PATÉ DE CERDO

polvos ajenosEl automóvil seguía inmóvil frente a la casa de Lorenzo Suárez. Un Alfa Romeo Sprint de colección, negro y con espejo retrovisor triangular. En su interior dormía Benjamín Billalda, su mejor amigo. Testigo estelar de la boda religiosa.

Billalda, vencido por el tequila y el champagne, tenía dos años sin un empleo fijo y seis meses de divorciado.

—¡Arriba Patrón, que los recién casados lo aguardan! —gritó un hombre viejo, rechoncho y de greña larga.

Sus gritos los apoyó golpeando con su manaza abierta el parabrisas.

Billalda seguía alejado de la realidad. Soñaba con mujeres y autos de carreras, su pasión.

Los ruidos arreciaron.

Billalda tuvo que interrumpir el rallycross y abandonar el circuito de Mondello Park del autódromo de Irlanda.

De una patada abrió la portezuela.

Un voluminoso cuerpo de competidor de hamburguesas rodó hacia el exterior. Su cara de niño era una máscara de molestia y modorra.

—¿Y usted quién es? —dijo restregándose los ojos sapinos con su regordete puño.

—Su salvador…

—¿Cómo?

—Lorenzo me pidió que lo despertara para llevarlo a la fábrica de embutidos…

Billalda intentó descifrar las palabras del sexagenario de traje oscuro y corbata roja.

No lo reconocía.

Tenía certidumbre de no haberlo visto durante la fiesta de los recién casados. Checó la hora en su reloj de pulsera.

Tres y cuarenta de la tarde.

—No entiendo, disculpe… —exclamó con su voz de niño, sobreponiéndose a los estragos de la acidez gástrica.

—Su amigo dijo que usted se encargará de la fábrica de embutidos y debo entregarle las instalaciones y las llaves…

—¿Cuál fábrica de embutidos?

—Lorenzo la heredó hace dos semanas y la aceptó para ayudarlo…

Los Suárez amasaron una gran fortuna con la exportación de carne de cerdo.

Lorenzo decidió hacer lo propio organizando conciertos de rock pesado y carreras de caballos cuarto de milla.

 Billalda y Lorenzo crecieron y estudiaron a la par. Queda-ron hermanados por sus aficiones: el turf, las conejitas de Play-boy y la banda alemana de rock, Lucifer’s Friend.

Benjamín Billalda, el hijo de la sirvienta, fue tratado como un integrante de la familia. Doña Mariquita Suárez, cabeza del clan, lo convirtió en su ahijado de bautismo. De paso, lo desvirgó cuando cumplió quince años, bajo la complacencia de su padrino, don Lorenzo. Muy mayor para su atractiva esposa.

—Tengo que hablar con Lorenzo –dijo Billalda y buscó su teléfono celular en los bolsillos del frac. No lo encontró. Tuvo que recurrir a su interlocutor —. ¿Puede usted marcarle, por favor?

—Lo está esperando en la fábrica, señor Billalda… Él y su esposa vuelan en dos horas a Nueva York y quiere dejar resuelto este asunto. Su único interés es ayudarlo…

Diez minutos después, Billalda y el desconocido viajaban en el automóvil de Lorenzo Jr.

El sexagenario conducía y fumaba.

Billalda no repeló al recibir dos latas de cerveza fría y la promesa de llevarlo a su departamento, después de la entrevista.

Montreal seguía intacto, a pesar de la polución y el ajetreo humano.

Los doscientos invitados de los Suárez seguramente enfrentaban los mismos resquemores por la falta de sueño. Los imaginó en la cama.

Billalda pensó en Ilda Trabulse, su compañera de aula en la universidad e hija de un libanés, comerciante de arte y tapices persas. Los problemas de salud, producto de la meningitis, no fueron impedimento para convertirse en la esposa de su amigo. Padecía ataques de epilepsia y sordera.

—¿Cómo conoció usted a Lorenzo? —preguntó Billalda, recostado en el asiento trasero. El hombre no respondió. Billalda insistió–: ¿Es usted empleado o amigo de los Suárez?

—Ya vamos a llegar, señor Billalda. Es ahí…

Y señaló un edificio de doce pisos y paredes sin resanar.

Billalda hizo un gran esfuerzo para levantar su testa de rinoceronte y descubrir el edificio en obra negra, construido al borde del rio San Lorenzo.

—¿Todo el edificio es de la empresa?

—No, solo los tres últimos pisos, donde están instalando las maquinas enlatadoras, una bodega refrigerada y las oficinas administrativas…

—Jamás imaginé que Lorenzo llegara a esto —dijo sin disimular su sorpresa.

Lorenzo odiaba a su familia, principalmente a su padre. Había jurado no involucrarse en el negocio de la carne porcina.

Un hecho ocurrido durante su infancia lo hizo tomar esa decisión: don Lorenzo le regaló un cerdito blanco, llamado Porky. Después de cuidarlo, domesticarlo y convertirlo en su mascota preferida, un día desapareció.

Durante una semana lloró y se negó asistir al colegio.

Una noche, su padre lo invitó a cenar en el rancho de Saint Pierre —Porky’s y sus amigos—, bajo la promesa de que recibiría una agradable sorpresa.

Después de engullirse el tazón de pozole y los tamales de mole verde con carne de puerco, don Lorenzo, desde el puesto de mando de la mesa y ante la serena mirada de su madre, le dijo:

—Nunca debes encariñarte de nadie, si quieres tener éxito en la vida y hoy has recibido tu primera lección…—el adolescente, sentado a la izquierda de su padre escuchó en silencio, escudriñando con sus ojos azules, de criollo gallego—. Desde hoy ya eres un verdadero Suárez y digno heredero de mis negocios. Te felicito, hijo…

—Tu padre quiso ponerte a prueba, hijo —intervino su madre sin alterar los músculos de su bello rostro alabastrino—. Primero, porque aceptaste comer pozole y sabes que se prepara con maíz y carne de cerdo y segundo, porque has logrado superar tu amor a esa bestia albina que criaste y amaste como un amigo. Precisamente con la cabeza de ese animal, preparamos el pozole y los tamales, hijo…

Lorenzo salió corriendo del comedor y se enclaustró en su habitación durante dos días.

De rodillas y frente a un crucifijo de mármol negro, juró vengar a su amada mascota cuando llegara a la mayoría de edad. Únicamente dejaría con vida a su madre para verla consumirse por el temor y sufrimiento.

Billalda aceptó ser parte del plan, que materializarían tres meses después del viaje a Nueva York, donde su amigo festejaría la Luna de miel.

Ilda también participaría en la vendetta. Odiaba a don Lorenzo, amante de su madre  y responsable de la enfermedad de su padre. Por la depresión, el viejo estaba atado a una silla de ruedas.

Mientras el ascensor crujía durante su deslizamiento al piso doce, Billalda apuró su tercera lata de cerveza.

Domingo de sol radiante.

El lugar estaba desierto. El hombre de las largas mechas entrecanas, trajeado y hermético, no se le despegaba a Billalda.

—Bien, feliz domingo —acotó Billalda, casi como un susurro, al detenerse el ascensor.

Las puertas desaparecieron.

Don Lorenzo los recibió de pie, enfundado en un overol negro y con un hacha de carnicero.

—Buenas tardes, ahijado —fue lo último que escuchó Billalda antes de desplomarse con el cráneo partido.

Un suculento paté de cerdo terminaría en el refrigerador de sus consuegros y nuera.

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