EL PORTAFOLIO

fusilados26

Yo nací para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrero donde tomen la mira y asesten las flechas de la mala fortuna…

Miguel de Cervantes

El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

 

Otra historia, en manos del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración, fue recuperada por el periodista. La de un salvadoreño ducho en reparar abolladuras y pintar autos.

Su drama inició al contactar con un oficial del ejército, presuntamente relacionado al crimen organizado.

Eduardo registró el hecho y lo público en el semanario editado por el Centro Comunitario San Lorenzo:

El BMW paró a cuatro metros de distancia y su conductor, un coronel del ejército salvadoreño, llamó a Napoleón Romero, el propietario del negocio. La presencia de ese hombre uniformado, cetrino y de mirada huidiza, en menos de una semana cambiaría radicalmente la vida del hojalatero: aquel encuentro le provocaría lesiones, robo y destrucción de su propiedad, amenazas de muerte, intento de chantaje, persecución y el ser refugiado político en Toronto, Canadá.

“Desde que lo vi, junto al volante, algo no cuadró, pero no le hice caso a mis presentimientos. Conocer a esta persona fue una maldición”, dice Napoleón, aún con las huellas de la tortura en el rostro.

El hojalatero radicaba en la avenida doce de San Miguel, una de las ciudades más importantes de El Salvador.

El viernes 19 de agosto, ya casi al oscurecer, el coronel Carlos Humberto Molina, familiar del ex presidente de El Salvador, Armando Molina, contrató los servicios de Napoleón. Se trataba de cambiar el color de su vehículo y le pagaría 700 dólares americanos por el servicio. El trabajo debería realizarlo esa misma noche y entregarlo antes de las ocho de la mañana.

Y dio sus razones:

“El auto sale a La Unión, donde se embarca hacia Panamá, y vienen al mediodía a recogerlo. Me dicen que usted es el mejor y por eso vengo a verlo”.

Napoleón agradeció la deferencia y aceptó trabajar toda la noche para cumplir el compromiso. El militar, después de identificarse y revelarle que tenía nexos sanguíneos con un ex presidente de la república, le adelantó mil 500 colones y aseguró que de no fallarle, podría darle un poco más de dinero al realizar la operación de compra-venta.

El coronel se retiró en un taxi y dejó que el hojalatero metiera a su taller el BMW. Cambiaría el color gris metálico por un amarillo yema. En la planta alta del taller, Napoleón vivía con su esposa y dos hijos, estudiantes de primaria.

El hojalatero asistía los domingos a una Sala del Reino de los Testigos de Jehová y había sobrevivido a la guerra civil de la década de los ochenta por su desapego a la violencia y el negarse a militar en el ejército o la guerrilla.

Uno o dos días a la semana, al lado de su esposa, tocaba puertas y regalaba publicaciones de su iglesia: Atalaya y Despertad. En algunas ocasiones, el apego radical a sus creencias, le ocasionaban problemas, sobre todo cuando insistía que la batalla del Armagedón ya se había iniciado y era el momento de buscar la salvación.

Sin embargo, nadie dudada de su honestidad. Su rectitud era tan obcecada, como su negativa a aceptar una transfusión de sangre, en caso de requerirla él o su familia.

Durante la noche pulió y pintó el vehículo y bajo esa dinámica recibió el arribo del sol. En el horario pactado, el coronel se hizo presente y tras saludarlo con un seco “hola” empezó a inspeccionar el BMW.

“Espero que el trabajo le haya gustado, coronel”, dijo Napoleón.

El militar no dijo nada. Simplemente abrió la cajuela y en un arranque de cólera, le espetó:

“¿Y el portafolio que estaba aquí?”.

“¿Cuál portafolio?”.

“No te pases de canalla, hijo de la gran p… Aquí dejé unas bolsas y lo sabes”, exclamó furioso el coronel.

“Creo que hay un error, yo jamás abrí la portezuela”, intentó aclarar Napoleón.

El oficial abordó el vehículo y lo puso en marcha.

“Ya regreso y quiero que me devuelvas esa mercancía, ratero de mierda”.

 Asustado, Napoleón buscó a su esposa Tere Lara y le informó sobre lo ocurrido. Ella le sugirió que buscara el apoyo de alguna autoridad judicial o del ejército.

“Tenemos a uno de los hermanos en la guardia nacional”, le recordó.

