MI PRIMERA CANA

chacal portada8 DE MAYO/II

Yo, Moisés Valdez, durante el trayecto por el boulevard  Pie IX reconstruí imágenes recuperadas en los  sueños (o trampas del subconsciente).

Tiempos idos, viejas evocaciones.

Anoté en mi libreta y sobre la mesa de un bar:

Hoy decidí abrir la portezuela.

Y despedirte.

Y mirarte de frente antes de volver a cerrarla.

Estoy seguro que no eres la misma. En doce años pasaron muchas cosas en la geografía de tu cuerpo.

Tanta dulzura al recorrerlo en su verano perenne. Cuando el zigzagueo de tu sangre volcánica, aprensiva, me provocaba tumultos y terremotos, hasta el exangüe.

Hoy es distinto. El polvo de la divinidad te ha contaminado y buscas redimirte, ante el insólito final que nos espera.

Te avergüenza excitarte, ser tú.

El mundo gira de manera imperfecta. Ahora cada continente ofrece un premio por casilla adivinada.

Debemos esperar las veinticuatro horas de rigor para conocer el número, el color designado: luz o ceguera, oro o petróleo, ying o yang, día y noche…

Todo depende del crupier que corresponda.

Hasta en esta apuesta hay trampas. Tú las desconoces. Confías ciegamente en su honorabilidad, durante los próximos mil años de gloria.

Mientras escribo, ahora en la cocina, miro hacia el traspatio. No dejo de recordar la hamaca yucateca que una vez colgó entre los dos arces de nuestro primer departamento.

Tú estabas ahí, dormitando, con la novela histórica sobre tus pechos desnudos.

Cómo olvidar tu enorme cicatriz en el vientre, en sonrisa perene.

Nunca pude leer tus pensamientos.

Hablabas de noche.

—Quienes lo hacen —te dije—, están condenados a perder la memoria y sus fantasías. —Y luego preguntaba—: ¿En qué piensas?

—En nada —respondías y continuabas con la mirada ajena, escrutando cada página del libro abierto que sostenías entre las manos.

—Spota es un buen narrador…

—¿Quién es Spota?

Preferí callar.

Precisamente leías —o eso creí— una de las novelas de Luis Spota: La Pequeña Edad.

Y aguardé tu siguiente maniobra: entrecerrar tus ojos de nubia para acercarme y depositar la novela en la mesa de mimbre, donde permanecía la botella inconclusa de ron y un vaso medio lleno.

Habías amarillado dos párrafos de la página con un marcador.

“Entre las sombras que le brindaban impunidad bajo el corredor, la pareja continuaba su juego —un juego sin duda muy agradable, pues a los roncos requiebros del hombre respondía su compañera con risas fuertes, bruscas a veces como cacareos, y luego con murmullos o pequeños grititos si el racimo de dedos de una mano atrevida buscaba sus pechos, o, alzándole la enagua, el centro de sus muslos.

“—Estese quieto… Oh, ande… Ay, no… No… ¡Suélteme…! No sea grosero —instaba la voz de la mujer, pero sin enfado; más bien para incitar al galán; y éste, sordo a la exigencia, terco en que su mano llegara a donde él quería, enardecido al contacto de la firmeza juvenil de aquella carne por nadie rozada antes, reiteraba su acoso de caricias, —’ora déjese… No sea rejega. Espérese, hombre. Ándele… —decía él, avanzando, avanzando.”

Tenía presente ese detalle.

Desde entonces fuiste una mujer de carne y fuego.

Ahora era distinto.

Algo dejó de funcionar. Los silencios tornabanse salvadores, nos acercaban a la literatura o al ocio.

El cigarrillo nos ató con sus cadenas de humo y nuestros dedos se amarillaron.

El ron y la cerveza nunca escasearon.

En la licorería de la rue Diderot siempre nos tenían al tanto de las ofertas y descuentos.

—La Bière de garde está a siete dólares la caja de seis botellas —repetía la bella We Cheu al escuchar el tintineo de la puerta al abrirse…

—No, no, prefiero la Kolsch, aunque pague dos dólares más…

Le apostaba más al molto alemán que al francés o belga.

 Zoraida era diferente. Ella optaba por el ron dominicano y de paso, aceptaba cualquier marca de cerveza que le impusieran.

Zoraida no la consumiría.

En la rue Denis, por Diderot —el enciclopedista y filósofo— transitaba un enjambre de vagabundos y viciosos. Resistían, como grandes guerreros del hambre, las cabronas heladas de febrero.

Cómo podría entender aquello sin descifrar los códigos propios de la belleza.

En esta ciudad tendría que afianzar el gusto por el territorio.

“Un bello artificial que, en lo que se refiere a las costumbres consiste en adaptarse a los usos de su nación, al genio de sus conciudadanos y a sus leyes…”

Diderot, en su estudio filosófico sobre lo bello, no exigía mucho.

La lengua, por lo tanto, era fundamental para no ser distinto al otro y tomar para sí, cada trozo de ciudad sin desdeñar nuestro pasado.

Zoraida y yo no quisimos adoptar esa verdad irrefutable. Terminamos condenados al silencio imperecedero.

De dos, pasamos a uno y de uno a cero.

Los pensamientos, descifrados en el castellano heredado, quedaron enjaulados en una prisión de huesos y nervios incoloros, alimentados por nuestra propia sangre.

Después todo se diluyó.

La novela de Spota se fue deshojando en el otoño, junto a los deshechos amarillentos del arce.

El casero tuvo que contratar a un mexicano sin papeles migratorios para que vaciara las cajas copeteadas de botellas vacías y cajetillas retorcidas de cigarrillos. Se fue lo último que quedaba de Zoraida.

Diderot dejó de interesarme. Meditabundo troté hacia la parte sur de la ciudad, hasta asentarme en el boulevard que mordisqueaba las aguas plomizas de la Riviera.

Mi entorno natural era distinto.

Y ahora, sin dejar de mirar hacia la puerta, temo que en cualquier momento entre ella.

No hay duda. Es posible que me reclame por no tener hielo en la nevera.

En ocho días tendremos que ir al cementerio para llevarle flores a Pascal, su padre.

Han transcurrido cuatro años, desde que Zoraida se regresó al Perú. En verdad sigo sin entender por qué el mapamundi de su cuerpo tibio y bronco, ha cesado de girar y sus labios ya no destilan fragancia…

Estoy seguro que regresará…

El trozo de página amarillada, aún permite rescatar algunas líneas comprensibles de Spota:

“… esa poética incógnita de ser sin ser, siendo, gracias a la cual comenzaba ahora a descubrir la existencia de un universo que constituye el último reducto privado de que dispone la persona humana, y al que no tienen acceso los intrusos…”

Me dejé llevar por el murmullo de los maremotos internos hasta que el sueño hizo sus estropicios: me sepultó en vida.

 Y en ese instante tuve un reencuentro con Tina, tan lúcida y perversa…

No dejé de tocar nuestro acordeón…

Le gustaban los vallenatos de Diomedes Díaz…

HEMEROTECA:El ser y la nada – JeanPaul Sartre

VIDEOTECA:

 

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