MALDITA GOMA

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El mismo sudor.

La misma ropa de dos días.

En esas deplorables condiciones tuve que abandonar el departamento de Walkley e ir a la cita con el paralegal.

El italiano dejó en mis zapatos el comprobante del primer pago de renta y su número telefónico.

El ron había contaminado mi piel.

Seguramente apestaba a caña fermentada.

La maldita goma hacia sus estragos.

Johnny Morales llegó media hora tarde al despacho. Lo aguardé en la sala de juntas, donde la chelona secretaria me había abandonado. Es posible que estuviera acostumbrada a tratar con inmigrantes de mi calaña, desaliñados y mal comidos. Por lo mismo, sin solicitarlo recibí una taza de café y media docena de galletas de chocolate.

El paralegal, mientras se desanudaba la corbata, me informó:

—Hermano, déjeme hacer la cita por teléfono con el Ministerio del Trabajo, Empleo y Solidaridad Social y de ahí nos trasladamos a las oficinas del Centro Comunitario de Ayuda Jurídica… Quiero pensar que ya tiene domicilio propio para su correspondencia y apoyo económico…

—La tengo, abogado… No se preocupe…

—Debe ser un poco paciente… Yo le hablo cuando reciban mi llamada en el Ministerio del Trabajo… La secretaria lo va a llevar a la sala de recepción y por favor, descanse, lea y espere a que nos contacten, hermano…

En ese espacio blanqueado y con asientos adheridos a los muros y en torno a un escritorio semicircular, un hombre barrigón y moreno aguardaba la presencia del abogado.

Antoine St-Ives semejaba un dios Indostán, por la botarga grasienta e incólume posición. Sus regordetas manos descansaban sobre un descolorido portafolio. La enorme testa de cabellos crespos y cortos, retenía una cara amplia, cejijunta, de ojos pequeños y astutos y nariz aplastada y tosca.

—Bonjour —dije en contra de mi voluntad.

—Buenos días —respondió en castellano.

—Paisano, eso es saludable —exclamé, dibujando una forzada mueca.

—De Uxpanapa…

—¿De dónde?

—Uxpanapa, Veracruz…

—Mexicano…

—Veracruzano…

Los martilleos de cabeza eran inclementes, molestos. Anhelé en una michelada de clamato con vodka.

—Conocí el puerto, su malecón y la zona naval —dije para sembrar confianza—. Bonita ciudad y su gente muy arrecha

—Yo no la conozco, porque soy del centro de Veracruz y mi pueblo casi colinda con el ismo oaxaqueño…

—Honestamente, me habla en chino… Le mentiría si le afirmo que conocí todo el estado, solo estuve de paso…

El veracruzano nunca me preguntó de mi origen.

En confianza me comentó el motivo de su presencia en el bufete de abogados: un problema doméstico lo refundió un año en la prisión de Bordeaux y por efectos colaterales, posiblemente purgaría otra condena mayor.

—El asunto es que yo nunca le pegué a mi esposa y ella mintió…

—No entiendo  —dije—, es difícil que en la actualidad la policía no sepa distinguir a la persona que miente o dice la verdad…

—Mis dos hijos que tienen seis y nueve años, apoyaron la canallada de su madre… y míreme, aquí estoy, buscando ayuda legal…

Según el hombre, su esposa le prohibió salir un fin de semana con sus amigos. Por desobedecerle, lo reportó a la policía. Dijo que su esposo la apaleó en un arranque de ira. La mujer, dos días antes, tuvo un accidente en el interior del departamento y presentaba moretones en la espalda y frente.

El mismo sábado, por la noche, el veracruzano fue aprehendido por dos policías y trasladado a una cárcel preventiva.

Un juez le prohibió acercarse a su familia y ordenó ingresar a un programa de ayuda psicológica para controlar sus emociones.

La mujer intentó desistirse de la denuncia, ante las graves consecuencias de su mentira. El fiscal le aclaró que, de hacerlo, se expondría a ser juzgada y encarcelada, por falsear la verdad.

—Un puertorriqueño, compañero de la fábrica, me permitió dormir en su casa, mientras recibía los fines de semana las terapias grupales y cuidaba ancianos de un asilo público de Laval… Una cabrona injusticia y mis hijos fueron los paganos…

Tuve que interrumpirlo.

Necesitaba desaguar y los dolores de cabeza se intensificaban.

El no poder comunicarme en lengua gala o anglosajona, impidió que me allegara de un analgésico.

 La secretaria nos vigilaba acuciosamente,  mientras mecanografiaba o atendía las llamadas telefónicas.

De regreso, pude enterarme del descenlace de la tragedia del veracruzano.

—Dos o tres veces por semana veía a mi esposa a escondidas en nuestra recámara, pero una vecina nos descubrió y llamó a la policía. Nuevamente fui arrestado por desacato al juez, y en esta ocasión fui sentenciado a un año de aislamiento en el reclusorio de Bordeaux, aquí en Montreal. Y todo se me complicó porque tengo otros cargos criminales por amenazar de muerte al culero abogado de mi esposa y que ahora es su amante…

Nuestra conversación fue interrumpida por Johnny Morales.

Desde la puerta con un ademán de la mano hizo que lo siguiera.

—Lamento lo que le ocurre, señor –le dije al atribulado veracruzano, sin realmente lamentarlo ante la punitiva deshidratación que enfrentaba—, espero que todo resulte favorable para usted y su familia… No hay de otra que apechugar y caminar p’alante, como decimos en Guatemala…

El paralegal percibió mi sufrimiento y el olor a azufre que contaminaba su espacio de trabajo. Intentó ignorarlo por tener en espera a la burócrata que me atendería.

Sin evidenciar incomodidad y mirándome a los ojos, dijo:

—Le harán cuatro preguntas básicas, hermano: su nombre, fecha de nacimiento, dirección y si me autoriza ser su intérprete…

La comunicación telefónica se realizó por línea abierta. Del otro lado, una voz femenina sacó adelante su trabajo y, al término, le informó a Johnny Morales que en dos días, a las ocho de la mañana, me recibiría en las oficinas de Empleo Quebec del bulevar Cavendish.

—No puedo estar de pajero abogado, y perdone lo chillón —exclamé ante la dolorosa neuralgia que me torturaba—, pero me estoy consumiendo por la goma y  necesito un poco de alcohol o analgésicos…

—Tiene que acercarse un poco más a Dios, hermano  — recomendó al entregarme dos aspirinas y un vaso de agua—. Los excesos no lo ayudarán mucho para resolver sus problemas. Y créame que me pongo en sus zapatos… No es cualquier cosa dejar atrás a la familia… Dígamelo a mí, que llevo dos años sin ver a mi madre…

No me faltaron ganas de mandarlo a la pupusa de su sacrosanta madre.

La prudencia, en tiempos de dificultad, impuso su silencio y acabé comportándome como una auténtica puta cholera.

HEMEROTECA: El placer de la mirada – Francois Truffaut

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