En los instantes que iba a abandonar el taller para dirigirse al centro de San Miguel, se hicieron presentes dos jóvenes, a bordo de una camioneta Suburban negra. Ambos pertenecían a una de las pandillas más violentas y peligrosas de El Salvador: Los Mara 18.

“La mercancía era nuestra, no del coronel y la devuelves o la pagas, son 200 mil dólares…”, advirtió El Mickey, armado de un tubo de acero.

 “Los de esta pandilla, constantemente chantajean a la gente de bien de San Miguel. Estos delincuentes y los Mara Salvatrucha siempre están en pleito y han sembrado de cadáveres a mi país”, dice Napoleón.

El Mickey y su acompañante, armado con un revólver, empezaron a golpear al hojalatero y destruyeron el parabrisas de un vehículo al que le reparaba el chasis. Le exigieron dinero y amenazaron con volver en la tarde.

“Si vos abres la boca, te metes en una mayor…”, dijo El Mickey, sin dejar de lanzarle palabras soeces.

Algunos vecinos suponían que Napoleón tenía mucho dinero, porque además de hacer trabajos de hojalatería y pintura, una vez al mes viajaba a los Estados Unidos. Contaba con una cartera de paisanos que enviaban mercancía o dinero de ese país a El Salvador y por ese trabajo de mensajería obtenía ganancias. El negocio de las encomiendas lo inició en el 2001, cuando trabajó como ayudante de mecánico en Chicago, Illinois.

“Como mi familia usaba ropa traída de los Estados Unidos y veían que en la casa teníamos aparatos o cosas importadas, me imagino que pensaron que yo poseía muchos colones y eso era mentira”, dice Napoleón.

El coronel nuevamente se presentó al taller en otro vehículo y al no encontrar al hojalatero, habló con el dueño de un pequeño supermercado, aledaño al negocio de Napoleón.

Le dijo:

“Dígale a ese hijo de puta que donde se meta lo voy a cazar, que mejor me pague o entregue lo que me robó. No se la va a acabar aunque se vaya a la Patagonia”.

Napoleón tuvo que esconderse en Santa Ana, a 200 kilómetros de San Miguel, mientras que su esposa e hijos buscaron refugio con unos familiares en Suyanpango. Antes, en el Juzgado Tercero de Paz, levantó la denuncia penal y le envió una carta al director de la Policía Nacional Civil, Ricardo Mauricio Menesses. Le informó sobre lo ocurrido y algunos pormenores de quienes lo golpearon, amenazaron e intentaron chantajear.

Los pandilleros durante la noche saquearon el negocio y su casa. Rompieron las puertas y ventanas y en camionetas pick up sacaron muebles y herramienta. Napoleón buscó a un abogado, Testigo de Jehová y recomendado por un tío, y éste le confió que el coronel Molina tenía antecedentes de ser un asesino y pertenecer a un grupo paramilitar, precisamente integrado por pandilleros. En San Miguel corrían versiones que se dedicaba al robo de vehículos y tráfico de drogas.

“No sé que le harías, pero si te culpa de algo, es que trae consigna de dañarte. Lo que recomiendo es que te alejes de El Salvador porque si te agarran, no te la vas a acabar, hermano”, dijo el abogado.

El jueves 15 de agosto, a las siete de la mañana, tuvo que abandonar el país al lado de su familia y remontarse a Canadá. Los cuatro, Napoleón, hijos y esposa, se reencontraron en San Salvador y ahí adquirieron los boletos de avión para dejar atrás esa pesadilla. En el aeropuerto internacional de Toronto aplicó como refugiado y durante dos horas esposaron al matrimonio. Los niños estaban asustados. Sus compañeros de creencia religiosa abogaron por ellos y tras ser aceptados por las autoridades migratorias canadienses, los trasladaron a Windsor, muy cerca de Detroit.

“Por haber entrado y salido de los Estados Unidos se me investigó y eso retrasó nuestro ingreso a Canadá. Gracias al apoyo de los hermanos el problema se arregló y nos quedamos. Lo único que nos duele es que en San Miguel perdimos toda una vida de trabajo decente. Ahora no sabemos qué futuro nos aguarda, pero Jehová nos protege y por algo pasan las cosas. En él ponemos nuestra vida y esperanzas”, puntualiza.

HEMEROTECA: pro2221

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