LA LIBERTAD DE HU LUO (Relato 5)

crisalidaHu Luo intenta superar con la inmovilidad el miedo y la falta de sueño. Tenso contabilizaba el paso de los remolcadores, las dragas y las lanchas transportadoras que, imparables, entraban y salían en los ancladeros del puerto de Nansha.

Hu Luo observaba ensimismado la escena. Tenía sus manos femeninas acunadas en una mandíbula de huesos frágiles con vestigios de maquillaje.

Habían transcurrido dos días de su llegada a la polvosa bodega de fertilizantes, inmersa el tercer nivel de un edificio construido al borde de la carretera Gangqian.

Hu Luo era indiferente al intenso trajín de los trabajadores de uniforme negro y casco blanco que le inyectaban una movilidad constante a las orugas motrices que estibaban los contenedores depositados en sus plataformas con ayuda de las grúas de inmensos aguilones rojos.

Los montacargas parecían inquietas cucarachas de un amarillo fosforescente. Iban y venían entre los cabrestantes, almacenes, bandas recolectoras de embalajes y bajo las pasarelas metálicas, crujientes y resbaladizas, adheridas a las gabarras y muelles.

Un transbordador de proa achatada, pintado de azul índigo, lo transportaría al territorio, ansiado por la población pobre y aventurera, de la China capitalista: Hong Kong.

La Diosa del Pacifico navegaría por las aguas plomizas del río Las Perlas, en medio de unas construcciones asimétricas y el verdor cambiante de los cañeríos de bambú y una interminable hilera de fresnos, sauces, olmos, saucos, álamos y juncos.

De no existir contratiempos, en un par de horas dejaría atrás —a ciento treinta kilómetros de distancia—, a una de las ciudades portuarias más cosmopolitas e industrializadas de China: Guangzhou, llamada Cantón antes de 1918.

La libertad de Hu Luo dependía de lo que le deparara el destino: una especie de suerte natural, inherente en su transitar por la orografía equivocada de la vida.

Hu Luo creía ciegamente en la voluntad de la suerte, sin interferencia divina.

Hu Luo estaba seguro que, durante el cabotaje y tras abandonar la dársena de Nansha, no habría avasallamientos incómodos de la burocracia del Ministerio de Transporte o de cualquier autoridad militar, aduanal y policiaca.

Desearlo así, por el simple hecho de creerlo, significaba haber avanzado un importante tramo de su propósito de fuga.

El miedo seguía adherido a su piel, como una sanguijuela enfermiza.

El dolor ardiente de sus riñones advertía, como si se tratara de un experimento de Pavlov, que en cualquier momento podría ser detenido, torturado y ejecutado.

Por lo mismo, difícilmente lograba desprender de sus entrañas la molesta sensación de orinar o vaciar sus intestinos.

Tenía la percepción ciega de que policías del Ministerio de la Seguridad del Estado, la MSE, sembraba de ojos electrónicos  todos los rincones del país y que, su presencia omnisciente, hallábase en el cerebro de los pobladores, sin importar género, credo o edad.

Imposible escapar a su control.

Imaginaba que los mil trescientos millones de chinos nacían con una especie de chip en el cerebro, programado a no disentir con su gobierno o cualquier signo de autoridad.

Vivir bajo el yugo milenario de un taoísmo o maoísmo condescendiente.

Su hermana Xiang Luo interpretaba esa realidad de una manera mística.

—Recuerda las palabras del gran Lao Tse, hermano: El que sabe cuándo detenerse no continúa hacia el peligro y puede resistir mucho tiempo… No lo olvides…

Resistir, resistir, de eso se trataba.

Llevaba dos días enclaustrado. Únicamente consumía agua, té verde, miel y sopas instantáneas.

El supervisor de la fábrica reportaría su ausencia al día siguiente, miércoles 8, al no checar su tarjeta de ingreso.

El lunes, Hu Luo se declaró enfermo.

El médico de la Clínica Comunitaria de la Industria haría un detallado informe sobre el posible mal que aquejaba a Hu Luo y lo imposibilitaba trabajar.

Hu Luo operaba una maquina ensambladora de calzado.

