NI TODO EL AMOR

la dama13

En cada conversación, alentada por la cerveza, Norberto Velarde siempre metía el tema de la vejez.

 No la aceptaba.

Envejecer, decía, era traicionar la vitalidad de sus pensamientos.

Tambien lo repetía tras eyacular y avergonzarse por no satisfacerme. Yo era una mujer joven y caliente.

Nuestra relación sexual había comenzado al dormir en la misma cama.

El encuentro sucedió una noche, mientras mirábamos la película El vikingo que vino del sur, protagonizaba por un comediante con cara de bobo: Lando Buzzanca.

Velarde poseía varios de sus filmes en VHS.

Tuve deseos de masturbare en una de las escenas candentes. En el instante que Buzzanca, enfurecido, intimidaba con Pamela Tiffin, después de enterarse que su esposa tenía un pasado de pornostar.

Velarde lo intuyó.

Me atrajo a su costado y empezó a acariciarme los senos y el vientre. No opuse resistencia. Por el contrario, le agarré la verga y cuando la sentí dura, lo monté. Durante varios minutos, ya ensartada, cabalgué sin lograr venirme, porque él se me adelantó.

—Déjame ayudarte, por favor —suplicó Velarde al verme aun excitada.

Y arrodillándose entre mis piernas, empezó a lamerme el coño hasta provocarme un escandaloso orgasmo.

Desde ese momento, nuestra convivencia laboral se trastocó. Nos vimos obligados a mudarnos a otra casa.

Le pedí que no me llevara a la oficina del SNTE, donde cobraba quincenalmente como recepcionista. Preferí buscar trabajo en algún restaurante o comercio y evitar habladurías que afectaran su reputación de luchador social.

—Estás loca, muchacha —protestó—, yo puedo mantenerte. Prefiero que te metas a estudiar una carrera corta o que aprendas inglés, que de algo puede servirte en el futuro…

Me negué.

No deseaba depender de su trabajo. Por el contrario, quería independizarme y obtener mi propio dinero.

Si aceptaba su propuesta, terminaría atada a sus caprichos.

De tutor, consejero y amigo, pasaría a ser mi amante, marido o verdugo.

En San José de la Parrilla, la esposa del propietario de la taquería La Gladis, siempre sentenciaba:

A los hombres, ni todo el amor, ni todo el dinero. Es mejor tenerlos de lejitos y utilizarlos cuando las verijas anden en su punto.

Y además, yo era una mujer que, en un par de meses, cumpliría veintitrés años.

No deseaba envejecer en La Barca, al lado de un anciano idealista, condenado a morir reumático y en total soledad.

Mis aspiraciones y sueños eran otros. Buscaría la manera de aprovechar mis atributos físicos para ganar dinero rápido, sin complicaciones.

Los hombres maduros —y no tan maduros— babeaban al verme caminar contoneándome para resaltar mi trasero, metido en unos ajustados jeans o minifaldas.

La oportunidad llegó cuando me presenté en una mueblería de la calle Melchor Ocampo.

Un viejo gachupín, que hablaba siseando las palabras, no esperó a que le demandara trabajo.

—Mira lindura —dijo con su mirada de fuego, de lujuriento, y sin importarle que uno de sus empleados lo escuchara—, si queréis ganarte unos pesos, buscadme en las tardes, despuesito de las cinco, y no necesitas quebrarte el lomo. Eres una reina y a las reinas les damos todo, madre mia

—Le tomaré la palabra, ya verá —accedí con descarada coquetería y me alejé del negocio,  acunando las nalgas.

La misma propuesta la escuché en una tienda de ropa, propiedad de un libanés cuarentón. No de malos bigotes. Incluso, me regaló una blusa color turquesa de fina seda, casi transparente.

Su negocio se encontraba en la calle Benito Juárez, cerca de la bodega de la cervecería Corona.

Deonato se llamaba. Era muy peludo y varonil.

En menos de un mes junté tres mil pesos y renové mi vestimenta.

Por respeto y estima, le revelé a Velarde como obtenía el dinero. También le dije que tenía interés de trabajar en una casa de citas en la La Piedad.

De esa manera evitaría ser acosada por el ayuntamiento de  La Barca, presidido por un alcalde conservador, o por  los inspectores de la Secretaria de Salubridad.

El libanés me recomendó con una madrota hondureña y pronosticó que tendría bastante demanda de mis servicios sexuales. Yo perdía el pudor en los momentos de intimidar.

Y era verdad: coger me era placentero.

En alguna ocasión temí ser ninfómana al enterarme del significado de la palabra.

El decano profesor y protector, me tranquilizó.

—Usted sólo es caliente y no padece ninguna enfermedad. Además, usted sabe lo que quiere, muchacha. Yo no soy quien para cortarle sus sueños.

Sus palabras evidenciaron congoja.

Lo entendía.

Velarde era un hombre sensible. No le era fácil separarse de una mujer joven y además vital y de cuerpo exuberante.

En dos años de convivencia diaria llegamos a tenernos estima.

Y, en su caso, amor y pasión.

—Yo no te estoy diciendo que quiero separarme de ti —aclaré y me recosté en su delgado pectoral. Mi desnudez era total, como a él le gustaba que yo durmiera—. Eres alguien muy especial en mi vida, Norberto. Y gracias a tu paciencia. He aprendido muchas cosas, a valorarme como una mujer independiente. ¿O quieres que me vaya de tu lado?

—No muchacha, usted ha mejorado mis días y el que debe estar agradecido soy yo. De ahí que siempre esté repelando por ser ya un anciano y no poder ofrecerte mejores comodidades y un cuerpo que te satisfacción o impida que busques a otras personas de tu edad para tener sexo… Soy un fracaso en la cama…

—Tonto —dije para tranquilizarlo—, eres un hombre generoso, muy humano y que no se cansa de ayudar a la gente, principalmente a tus compañeros de gremio. Y lo sexual es secundario cuando estoy contigo, porque hay muchas maneras de satisfacerme y tú las conoces… Por favor, deja de lamentarlo. Fue una bendición haberte conocido hace dos años en el autobús que abordé en Nombre de Dios.

HEMEROTECA: El segundo sexo – Simone de Beauvoir

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