ROJO ROJITO

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Tan sola estoy. Difícilmente alguien puede notarlo.

Hugo decidió vivir por vivir, después de ser enjaulado en Caracas e incorporarse al ejército bolchevique de su tocayo, según su propia expresión.

Rojo rojito, repetías y confiabas en el éxito de la aventura: partir a la insurrección desde el seno de las Fuerzas Armadas Bolivarianas de Venezuela.

El exilio nos quitó la venda de los ojos.

La revolución iba encaminada al fracaso al no aliarnos con la burguesía demócrata de los Estados Unidos, Francia, España e Inglaterra, como terminó sucediendo el 6 de diciembre. Perdimos la Asamblea Nacional.

Los chavistas quedamos aislados. Nuestra única aportación histórica fue haber sacado de la miseria a tres millones de venezolanos y darles voz.

Una economía petrolizada como la nuestra estaba encaminada al fracaso.

En tus tertulias de los viernes, Hugo, no parabas de citar a tus autores preferidos, como al padre del Ejército Rojo, León Trotsky:

“Tenemos que aprender a trabajar correctamente, con precisión, limpieza y economía. Necesitamos desarrollar la cultura en el trabajo, la cultura de la vida, la cultura del modo de vida. (…) No existe palanca apropiada para elevar de un solo golpe el nivel cultural. Esto requiere un largo proceso de autoeducación de la clase obrera acompañada y seguida por el campesinado.”

Y de repente pluf, el globo se desinfló: los venezolanos fuimos doblegados por el estómago y el exceso de discursos.

El imperio nos obligó a hacer largas colas para comprar huevo, harina de maíz, papel sanitario, aceite comestible, carne de cerdo y azúcar…

Y la pregunta era la misma:

¿Cómo es posible que los bolivarianos lleven doce años gobernando Venezuela y la burguesía parasitaria, propietaria de los supermercados y la industria alimentaria, nos tenga de las bolas y los ovarios?

Algo no está bien.

Es una burla.

“Venezuela tiene quince millones de reaccionarios y quince millones de revolucionarios. Es el quid de las cosas. En cada elección se gana o se pierde con poco margen”.

Oírlo de ti, me hizo dudar de todo.

Nos hundimos en el silencio sepulcral de los muertos en vida.

No hay retorno.

El banco nos humilló. La historia de Job, el de Edom, volvió a repetirse.

Terminaremos desnudos, sin fortuna y maldiciendo.

Tú eras de Caricuao, de las partes altas cercanas al Centro Cristiano Misionero.

La Universidad me permitió conocerte y admirar tus arengas a favor de la igualdad y el amor al desvalido.

Y míranos ahora.

Pedro continúa con su salario incompleto y tuvo que recurrir a la ayuda social para darle de comer a su familia.

Itala, Itala… no me dejes solo, por favor. Te amo, Itala…

El paramédico, de voz templada e impersonal, no duda en dar su veredicto.

Nada sabe de la existencia del umbral y todas esas vainas filosóficas.

Lo siento, señor, su esposa sufrió un infarto y nada podemos hacer. En verdad lo lamento…”

Tienes que recordar, por favor…

HEMEROTECA: PRO2220

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