Durante sus doce años de laborar en Shoes Italian Company jamás se había ausentado durante dos turnos consecutivos.

Por norma de la empresa, los obreros tenían la obligación de informar por escrito su interés de abandonar el puesto y quedar bajo disposición del Ministerio del Trabajo y Seguridad Social. No hacerlo significaba rebeldía y sospecha. Podría ser detenido, interrogado e internado a un Centro de Reprogramación por Conducta Antisocial.

Tal  vez Xiang Luo y su hermanastro Jang Li no avalaran del todo su comportamiento, producto de una decisión consensuada con la familia y algunos compañeros de trabajo. En él depositaron su esperanza de materializar sus ansias de un cambio radical de vida.

Si los extranjeros inversionistas multiplicaban su capital con el trabajo de los chinos, ¿por qué ellos no imitaban su proceder y se convertían también en empresarios exitosos?

No importaba si Hu Luo fuera homosexual.

El primer paso sería abrir una especie de cabeza de playa en América, principalmente en Canadá e incursionar en los negocios.

Por su origen de proletario y no contar con suficiente dinero tenía limitaciones para obtener documentos migratorios y un permiso oficial que le permitiera salir legalmente de China.

Xiang Luo tenía la herramienta ideal para materializar sus planes.

La hermana de Hu Lou era una excelente secretaria ejecutiva que hablaba inglés, chino mandarín y cantones, portugués e italiano. Formaba parte de la vida afectiva y sexual del septuagenario empresario de calzado femenino, Jacob Petrovich.

No importaba la diferencia de edades —el viejo era una especie de Hugh Hefner de setenta y tres años y ella una conejita treintañera—.  En China existía esa especie de entendimiento moral o social.

El manejo estratégico de los negocios del calzado recaía en Xiang Lou: por teléfono o correo electrónico enlazaba a los propietarios de las principales cadenas comerciales de calzado de Europa, Asia y América; supervisaba la contabilidad de la empresa, pagaba los impuestos, la nómina y los servicios de mantenimiento y triangulaba los ingresos de dinero obtenido por las ventas a un banco off shore de Santa Lucia, en una de las islas caribeñas de Barlovento.

Xiang Lou conocía sus limitaciones afectivas, ante el ruso y su familia.

Ella asumía con suma paciencia el papel de empleada leal, callada y sumisa; la amante perfecta, tan perfecta como si se tratara de una geisha importada del antiguo Japón imperial.

Rada Kozak, la esposa de Jacob, accedía a compartir con ella su propio lecho para satisfacer los gustos extravagantes de su marido.

“Si lo sabe Dios, que lo sepa el mundo”, sentenciaba frente a sus amigas cuando abordaba el tema del matrimonio y el significado de las palabras lealtad y fidelidad conyugal.

Por tal razón, Xiang Luo contaba con el apoyo solidario de Rada para ayudar a su hermano en la odisea. Ella logró convencer al viejo Jacob para que pagara los sesenta mil dólares americanos exigidos por la triada.

Ya con el dinero en sus manos, los pasos subsiguientes se facilitarían.

El hermanastro de los Lou, Jang, fue el responsable de contactar y negociar con Los Cabezas de Serpiente —los Shetou—: organización criminal china dedicada al tráfico humano.

Jang laboraba de mesero en el bar del Hotel Mayestic, en la zona comercial de Nong Lin Xia Road.

 El negocio le permitía relacionarse con personajes de distintos oficios y profesiones.

La mayoría de clientes buscaban lo mismo al acudir al ruidoso negocio: esparcimiento, emborracharse y una aventura sexual furtiva.

El bar se abarrotaba los fines de semana. No faltaban en la barra y las mesas algunos oficiales de la Policía Armada, militares y ex funcionarios del gobierno.

El corte de pelo los delataba.

En repetidas ocasiones, Jang les recomendaba, para sus fiestas privadas, prostitutas de todas las nacionalidades.

Su jefe, Yuga Lee, le presentó al ex director de la Comisión Municipal del Transporte de Guangzhou, de apellido Wang. Tuerto, usaba gafas oscuras y un tosco uniforme de paño marrón oscuro.

