LA NUEVA FRANCIA

el infierno de gaalia12

La muchedumbre estaba alborotada ante el ascenso político de Geogetto Burns.

 El auditorio pletórico en azules, naranjas y blancos.

 Día de fiesta.

Geogetto, ufano se limpiaba el sudor del rostro con un pañuelo rojo, color emblemático de los anglófonos.

 Los nacionalistas retomaban el control administrativo del gobierno provisional.

En esta ocasión, no intentaron disfrazar el abierto rechazo a sus adversarios políticos: liberales y conservadores anglófonos.

En una gran mampara de fondo blanco, levantada tras del presídium, destacaban, en naranja, el número 1608 y tres palabras: LA NUEVA FRANCIA.

Largas mantas recordaban, en color blanco, el símbolo doctrinario de los neo conquistadores: la cruz católica con tres flores de lis. El mismo estandarte que, por primera vez, Samuel de Champlain ondeó en el viejo Quebec, frente a la isla de Orleans.

     El 4 de septiembre, día del triunfo electoral, el Champ de Mars recogía las aspiraciones políticas e ideológicas de un amplio movimiento nacionalista, lastimado por la maquinaria militar y económica de los ingleses y su monarquía.

En la ceremonia de reconquista del poder político, los principales representantes de las fuerzas vivas de la sociedad quebequés hicieron acto de presencia: el arzobispo de la diócesis, dos dirigentes de las cámaras de la industria, comercio y transporte; tres líderes universitarios, el presidente de la federación de trabajadores, ex dirigentes del PNQ, seis hijos de madres caribeñas y ex guerrilleros del FLQ; dos veteranos de la segunda guerra mundial, cuatro ex primeros ministros provinciales y siete de los quince ministros de las diferentes instituciones oficiales, afines al movimiento secesionista.

     Y para no existir duda de quién sería el gran aliado del nuevo Primer Ministro, el maestro de ceremonia anunció que, el martes 18 de septiembre, durante la toma de protesta en el Honoré-Mercier de Quebec, estaría como invitado de honor el representante del Sacro Colegio Cardenalicio de la Santa Sede, el cardenal Philippe Landry, de setenta y dos años y originario de Saguenay.

El viejo jerarca representaba a los 212 cardenales cercanos al Papa Benedicto XVI.

Geogetto sería el único orador.

Su mensaje se transmitiría integro en las principales televisoras y estaciones de radio de la provincia, controladas por concesionarios quebequés.

El gobierno de La nueva Francia, como se leía en la publicidad, trabajaría en cinco ejes fundaméntales: independencia, integridad, prosperidad, identidad y solidaridad.

La constitución y la ciudadanía quebequés —viejo anhelo de los nacionalistas— estaban a un paso de materializarse.

La constitución de 1867 de Canadá seria un falso escudo legal para quienes dudaban de los alcances de su lucha.

En la provincia descubierta por el francés Jacques Cartier nadie estaba obligado a hablar las dos lenguas oficiales.

Geogetto lo advertiría en su discurso de toma de protesta.

Por el momento, predominaría la prudencia.

En el presídium, Geogetto quiso que Catherine apareciese a su izquierda y Bertrand Bretón, el presidente del PNQ, a su derecha.

Los analistas políticos interpretaron el movimiento, aparentemente decorativo, como la preparación de nuevos cuadros sucesorios y la posibilidad de que la ministra de Inmigración y Comunidades Culturales atrajera a la causa secesionista a los ultraizquierdistas quebequés, radicados en Francia y Argelia. Desde ahí minaban la credibilidad política de los gobernantes anglófonos, ligados a los partidos liberal y conservador de Canadá.

Su animadversión a la corona inglesa les permitió allegarse de millones de euros y dólares de Arabia Saudita, Irán y Venezuela, integrantes de la Organización de Países Exportadores de Petróleo.

El arzobispo Lapenane conocía la cercana relación de Catherine con el FLQ. Sacaría provecho político.

En esos momentos históricos de Quebec, los separatistas le otorgaron el perdón judicial a Frank Luciano, el capo de capos de la mafia siciliana y principal corruptor de alcaldes, diputados y burócratas de primer y segundo nivel.

El futuro Ministro del Transporte y Ocupación Territorial, Jean-François Marceau, negociaba el perdón a cambio de patrocinar los programas de francesación en las escuelas públicas y colocar a sus egresados en las fábricas y comercios que la mafia controlaba.

