EL FRASQUITO

goteo portadaDe la piedrita al frasquito, del frasquito a la Colorada.

Y el macho, como impronta de carne, significó dinero, viaje y lenguaje.

En cincuenta años recorriste un trozo de esa ruta emocional.

Excesos de piel sudorosa y escasa consciencia.

Silvestre desde el abrir los ojos verdes y humedecer de miados la falda de tu madre.

Monserga de plaza solitaria.

El arroyuelo proveyó las primeras yescas de placer, como un hatillo de rábano.

La concupiscencia de tus padres alimentó curiosidad y deseo.

Despertó la libido.

Cada montículo de jarilla y mezquite, desciende por la ladera de oriente y no altera el correr del arroyuelo que secciona el valle donde los leñadores levantaron caseríos y corraletas.

Jonás Nelson es el hombretón que domeña la montaña y abre acequias para que los maizales abreven.

Esther Romero es la mujerona de enaguas blancas que alimenta seis bocas y cubre de hollín y humareda cada rincón de la cocina. El alcornoque quemado te provoca llanto. Has dejado de ser una mocosa. Tu cuerpo es firme, sinuoso, ávido de carne masculina.

Pretextos sobran.

Huyes a la corraleta, te encadenas en la semioscuridad del claustro de encina.

Piedra en mano te parapetas en el rincón de las gallinas ponedoras y a horcajadas maniobras y maniobras hasta el exhausto.

Una… dos… tres veces, de ser necesario.

Es tu secreto.

Después, a los catorce años vendría el desvirgue bajo convenio familiar.

Una lepa.

Vergüenza ajena.

Romualdo Peña, el vaquetón de Los Jacales, fue el hincha

Un bruto.

Mintieron tus compañeras de escuela.

El dolor fue punzante, indescriptible.

La sangre en borbollones te asustó.

Lloraste a rabiar, ante la mofa de tu suegra y cuñadas.

Después del desflore, imposible caminar, majar el maíz, cargar los trapos, lavar en el arroyuelo.

Tu macho gozaba indemne.

El muy endino te violaba bajo la bendición pastoral.

En tres meses todo cambió. Le agarraste gusto a la cama. Romualdo, el gigante de brazos de piedra volcánica, tuvo que ceder, retraerse, recontratarse de brasero, mojado, ilegal…

Huir de tu saciedad carnal.

Imparable.

Te obligó a retomar los placeres del soliloquio.

De la piedra al frasquito de perfume, regalo de Romualdo.

—Tenga —te dijo en tu cumpleaños quince— pa’que huela a jazmín…

En el rincón de las gallinas ponedoras le diste otro uso al frasquito.

Los lugareños empezaron a notarte con mayor insistencia.

No pasabas desapercibida por las callejuelas de Los Jacales.

Despertabas tentaciones y rencores.

Cuerpo de hembra silvestre.

 Pechos grandes, gráciles, libres…

Y el pastor de tu iglesia lanzando los estribillos salomónicos al repicar de tus pasos: tus pechos parecen dos cervatillos, dos crías mellizas de gacela que pastan entre azucenas.

Caderas anchas, atrapables, incansables…

Mirra y bálsamo esparces por la pradera y desatas pasiones…

No hay límite.

Tus ojos, gotas de jade, abrevan del bosque.

Ágatas de agave tierno.

Imposible quedar atada al rancho, a sus hondonadas de bosta y maleza podrida.

Huiste de Los Jacales, en busca de un destino afín a la miel de las palabras ajenas. Las que te endulzaban los oídos.

Santa Rosalía te atrapó sin distingos.

Perdiste la trenza, el rebozo, la blusa bordada…

Nueva imagen, menos pueblerina y de la mano de los trajeados y burócratas.

Una bella mujer de falda lápiz, ajustada y rebeca de encaje.

Chamorros con esclavinas de oro dorado y zapatillas de aguja.

Tu paso por lo urbano fue un perenne desfile de modas y gustos exóticos.

Los juguetes sexuales, de aparador y marca japonesa, cubrieron tus expectativas de carne.

De ahí La Colorada, gruesa y vibrátil, única e insustituible…

Y el tiempo te atragantó sin darte cuenta.

Envejeciste sola, imitando al otro de realidades ajenas… Arrinconada, prejuiciada, odiándote frente al espejo…

De no ser por el Altísimo, como llamas al guía espiritual del viejo Pastor de Los Jacales, tu corazón hubiese reventado por la ira, gula y lujuria…

Hay un libro en tu cama…

Y detienes la mirada de hojas secas en una de sus páginas, la de Proverbios.

Aleja al extraño de tu camino, y no te acerques a la puerta de su casa…

El deseo aflora…

Es difícil controlarlo.

Es tu naturaleza, reconócelo…

…y te niegas a aceptarlo…

Nuevamente tus dedos te liberan…

Y mientras lo haces crees escuchar un cacareo de gallinas ponedoras.

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