DON MELCHOR

EL ESCUPITAJO28 de mayo.

Lluvia de polen en martes.

De lado a lado, una infinitita alfombra granulada de verdes y amarillos, frente a los edificios de departamentos.

Escasa actividad comercial.

En el parque, legajos humanos esparcidos, hinchados por el alcohol y la marihuana…

Silencio absoluto mientras intento alcanzar la avenida Jarry.

Los excesos ocurridos son evidentes.

Un nuevo día arribó, sin darnos cuenta. Nuestro propósito de vida poco alteró la diferencia del tiempo.

Pienso al recordar a Hilda tan despatarrada, sobre la alfombra, pegada a Consuelo y Reynaldo:

Cuando una mujer decae hasta este punto pierde su amor propio…

Zola, en L’assommoir, marcó a Gervaise, la sufrida lavandera alcohólica.

Hilda en nada se diferencia a Gervaise y yo, al vividor Lantier, su marido.

En la noche reciente pude constatarlo. Los invitados de bruces, desnudos e impregnados de alumbre líquido, sudor y saliva.

Los depresivos de siempre, durante el alba, pudieron amancebarse en nuestro departamento de Gary Carter.

El festejo iniciaría a mi llegada, así lo planearon.

—Coronemos su éxito —insistieron los bárbaros swingers.

Sin proponérmelo, evoqué la cena de fin de año. Un hecho tan antiguo haciéndose presente a cada paso.

En aquel festejo, las botellas de sidra aguardaban en la cocina, junto al hinchado pavo, vaporante e inundado de vino español.

—Parafernalia pagana —dije.

Hilda fue muy ocurrente.

—Enciendan las veladoras —propuso en cueros—.  Hagamos un senderito de aquí a la recamara…

No faltaron las uvas y los buenos propósitos. Tampoco los condones de un color especial para atraer la buena suerte y alejarnos de las enfermedades.

Artilugio banal para intimidar fuera del matrimonio.

¿Y el abuelo?

—¿Algo más don Melchor? Don Melchor… Don Melchor…

—Déjalo dormir, querida… —pedí en voz baja—. Se le pasaron las copas…

—Maldita sea —Hilda protestó— ¿Y ahora quién lo lleva a su departamento?

—Elías vive en el edificio contiguo….

—Te dije que no lo trajeras, es un hombre cansado…

—Es mi abuelo…

Hilda lo odiaba. Mi mujer tenía la cabeza enferma y el corazón destrozado, como la Gervaise de Zola.

—Las zapatillas que traigo puestas, como únicas prendas de vestir, me las regaló don Melchor…

—También los mocasines… Es único el viejo…

—No entiendo por qué decidió venir con la jovencita caribeña, si sabía de los riesgos…

El trinar de los pájaros me advierten que hay vida en el parque.

La resaca hace de las suyas, a pesar de los analgésicos. Hilda no quiso cargarse de remordimientos.

Hipócrita.

Lola cedió por sugerencia de ella. Elías se aprovechó del momento.

La cubanita tiene veinticinco años y el abuelo sesenta y ocho.

¿Qué esperabas?

La muchacha es simpática, carnosa y ciudadana canadiense, gracias al viejo.

Mi abuelo es ajeno a su entorno. Lo percibí con la boca abierta, escurriéndole los mocos sobre su barba lechosa.

Retomo la imagen de su derrumbamiento.

Los invitados dejaron de pensar en el viejo, un orgulloso socialista venezolano. Todos se avocaron a recibir de buen talante el año nuevo.

En menos de cuarenta minutos nos abandonaría el 2018.

Nos embargó un sentimiento de esperanza. Deseamos una mejor vida, sin enfermedades ni tristezas…

…y dinero en abundancia.

El subconsciente colectivo de la buena hermandad.

Huyeron Lola y Elías, el vecino de ascendencia uruguaya. Un verdadero hijo de puta.

La nieve estaba imparable. Le daba a Montreal su toque post-navideño.

Los ventanales emitían una luz intermitente por los televisores encendidos.

Los olvidados de Dios amenazaban con perder la esperanza. Ellos, como los swingers, difícilmente lograrían acogerse al presente.

Me abruman tantos recuerdos.

No es la primera vez que busco al abuelo en el parque Jarry.

La Gervaise de su vida o Hilda Valdés, la chica  de Matanzas, le pudrió el alma. Palía su enfermedad con cerveza y silencio.

Los recuerdos de sangre han corroído sus entrañas de aventurero intemporal.

Maldita fiesta de año nuevo, en menos de una semana el abuelo se convirtió en un referente familiar sin sentido.

Los pinos despellejados terminaron en bolsas negras, después de representar un propósito consumista.

Todo es distinto en estos momentos.

El verano está por arribar.

Anoche perdimos la vergüenza. Hilda se siente liberada, empoderada.

—Es Montreal —me lo recuerda—, olvídate de Caracas…

Tradición de la mala: perder la cordura, el pudor…

Mi abuelo yace sobre la banca con los pantalones mojados, la barba impregnada de baba y residuos de comida.

Las aguas caribeñas, las de Varadero, tienen el potencial del ácido muriático.

En Cuba lo imaginé solo, dentro de la deriva de un tibio amanecer…

Demasiado solo…

Mientras Hilda, su esposa, seguramente gozaba en la cama de un hotel con el uruguayo, el entrañable amigo de mi esposa.

Si Emilie Zola, el de Les Rougon-Macquart, radicara en Montreal, seguramente abordaría, por simple curiosidad, el verdadero trasfondo de mi desdicha.

HEMEROTECA:tvnotas 28mai2019

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