APESTO

la dama12

El formol se ha metido en mis venas.

Apesto.

Me deprime redescubrirme en la misma posición, de libertina afrancesada, mientras Nathan Payette huye del mundo por el agotamiento de la edad.

Me he convertido en su niñera y amante.

El departamento, en penumbras, es un inmenso cunero con muñecos de peluche y sonajas. En esta ocasión, quiso ser amamantado como un bebé y dormir con pañales.

Cada viejo tiene sus manías.

Las tolero por permitirme desplazarme libremente en una ciudad de prejuicios raciales y puterías.

Gretzky me lo advirtió con su tosco y peludo coleto de oso grizzli, gruñendo y pataleando a cada arremetida.

—Nada es gratuito, así seas una mujer santa y nada fácil… Si escogiste este oficio, tienes que aguantarte…

Mis atribulaciones las expuse en un momento de debilidad y comprendí que mi imprudencia podría revertirse.

Payette y su clan dominaban el barrio, a través de los curas y concejales.

Hasta Racano y Quattrocchi consolidaron su negocio con el dinero del viejo.

Difícil olvidarlo.

Las veinticuatro madonas italianas, canonizadas por el Vaticano, fueron el distintivo infalible para marcar el territorio y ganarse el respeto y lealtad. Desde la Virgen de los Siete Dolores, de Pescara o La Reina del Rosario, de Pompeya, hasta Nuestra Señora de la Gracia, de Nettuno y la María Auxiliadora, de Turín.

Caron me lo había explicado a detalle.

Entonces dimensioné lo que realmente representaba para mis antiguos clientes.

El barrio de la Petite Italie era una prisión de alta seguridad, tan letal y opresiva a la de Alcatraz o la Isla del Diablo.

Y ahora, mientras Payette duerme a mi lado, evoco a Anastasio Villa, un ex policía de Chihuahua que vive en Toronto y sobrevive limpiando alfombras de una universidad privada.  Lo conocí en un bar de Montreal, después de separarme de Leonardo Rico.

Villa bebía en la barra, devastado por la ruptura matrimonial, cuando le ordenó al cantinero que me sirviera una ronda de whiskys e incluyera mi cuenta en la suya.

 El fin de semana cogimos en un motel.

Y como un chamán indio escuchó con atención mis cuitas.

Su torso bronceado, de guerrero raramuri, y sus profundos silencios me dieron confianza. Jamás lo volvería a ver, me dije mentalmente.

Después de cenar y despedirnos, anotó, en una servilleta, su nombre y un número telefónico.

Dijo que siempre estaría en deuda conmigo por mi sinceridad de amante fortuita.

Sus rasgos de aborigen, marcados en una sociedad dominada por anglosajones, lo habían inhibido a insertarse socialmente y recuperar su confianza.

Payette es ajeno a mis evocaciones.

Los gruñidos  de moribundo me recuerdan su presencia.

Villa podría ser mi salida, después de la boda, y así no perder la oportunidad de recuperar una identidad, tan válida y respetable como la de mis clientes y conocidos en Montreal.

Waldo y Marda nunca dimensionaron el dolor que me provocaron por sus estúpidas calenturas y celos.

El martes buscaría a Villa.

De ser posible, nos reencontraríamos en Toronto, sin necesidad de darle explicaciones a Payette.

De seguir hostigándome, su aislamiento estaba garantizado.

Y sobre advertencia no hay engaño.

Ni siquiera Guadalupe Carrizales logró doblegar mi voluntad, por miedo o hartazgo. Tampoco provocó sentimientos de venganza.

Lo ocurrido en Nombre de Dios o San José de la Parrilla era algo tan natural para las mujeres de mi edad y porte. Y tuve suerte de ser violada por el maldito teniente y no ser ultrajada por otros militares, sicarios o policías.

Carrizales me apartó y protegió, como una yegua salvaje.

Y ahora con los Payette algo similar sucedía.

Villa apareció en mí vida en los momentos de dificulta, como ocurrió con Velarde. Y la ausencia de éste y Leonardo abonaban ese desasosiego.

Me sentía muy sola, ajena a los viejos que me rodeaban.

Pensé en levantarme de la cama, sumergirme en la tina, beber un vaso de cerveza y terminar de leer el libro de Crónicas Marcianas de Ray Bradbury.

Era un libro algo deteriorado que conservaba en papel, desde mi estadía en La Barca. Un regalo de Velarde durante mi cumpleaños.

—Lea, lea mucho —me repetía— para que no viva a lo pendejo y tome las decisiones correctas cuando se sienta arrinconada. Un buen libro le ayudará a encontrar la salida, hágame caso…

En parte tenía razón.

Me allegué de un lector electrónico de libros para no perder el hábito de la lectura.

Y opté por registrar en libretas algunos hechos cotidianos. De algo servirían al retirarme del oficio de puta.

Escribir mis memorias y publicarlas me permitirían dejar constancia de esta aventura. Era una sobreviviente de la violencia y las vejaciones machistas y autoritarias.

No deseaba terminar mi vida atada a un ruco decrepito, apestoso a podredumbre.

Mi libertad era lo más preciado y estaba consciente de mis limitaciones migratorias.

De no acatar las reglas del juego, terminaría en un centro de detención de inmigrantes en Montreal y, en dos meses, me deportarían a México.

Payette era mi tabla de salvación.

Villa, el instrumento liberador.

“No todos los días se vuelve a vivir”.

Y en esa sentencia bradburyana, podría resumir la urgencia de mi futuro encuentro con el ex policía. Lo haría el fin de semana, si el martes por la noche lograba contactarlo telefónicamente.

Ya habría tiempo de madurar un buen plan antes de ser llevada al cadalso y convertirme en la señora Payette.

Y ser además su nana, confidente y amante, como me lo sugirió Luciano, su principal heredero y mi carcelero.

“¡Que se jodan, los hijos de la chingada!”

HEMEROTECA: pro2218

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