Jang le entregó el dinero y acordaron que, el lunes por la mañana, recogerían a su hermano.

Por teléfono describirían el lugar y la hora del encuentro.

El trato se realizó en uno de los privados del bar del Hotel Mayestic.

—¿Tenemos alguna garantía de que no seremos estafados, camarada? —Jang miró fijamente a su interlocutor.

—No, nada es seguro…

Wang  no dijo más. Metió el dinero en un delgado portafolio de piel de saurio y continuó bebiendo su cerveza Tsingtao.

El jefe de Jang, un pensionado capitán del ejército del pueblo, intervino y con voz pausada, de maestro de escuela, expresó:

—Un alumno de Confucio, llamado Tse kung, le preguntó a su maestro cómo se legitimaria un gobierno y Confucio dijo que todo era posible si existían suficientes alimentos, pertrechos militares y confianza. Nuevamente Tse kung preguntó: ¿Y si hubiera de prescindir de dos de ellas? El gran Confucio respondió: “Que sean los pertrechos militares y el alimento. Porque desde la antigüedad la muerte ha sido la suerte para todos los hombres. Pero si no existe confianza, entonces ya no hay modo que se sostenga nada”.

Jang  no dijo más y se apartó del integrante de Los Cabezas de Serpiente.

Hu Luo estuvo al tanto del encuentro. Ahora aguardaba el momento de dejar atrás a la China comunista.

En cualquier momento abordaría el transbordador.

Posiblemente a la medianoche seria sacado de la habitación y colocado en el camarote de los fogoneros de guardia.

En el viaje estaría acompañado de dos inmigrantes de Guangzhou, según le había revelado el tipo que, dos días antes lo enlazó, de barba caprina, calvo y de orejas grandes y puntiagudas.

Jamás abandonaba su BlackBerry donde no cesaba de escribir o utilizar el servicio de voz.

En una furgoneta de tres ruedas, de la empresa de estibadores de Nansha, el lunes fue recogido en uno de los costados del Museo Provincial de Guangdong, entre las calles de Wenming y Yuexiu.

Durante el recorrido de casi una hora, no cruzó palabra con el tipo de la BlackBerry.

La furgoneta plateada se desplazó por el eje vial de Xinguang Expy  —construido en un segundo piso—, enlazó con la avenida Nansha, igual de rápida que la primera; descendió por un paso a desnivel, la Jingang, y concluyó su odisea en la carretera Gangqian.

La puerta de acceso de la bodega de fertilizantes zumbó al abrirse con ayuda de un circuito eléctrico, activado desde la furgoneta.

Ya en el interior del edificio, Hu Luo fue guiado a una habitación del segundo piso.

El hombre le informó que sería recogido el miércoles, sin especificar horario, para trasladarlo a La Diosa del Pacífico.

Y desde el ventanal señaló con el dedo índice al transbordador azul índigo que destacaba en el muelle.

—Esa es La Diosa del Pacifico y tendrá a dos compañeros de viaje —dijo en inglés antes de cerrar la puerta a sus espaldas y escuchar el correr del cerrojo.

Hu Luo fue encerrado con llave, como prisionero de guerra o una mercancía negociable.

Hu Luo sintió unas fuertes punzadas en el abdomen y los riñones. Tuvo que cambiar de posición.

Las manos le sudaban. Tenía la boca seca y amarga.

Optó por ponerse de pie y dirigirse al sanitario.

En cuclillas y sobre la poceta, no pudo contenerse y exhaló un profundo suspiro.

Mientras defecaba, sintió la tibia presencia de las lágrimas que descendieron por las ondulaciones de sus flacas mejillas hasta estrellarse en la loza marmolada, en forma de copos transparentes.

En esos instantes evocó a Xia Lu Di.

El llanto arreció.

Su amante había sido asesinado con su túnica de seda y zapatillas de madera. Lo ejecutaron al intentar conseguir hormonas femeninas en el mercado de Jin Bao, el de la calle Zhan Xi Lu.

Hu Luo lo aguardaba su arribo en el departamento de su hermana, donde celebraría su veintiséis aniversario de vida.

Nunca llegó…

HEMEROTECA: tevenotas5mayo2019

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