AUSENCIA

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Las ausencias son evidentes. Emergen en nuestro subconsciente. Calan los sentimientos afectivos.

Dejan huella.

Todos tenemos un origen y un presente: la familia, el entorno geográfico y social, la acumulación de experiencias individuales, las enfermedades y nuestra rutina gástrica y fisiológica.

De paso, nos alimentamos de ideas ajenas e información diaria.

El vivir diario en una cultura ajena es otro comburente que nos inyecta miedo y preocupación.

No es fácil comunicarnos si desconocemos el idioma del país receptor.

En esta ocasión, durante el sueño, me desplacé en un páramo muy semejante al de mi nacencia e infancia.

Mi padre es quien asume un papel protagónico. No mi madre y tres hermanos pequeños.

Los dos Franciscos Arriaga —él y yo— debemos sobrevivir en medio de una guerra civil. Los obuses de racimo revientan los paredones de piedra, adobe y tabique y las techumbres de cemento, láminas de zinc y cartón petrolizado.

 Mi madre y hermanos quedaron bajo la protección del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

En lo referente a nosotros, decidimos atrincherarnos en una de las cavernas del casco de hacienda La Flor de Lis, semidestruída durante la Segunda Revuelta de los Jornaleros.

—¡Eviten acercarse a los centros oficiales de acopio de alimentos y agua!

Por radio, cada hora, escuchamos la misma advertencia.

Estados Unidos, Rusia, India y China no firmaron el Tratado de Ottawa, el 3 de diciembre de 1997. Por lo mismo, proliferan las minas antipersonales a lo largo y ancho del municipio.

Sin embargo, no es fácil acatar el llamado.

Todos necesitamos combatir el hambre y la sed.

Por el momento, mi padre ha logrado sortear algunos caminos minados. El rodeo es mayor, pero seguro.

En la loma del Terrero, cerca de San Ildefonso, existen dos pozos artesianos. El agua es abundante.

Las vituallas tampoco escasean. En este caso, yo fui el responsable de resolver esta necesidad.

Durante nueve meses corté, salé y sequé una tonelada de carne de res. Únicamente mi padre y yo conocemos los doce puntos de almacenamiento. Lo mismo hice con cinco toneladas de maíz. Las convertí en pinole azucarado.

Es posible que mi padre le haya revelado el secreto a mi madre.

Los Arriaga Sánchez jamás pecamos de indiscretos.

Por trabajar en la Secretaria de Gobernación, mi padre estuvo al tanto de la conflagración armada que se avecinaba.

Por desgracia, la guerra civil nos ha convertido en unos sucios escarabajos.

Nuestros mayores aliados, en caso de peligro, son los gatos, chicharras y hormigas rojas. Durante las cinco noches de luna llena permanecemos en el refugio. En las noches siguientes podemos desplazarnos a los puntos de abastecimiento de agua y alimentos.

Las explosiones de metralla iluminan el páramo en los cuatro puntos cardinales: de norte a sur, de Tres Bocas a San Vicente, y de este a oeste, de Pilcaya a Terreros.

En el primer minuto de iniciarse la guerra, los seis mil habitantes de la cabecera municipal optamos por huir de nuestros hogares.

No fue conveniente hacerlo en masa.

En la última asamblea general, convocada por la mayordomía, aprobamos los diez puntos de resistencia:

—Huir y combatir sin grupo familiar, únicamente en pareja.

—Los niños y mujeres deberán acudir a los campamentos de inmunidad, previstos por las partes en conflicto, y bajo la administración del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

—Defender la soberanía e independencia del país.

—En nuestra defensa, utilizar armas convencionales y no convencionales.

—En caso necesario, auxiliar al vecino, aliado o connacional de cruzarse circunstancialmente en nuestro camino.

—Primero morir que traicionar.

—Impedir que nuestros aliados o adversarios sufran por heridas mortales. Es nuestra obligación ayudarlos al buen morir.

—Nunca revelar los puntos de almacenamiento de armas, agua y alimentos.

—Desactivar minas o poner advertencias, en caso de ser ubicadas.

—Elaborar un reporte diario de las actividades realizadas. El propósito es dejar una memoria escrita durante la conflagración armada.

Por sugerencia de los mayordomos —mi padre pertenecía a ese rango—, los pobladores fueron separados en dos grandes facciones: milicianos y cocineros.

Decidí ser miliciano y mi padre, cocinero.

En realidad, los dos nos ayudábamos mutuamente. Mi padre conocía mejor el terreno y el manejo de la Ak-47 y la escuadra .45. Solo nos alimentábamos de carne seca, pinole y agua. El fuego dejó de tener una utilidad práctica.

Durante las noches frías usábamos un calentón de carbón, construido por mi padre con un tambo laminado de doscientos litros.

El despertador del teléfono celular resonó, imitando el canto desaforado de un gallo.

Desgraciadamente, al retornar a mi recámara —visible por los reflejos del alba—, no alcancé a escuchar en su totalidad lo dicho por mi padre.

—Pancho —dijo en el instante que insertaba una batería triple A en la radio portátil—, es posible que mañana, no lle…

La huella de mi padre, físicamente ausente desde julio de 2004, sigue latente…

Y repetí en voz imperceptible:

Las ausencias son evidentes. Emergen en nuestro subconsciente. Calan los sentimientos afectivos.

HEMEROTECA: Alandete David – Fake News – La Nueva Arma De Destruccion Masiva

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