LLORAR EN SILENCIO

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Nada volvió a ser igual. Ni los olores y colores.

 Nada.

Mi rechazo a la chirimoya seguía latente. Llegaba al extremo de tirarla. Del frutero de mimbre de la mesa del comedor al bote de basura.

Verla me provocaba desazón.

Y evocaba con esa simple fruta  a mi madre biológica en su dolorosa gravidez que la llevó a la muerte.

El embarazo alteró mi relación familiar. Lo mismo ocurrió al tratar a mis compañeros del trabajo.

Manuel Ernesto dejó de presentarse a San Francisco de Limache. Tampoco me escribió o buscó telefónicamente.

 Desde finales de febrero nada supe de él.

Y en verdad, tampoco tuve ánimos de buscarlo.

 Saber que iba ser madre a mis diecinueve años significaba mucho en mi vida. No se trataba de la presencia de un ser vivo rechazado, sino deseado y amado.

Y se lo dije al Gringuito:

—Yo quiero a mi güagüa, papá y no me importa si me echas de la casa…

Guillermo sonrió y me acurrucó fuertemente sobre su pecho.

Emma le había informado de lo ocurrido. No hubo cólera sino apoyo. Entendía que en los asuntos del amor,  salía sobrando cualquier consejo o reproche.

Una única pregunta invocó, por simple formalismo:

—¿Quieres casarte con el muchacho?

No entendí su interés.

Yo estaba consciente que los Shaw no conocían a Manuel Ernesto, pero a la vez, yo desconocía que Frida les informó de la relación y el embarazo.

Incluso, mis padres de crianza tenían ubicado el domicilio de Manuel Ernesto en Valparaíso.

—No, él no me ama y es un huevón —respondí.

Y pararon los cuestionamientos.

Mis actividades diarias continuaron y oculté el embarazo hasta donde pude.

Sin embargo, en la segunda semana de junio — días antes de mi cumpleaños diecinueve—, el licenciado Cabezas me llamó a su oficina con el pretexto de tratar un asunto de trabajo.

—Normita —dijo al recibirme sentado tras su escritorio—, si necesitas más tiempo para cuidar tu embarazo dímelo por favor. Yo entiendo que eres primeriza y me he dado cuenta que no te alimentas bien…

Sus palabras me sorprendieron.  Intuí que mis padres le habían abordado el tema.

No fue así.

La hinchazón del abdomen era inocultable y tuve que utilizar ropas oscuras y holgadas. También me delataron los continuos ingresos al sanitario para orinar y güitrear.

—Gracias licenciado, pero si siento que el embarazo afecta el desarrollo del trabajo, tenga la seguridad que le solicito un permiso para descansar en mi casa…

Una extraña melancolía se posesionó de mi ánimo.

Perdí interés por todo.

Incluso, noté que los sentidos olfativo y gustativo se alteraron, afectaron mi gusto por ciertos alimentos, como la carne roja y el huevo.

Lo mismo ocurrió con la fragancia de las flores y el hedor de los desperdicios.

Hasta los colores tornáronse grises y oscuros y opté por dormir en demasía y llorar en silencio.

Yo amaba a Manuel Ernesto y sufría por su ausencia.

En San Francisco de Limache los noticieros radiales hablaban de futbol y de las elecciones para designar a los nuevos alcaldes y concejales de los 275 municipios.

El domingo 2 de abril de 1950 tendrían lugar los comicios.

Me tocó vivir esa experiencia de una manera extraordinaria.

Fue la primera vez que deposité mi sufragio a favor de un candidato del Partido Radical, en el que militaba el presidente de la república, Gabriel González Videla y su admirable conyugue, Rosa Markmann, llamada cariñosamente Miti.

Rosa Markmann  había visitado la comuna. Me impresionó su mensaje a favor de la mujer y su derecho a ser libre, independiente y elegible en cualquier cargo de elección popular.

La esposa del presidente tenía tres hijos, pero la maternidad no le impedía encabezar la lucha política por la igualdad de la mujer.

Yo avalé las consignas de los candidatos del Partido Radical, sin entender a fondo su plataforma política o sus ligas con el fascismo o falangismo chileno.

El Partido Radical obtuvo la mayoría de sufragios.

Nuestra comuna fue gobernada durante tres años por un alcalde de apellido Mendoza, afín a sus principios.

Los otros nueve partidos contendientes también lograron colocar concejales en todo el país.

El Partido Comunista tuvo que irse a la clandestinidad y apoyar a algunos candidatos del Partido Socialista. Uno de sus más brillantes militantes fue el médico cirujano, oriundo de Santiago, Salvador Allende Gossens.

El Gringuito lo conocía.

En algunas ocasiones participó en reuniones clandestinas del Movimiento 2 de abril, aliado del Partido Comunista.

El doctor Allende fue uno de sus principales oradores.

 El 21 de junio, un miércoles frío y húmedo, celebré mis 19 años de vida encerrada en mi cuarto.

La gravidez hizo su parte al sumirme en un perenne estado de melancolía.

Para no sentirme tan sola, empecé a hablar en voz alta con el bebé. Creí que escuchaba desde el vientre mis plegarias y berridos.

Emma me vigilaba e intentaba romper mi mutismo.

Un día de septiembre le dije a mis padres adoptivos:

—Ya no iré a trabajar, espero que no sea un problema para ustedes…

—¡Qué va! —exclamó Emma—. Nosotros te lo íbamos a pedir… Tienes que cuidarte, porque no eres una mujer robusta y si sigues esforzándote puedes perder a la criaturita. Necesitas mucho reposo…

—Tengo miedo —me sinceré sin contener las lágrimas—, siento que me voy a morir en el parto, como mi madre…

—No, no… Es diferente —intervino Guillermo. Los tres nos encontrábamos en el comedor—. María se había descuidado por los problemas que tuvo con tu padre… Murió porque estaba anémica, según nos informó el médico que la atendió…

—Es que yo no soy feliz…

—Es normal, hijita —dijo en tono cariñoso Emma—, no es cualquier cosa tener un hijo… Pero cuando lo tengas en tus brazos, ya verás que todo va a ser distinto…

Sus buenos deseos los confirmaría hasta el día señalado para ser madre. Ocurrió el domingo 22 de octubre de 1950.

Veinticuatro horas antes —un sábado primaveral con árboles pelones y vientos gélidos— empecé a sentir los primeros síntomas del parto.

Los dolores se agudizaron.

Emma prefirió llevarme al hospital de Santo Tomás, en el mismo hospital donde yo nací diecinueve años atrás.

El trayecto lo hicimos a pie.

Y después de recorrer doce o quince manzanas e ingresar a la avenida Palmira Romano Oriente, doblamos a la derecha y nos detuvimos frente al viejo nosocomio de un nivel, con cantera blanca y una capilla colonial al costado.

Emma pidió que oráramos antes de ingresar al hospital, donde me internaría.

Emma era madrota y conocía los síntomas de un alumbramiento en puerta.

Nos hincamos en medio del pasillo, cerca del altar mayor y entre dos arcángeles de yeso con las alas desplegadas.

En esos instantes de contrición y temor pedí por la salud de mi bebé.

De ser hombre, lo llamaría Guillermo, como el Gringuito, o mujer, Consuelo. En homenaje a mí admirable y amada maestra del colegio Estándar. (FIN  VOLUMEN 1)

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