MIA ES LA VENGANZA

los hijos6

Pierril Gallipeau y Aldo Morel aguardaban ser recibidos por la ministra Ellada Lyubov.

El asunto de las bailarinas rusas apestaba.

Morel, su jefe, estaba metido en el asunto del tráfico humano, principalmente de strippers extranjeras.

El encuentro con don Adelpho Bonneto en Montebello, durante la madrugada, había confirmado sus dudas.

Pierril lo recordó mientras permanecían en el salón contiguo a la oficina de la ministra.

Él y Morel abordaron el helicóptero en el aeropuerto Internacional de Ottawa y descendieron en un amplio jardín trasero de Villa Provenza, en los suburbios de Ottawa. Dos hombretones de traje negro y cabello relamido los condujeron a una terraza de la mansión.

El mafioso italiano los aguardaba en bata de dormir y hojeando un periódico italiano. Bebía un vaso de oporto portugués.

El abuso del botox era evidente. Don Adelpho tenía el rostro abotagado. Los cortes en sus orejas y mejilla derecha evidenciaban su pasado pandilleril.

—Lamento lo de su madre —dijo al recibir el apretón de mano de Pierril. No abandonó su sillón reclinable—, una mujer como pocas, incansable y fiel a la familia.

Pierril aun evocaba cada gesto y expresión del viejo Bonneto.

Morel tenía sus manos embarradas de dinero sucio.

Sin embargo, en el Ministerio de Inmigración y Ciudadanía pocos burócratas salían bien librados de esa enfermedad.

El tráfico humano generaba escandalosas fortunas y redituables carreras políticas. Por lo tanto, moralizar el servicio público era un asunto complicado. La podredumbre alcanzaba a algunas alcaldías y al propio gobierno provincial de Quebec.

Bonneto estaba al tanto de lo ocurrido a su madre. El o los responsables del robo y la agresión difícilmente la librarían.

En el Ministerio de Inmigración sabían que los Gallipeau eran honestos y denodados defensores de la unidad familiar y la cultura quebequés. Les era indiferente la inmoralidad administrativa de los otros, mientras no fortaleciera políticamente  a las minorías étnicas, adversas a los intereses francófonos.

—Muchas gracias don Adelpho, le haré extensivas sus palabras a mi madre…

—En lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres. No tomando la justicia por cuenta vuestra, queridos míos. Dejad lugar a la cólera. Dice la Escritura, querido señor Gallipeau: Mía es la venganza…

Don Adelpho era respetuoso del poder papal y de algunos cardenales italianos. Cada domingo asistía a misa y comulgaba, sin necesidad de confesarse con el sacerdote de la Iglesia del Sagrado Corazón.

Morel, por el contrario, navegaba en aguas distintas, muy turbias y peligrosas. Por el momento, su única aprensión era cubrir sus deudas y no descender de nivel social al que estaba acostumbrado. Ni su familia le importaba. Se consideraba un nihilista-hedonista, enamorado de la libertad y la buena vida.

Morel tenía hambre y no lo disimuló. Sin aguardar la invitación del mafioso empezó a picotear el platón de fruta. Su delgado bigote solar lo diferenciaba levemente de Pierril. Los hermanaba el mismo tono de piel, cabello y ojos. Morel era oriundo del poblado de Alma, un fiel militante del Partido Liberal y seis años mayor que su subalterno.

—La justicia quebequés está haciendo bien su trabajo, don Adelpho —asentó Pierril.

—Yo daré el pago merecido, dice el Señor —sentenció el italiano—. El apóstol Pablo no estaba tan errado. Y como se dará cuenta señor Gallipeau, hasta los gentiles tenemos derecho a ser vengados.

La mayoría de empresarios y políticos de la provincia conocían la magnanimidad del mafioso. Ninguno tenía el poder o las agallas de molestarlo.

Quebec le debía mucho.

Don Adelpho era prudente con las cuestiones soberanistas de los quebequés patriotas. Su constante contacto con los liberales le impedía comprometerse con el movimiento independentista o de contención migratoria.

Solo estaba de acuerdo en limitar la presencia de ciertas razas en la provincia. Lo hacía para no distanciarse de sus socios principales —en su mayoría supremacistas blancos—, y el progreso sustentable de la Nueva Francia, como llamaban a Quebec.

