TODO ES DIFERENTE

sommus portada-SUEÑO 8

Atrapado.

Tú estás enclaustrado en el mismo rincón de la recámara.

Cada pesadilla huele diferente.

Imagine usted su paso por la Phayathai Road de Bangkok, donde pululan los puestos de comida rápida.

La extravagancia olfativa, picante, confusa.

Los universitarios de la Chulalongkorn en las paraditas de dos ruedas atragantándose de un arroz pegajoso y cangrejos salteados a la curry.

Te niegas a imitarlos.

Tu zhhlinyuan es un pantalón bombacho, demasiado holgado y te avergüenza. Lo mismo la lofbaz de algodón que adquiriste en el distrito de Phra Nakhon.

El hambre hace de las suyas. Doblega. El jim jum, una especie de puchero de mariscos, inunda el lugar. Los gritos no cesan. Hurgas en tu cartera. Dos mil baht son buenos para lo que piensas consumir. Un euro por cada veinte baht permite allegarte de un trozo de pastel de pescado.

Todo es tan confuso.

¿Cuánta cerveza circula por tu sangre?

La Singha en nada se diferencia a la Canadian. Los cinco grados de alcohol han evitado hundirte en el precipicio de la demencia temporal.

El tipo demanda la paga. Cien baht por una lata de Singha. Cuatro euros. Maldices.

Es demasiado.

La dama del short turquesa, opta por darte la espalda. No avala el comportamiento de su paisano, tan cínico como ella.

Draft beer

Demasiado tarde. La sugerencia está fuera de lugar.

El gringo pecoso, de anteojos quevedos y sombrero de detective, te señala el local de enfrente. En Bangkok cargas tu barril de cerveza sin ser molestado. Es un privilegio ser turista.

—Merci beaucoup…

Te pasas de lanza.

Un fajo de billetes verdes de veinte baht no es nada desdeñable.

El enhiesto rostro del rey Bhumibol Adulyadej parece hipnotizarte. Lo llaman Rama X y los tailandeses le prodigan respeto. Su hijo, el príncipe Maha Vajiralongkorn es su sucesor. Aun no es un afiche de caja registradora.

Votre phad kee mao talay —dice la flaca tailandesa del short.

Descubres que el plato de noodles fritos con mariscos es de veintiséis euros.

Robo a despoblado.

Maldices de nuevo.

La calle de puestos callejeros es un pasillo de rostros patibularios, cercado por locales de colores chillantes y hombres de ojos rasgados y piel cobriza. Todos aguardan pacientemente tu derrota.

Tu vida depende del dinero de la cartera de piel de cocodrilo.

El barrio chino de Bangkok —Yaowarat— te hubiese permitido sobrevivir al abuso. Las castañas asadas quedaron en el platón de plata, intocadas.

—Las paraditas de Phayathai Road son mejores —sugirió la chica—, de ahí a mi departamento… Vamos, monsieur…

En la pesadez de la somnolencia intentas recapitular. Bangkok ha borrado su esplendor solar.

Olvídalo.

Te han desgarrado la playera, una lofbaz, y tienes sangre en el antebrazo.

Pumpuang Duangjan y su Good Luck The Money no deja de perturbarte.

La tailandesa canta a lo que da.

Suchart, camarada, es posible que tu sueño se prolongue.

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