EL ROSTRO EN ALTO

sommus portada-SUEÑO 7

Me veo con el rostro en alto. Formo parte de una muchedumbre que parece no estar sorprendida del espectáculo.

Los veinte suicidas aguardan su turno para arrojarse.

El vetusto Cine Ocampo proyecta una película de Buñuel —Los Olvidados— y en la marquesina resalta el titulo con grandes letras rojas.

Mi pesadilla es en technicolor.

Protesto, a pesar del espectáculo que presenciaremos.

—El filme, como mi pesadilla, debe ser en blanco y negro y no con un final distinto…

Los curiosos se multiplican.

Miles han invadido el Jardín Juárez. Nosotros nos resguardamos bajo el portal del cine. La policía ha acordonado la calle Galeana. Los comensales de La Covacha cuestionan al mesero. Al cerrar los accesos les impide ser parte del show.

  —Aquí me hospedé hace sesenta años, qué vergüenza —revela un gringo de rostro cuarteado y los ojos requemados por el sol caribeño.

—El hotel Madrid ya no existe, viejo; desde 1943 es un cine…—le aclara un carcamán de pelo retinto y en short amarillo.

Mi posición es la misma. Estoy a la espera del desenlace.

En la década de los setenta, el primogénito del gobernador murió en el lugar donde me encuentro. Una pequeña piedra se desprendió del alero y perforó su cabeza.

Una masa de concreto de diez o doce pisos e infinidad de ventanales es resguardada por las calles Lerdo de Tejada e Ignacio L. Rayón. Es de dos niveles el frontispicio del cine. Desde la azotea nos observan dos decenas de hombres y mujeres con el torso desnudo.

Cada uno tiene una letra distinta grabada en el pecho.

El primero que se lanza al vacío cae a mi lado. Su sangre, de color magenta, salpica mis pies. El hombre es barbado y de piel oscura.

Los testigos aplauden.

—¡Uno menos! —exclama el conductor del telenoticiero de la noche.

De acuerdo al programa, cada hora se arrojará un suicida al vacío.

Llegar al lugar no fue fácil. Provengo de la ciudad de Guanajuato y soy un perseguido de la ley.

En un sueño anterior, el del domingo, tuve que enfrentarme a una banda de matones, oriundos de Brooklyn, precisamente del área de Bedford-Stuyvesant.

Desconozco el motivo.

Simplemente me vi corriendo por el callejón del Beso hasta la Plaza de los Ángeles. La lucha fue encarnizada. Imaginen una escena sangrienta, a puro hacha y cuchillo, de la película coreana Oldboy.

Salí airoso.

En Cuernavaca me hospedé en un hostal de la calle Tabachin, bordeado de muros de adobe recubiertos con buganvilias magenta.

Las imágenes de la pesadilla se sobreponen. Me confunden. No hay disolvencias, sino cortes rápidos.

El segundo suicida es del sexo femenino. La i latina parte de su garganta y termina en el ombligo. La vocal separa sus fláccidos senos y huesos intercostales.

La sangre es verde y mancha el pecho y cara del gringo parlanchín.

El conductor de televisión, micrófono en mano, comenta que los veinte suicidas pertenecen a una secta de ambientalistas, provenientes del planeta enano Farout, sometido por el Pentágono.

Libertad sin fronteras, es su consigna —adelanta.

La indiscreción del periodista me encabrona.

Me alejo a pasos rápidos.

Prefiero meterme a la sala del cine y ver el tercer filme de los diecisiete que realizó Luis Buñuel,  de 1947 a 1965, en escenarios mexicanos.

La propaganda de la empresa era tentadora.

La cinta de Los Olvidados sería exhibida a color y tendría un final distinto al concebido por el español.

Cosas de la censura oficial.

VIDEOTECA:

FINAL OPTATIVO:

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