—La ministra está muy presionada, porque los permisos temporales llevan su firma, don Adelpho —intervino Morel—. Mi jefa quiere comprometer al Primer Ministro y no cargar ella con todo el fardo.

—Son documentos apócrifos, señor Morel —aclaró el mafioso italiano sin dejar de masticar un trozo de jamón ahumado con queso—. En su oficina, la que usted dirige, está el principal problema. Lo hemos investigado y estoy seguro que a esta hora los periódicos y noticieros tienen toda la información de lo ocurrido… Y tengo entendido, si no me fallan mis fuentes, que poseen audios y videos, que son pruebas irrefutables de sus errores…

Morel soltó el tenedor, como si recibiera una descarga eléctrica. Levantó su cara desencajada y pálida para enfrentar una mirada de burla. Don Adelpho se refocilaba de su decisión.

El fiel subalterno de Ellada Lyubov jamás imaginó que el misil estallara en sus manos.

Morel llevaba doce años hurgando los expedientes de cada nuevo inmigrante. Los últimos cuatro ministros, incluyendo Lyubov, nunca cuestionaron sus decisiones. Era muy cuidadoso con los detalles. Siempre evitaba hacer favores extraoficiales sin la venia de sus superiores.

Morel conocía sus límites y alcances.

Ahora era distinto.

Las conclusiones eran irrefutables bajo la horma del mafioso italiano: él o alguno de sus cercanos sería crucificado. Pensó en Pierril Gallipeau.

—Dudo que el problema tenga su origen en los pasillos del Ministerio de Inmigración, don Adelpho —intentó defenderse, sin mucha enjundia.

—Lo es, no hay duda…

—¿Y tiene usted algunos indicios que pudieran identificar al o a los responsables?

Don Adelpho saboreó la respuesta.

Un grueso cristal a prueba de balas lo protegía de sus enemigos y del frio invernal.

La nieve ocultaba el esplendor de los jardines y las baldosas de mármol italiano. Medio kilómetro de camino pavimentado con la roca Toscana, bordeado por un centenar de estatuas de gran tamaño. Representaban a los dioses y semidioses romanos.

Y corría una leyenda que aseguraba que en realidad las estatuas resguardaban los cadáveres momificados de sus principales adversarios.

Pierril intentó minimizarse, ser un objeto inanimado, como una de las estatuas de mármol.

Un detalle lo tranquilizó: de ser él el afectado, don Adelpho no hubiese aludido a su madre.

Sin duda, el sacrificable sería Morel.

En esos instantes añoró estar al lado de Madame Marguerete, apoyarla en su recuperación.

Sus hijos y esposa eran únicos y ejemplares, pensó. Y lamentó no haber disfrutado con ellos el fin de semana.

Una hora después del encuentro en el balcón, el mismo helicóptero que les permitió su arribo a Villa Provenza, descendió en el aeropuerto de Ottawa.

Ya en la antesala principal del Ministerio de Inmigración, Aldo Morel enfrentaba, en un prolongado silencio, su nueva encrucijada.

La instrucción del viejo capo fue contundente:

 Renunciar al cargo y asumir la responsabilidad legal y política.

Y tendría que acatarla.

Lyubov sobreviviría a la hecatombe. Su investidura quedaría intocada y designaría al nuevo director de Inmigración.

La secretaria particular de la Ministra, bella y elegante, se acercó a Morel y Pierril.

—La distinguida ministra los aguarda, señores, adelante, por favor.

Los dos obedecieron. Cabizbajos siguieron a la símil de Pamela Anderson, pero veinte años menor.

El millonario Larry Flynt, del imperio Hustler, no dudaría en contratarla. Hasta las tetas presentaban el mismo volumen y textura.

La ministra y su secretaria particular provenían de tierras ucranianas.

 Morel pensaba en su futuro.

Le tranquilizaba saber que en Atenas, donde sobrellevaría su exilio, tendría en su lecho a decenas de mujeres del mismo talante.

El maldito capo italiano no descuida detalle, reflexionó, sin disimular su enojo.

Morel administraría un centro nocturno de la calle Ermou, en la plaza Syntagma, junto a la sede del parlamento griego.

Lo cierto era que estarían bajo su resguardo las quince bailarinas rusas deportadas.

Y se lo dijo don Adelpho, antes de despedirse y soltar su rugosa y huesuda mano.

HEMEROTECA: Psicologia de masas del fascismo – Wilhelm Reich

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