó a meterle uno de los trece balazos a su víctima.

 “Doce fueron de los dos revólveres de mi camarada y uno mío, por desgracia”, le reveló al licenciado Barragán.

Sus palabras serian reproducidas por el funcionario en una de las comilonas organizadas por don Severiano.

Altagracia Quintana, una de las sirvientas del cacique y prima de Macrina, le reveló a mi madre de las amenazas vertidas por el matón del cacique. La vieja Conrada tambien se enteró.

De inmediato hubo reunión familiar.

Y como era de esperarse fui el centro de atención durante las increpaciones.

Nuestra humilde vivienda tenía dos cuartos de madera con camastros de ixtle recubiertos de petates y colchonetas de lana. La techumbre era de lámina de cartón petrolizado.

En el patio terregoso, mi abuela sembró un ciruelo, ahora de ramas retorcidas.

Yo dormía en la cocina, cerca del fogón. Por tal circunstancia me era obligatorio madrugar.

Doña Conrada despertaba a las cuatro de la mañana, al primer canto de los gallos. Su primera actividad era orar frente a un colorido altar repleto de veladoras encendidas, santos y vírgenes,

Posteriormente, la vieja chamana preparaba el café en una olla de barro ennegrecida por la humareda.

Mi madre lavaba y planchaba ropa ajena. Lo hacía dos veces por semana, los martes y viernes.

Por las mañanas, le limpiaba su casa a la familia Pasaran, dedicada al negocio de la carne bovina. Nunca faltaba en nuestra dieta carne de res o leche.

—Espero que hayas aprendido la lección —dijo la abuela sin dar muestras de malestar.

Siempre era así.

Momentáneamente me turbé.

Los tres permanecíamos en la cocina, aluzados por el fogón.

Ya era de noche y una espesa niebla blanca inundaba al pueblo.

Mi madre aguardó a que la abuela dejara de hablar para intervenir.

Melania no había perdido su belleza maja. Era de grandes ojos negros y largas pestañas. Tenía la nariz respingona, fina y bien trazada. Siempre estaba alegre a pesar de la lamentable pérdida de sus cuatro hijos.

Mi madre era obsesiva en el cuidado de sus dientes, de un blanco armiñado. Los tallaba dos o tres veces al día con polvo de maíz tostado. Su cabello negro y rizado,  lo ocultaba con un diklo o pañoleta multicolor.

No lograba ocultar su linaje húngaro.

—Ya cumpliste quince años y poco podemos enseñarte —me dijo—. Te corresponde a ti cuidarte y saber que en Huaya es mejor no meterse con una mujer ajena.

—Tendré cuidado…

—Lo sabemos, mi’hijo —dijo la abuela—. Recuerda que es mejor ver, oír y callar, antes de tomar una decisión que puede costarte la vida…

—Lucha sugiere que te vayas a Tulancingo para que sigas estudiando —sugirió mi madre.

—¿Y con qué dinero? —cuestioné con la cabeza baja.

—Tu padre se comprometió a ayudarme…

—¿Sigues viéndolo? —pregunté sin confrontarla a los ojos.

—Me busca cuando visita a sus padres…

—Es tu padre, aunque tenga el alma podrida —recordó la abuela─. Ya tiene otra mujer, otros hijos, pero entiende que llevas su sangre dentro y eso difícilmente se quita… Ahí está… —apoyó sus palabras tocándome el pecho con sus dedos delgados y pellejudos…

Martin Pizarro, hijo de don Severiano, era arquitecto y burócrata. Radicaba en la Ciudad de México.

Lo de mi madre fue una simple aventura de estudiante, sin importarle que estuviera juntada con Lupe Garrido, un comerciante de granos y telas de la huasteca potosina.

Por una discusión baladí decidieron separarse una temporada.

Durante un carnaval de febrero, mis padres bailaron ebrios  toda la noche. En la madrugada terminaron tirados bajo la fronda de un chopo del rio Agua Caliente. Ahí fui engendrado.

Don Severiano tuvo que desaparecer a Lupe Garrido. Su decisión dejó sin padre a mis seis hermanastros.

Un estúpido comentario de Hernán, el mayor del clan, provocó la tragedia que casi desaparece a nuestra familia. De ahí que Beatriz e Higinio huyeran del pueblo y cortaran toda comunicación con Melania.

Mi hermana Conrada Garrido fue abatida por encontrarse en el lugar incorrecto. Acababa de celebrar sus quince años y tocaba el violín.

Esa noche decidió acompañar  a Diego, Hernán y Martin durante su incursión al barrio de Palmagacha, donde darían una serenata.

Los ejecutaron frente a la casa de la prometida de Hernán: Rebeca Aguilar.

—Lo que debe ser debe ser, abuela —dije y agarré el escapulario que la anciana me entregó.

—De algo te ha de servir, mi’hijo, porque ya tienes el veneno del odio en los ojos…

Mi madre me abrazó y besó en la frente.

Pocas veces daba muestras de amor filial.

Tampoco les lloró en demasía a sus difuntos.

Era lo mejor, según decía.

Melania estaba consciente que los asesinos de sus hijos estaban atados al pueblo, bajo la protección del cacique. Ella aguardaba el momento oportuno para desaparecerlos, con la ayuda  de la abuela y Rebeca, y así vengar a nuestros muertos.

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