Los centros comunitarios abrirían las puertas a las fundaciones internacionales, interesadas a defender la lengua francesa, principalmente las establecidas en Francia, Bélgica, Suiza y Mónaco.

     Luciano se consideraba un cruzado de la causa católica.

Y no dudó en condescender con los separatistas.

La Comisión Charest inició las investigaciones en contra de los aliados de la Cosa Nostra en los gobiernos municipales y provincial.

El nombre del cártel italiano invadió el subconsciente ciudadano y puso en riesgo sus inversiones.

La Cosa Nostra se vio obligada a sacar sus inversiones de Quebec y ampliar los negocios en Ontario, donde gozaba de absoluta protección.

Sin embargo, el problema quedó resuelto con la derrota electoral de los liberales.

Blas Charest entendió que las únicas cabezas sacrificables serían los alcaldes de Montreal y Laval y posiblemente el subsecretario de Finanzas o Infraestructura Pública.

La Cosa Nostra se encargaría de la poda interior en los sindicatos y las policías.

     Por el momento, la fiesta en el teatro Champ de Mars era la prioridad.

La prensa quebequés tendría que resaltar la importancia del reciente triunfo electoral de los nacionalistas.

El circo sucesorio estaba por iniciar.

—No hay duda —pronosticó Jean Duparde, el comentarista más influyente de la televisión local—, la ministra Pearcen tendrá todo el peso político para construir desde adentro de cada familia la nación que merecemos. Una nueva revolución cultural, nacionalista y democrática está en camino y es imparable…

     Y sin detener su marcha, micrófono en mano, Duparde se abrió paso entre los invitados, personal de seguridad y periodistas, hasta llegar ante  una Catherine  sonriente y en gafas oscuras.

Catherine conversaba, casi a gritos, con el general Parizeau, veterano de la segunda guerra mundial e integrante de la seguridad del primer Ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill y del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt.

El 8 de agosto de 1943 los dos estadistas se reunieron en el hotel Château Frontenac de la ciudad de Quebec para decidir el desembarco de Normandía que ocurriría once meses después.

  Duparde, al quedar frente a Catherine, no dudó en interrumpir a la ministra.

El viejo militar, en uniforme y guerrera repleta de medallas y listones púrpuras y azules, se desplazaba en silla de ruedas.

—Congratulaciones, ministra, por ser ratificada en el cargo…

 —-Gracias, Jean…

  —El Primer Ministro electo ya nos adelantó en corto, que usted priorizará la francesación en todos los rincones de Quebec e incluso en los mismos centros de trabajo con capital extranjero…

   —Esa es la instrucción, pero se hará con los consensos necesarios y bajo la clara guía de las leyes vigentes. La Asamblea Nacional sabe que La  Nueva Francia, el Quebec de nuestros padres y abuelos… tiene identidad propia y por lo mismo, debemos sentirnos orgulloso, porque es herencia de nuestros hijos.

    —Muy, muy importante lo que dice, porque a Quebec arriban entre cuarenta mil a cincuenta mil nuevos inmigrantes cada año y treinta y cinco mil llegan sin hablar francés.

El barullo era ensordecedor.

Catherine elevó el tono de voz para dejarse escuchar.

El arzobispo Lapenane, en camisa Mao y un gran crucifijo de madera sobre el pecho, se encargó de entretener al general Parizeau. Luego de santiguarlo, permitió que le besara el dorso de su diestra.

—En cuatro meses —adelantó Catherine–— voy a acudir a un encuentro con los maestros de la francesación para adultos, en el Centro de Educación María Curie. Exactamente el 7 de enero cuando se reanuden las clases. Ese día espero difundir las pautas que seguiremos para fortalecer nuestras raíces y lengua. La Nueva Francia está viva y vigente, sin duda alguna, Jean… Me recuerdo, Me recuerdo… y no hay que olvidar esa consigna…

     Geogetto, a unos cuantos metros del periodista y Catherine, estrechaba manos y besaba mejillas.

Trasudaba y expresaba palabras de aliento y buenos deseos.

La mayoría de simpatizantes, con derecho a estar en el estrado, registraban el momento con las cámaras de video de sus celulares.

Algarabía pura, de convencidos.

Y el pañuelo rojo, emblemático para los canadienses liberales, se convirtió en una toalla desechable en manos del Primer Ministro electo.

El mensaje fue claro.

HEMEROTECA: 7mayo 2019 tvnotas

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