LA ALMEJA

amapolaUno crece en la serranía como los chircales silvestres, sin darse cuenta. Hombres y mujeres van hacia arriba, anchándoseles el cuerpo.

Por dentro algo empieza a bullir y bullir hasta azuzarles la sesera y los sentimientos.

En el caso de Amapola Katz, el salto de niña a mujer fue cosa de segundos.

Apenas se dio cuenta.

Por desgracia, tuvo que enfrentarse a esa verdad en Chopeque, bajo el duro rigor del acoso sexual, la inquina de la naturaleza y el instinto de la sobrevivencia.

De esta manera quise iniciar el capítulo, pero me vi precisado en detenerme. Empezaste a sollozar, metida en la almohada, y preferí dejar la libreta en el buró y quedar en penumbras. Aun así, no dejé de imaginar algunos de los pasajes rememorados por ti. Los repetí mentalmente:

Despliega tu palabra al infinito. Haz del eco la cuna de mis ardores. Olvida algunos tramos del destierro interior.

Debes reconstruir lo que desees ser y tal vez fuiste, pero lo has olvidado.

Cava hondo, muy hondo, hasta reencontrarte con esa parte de angustia.

En el momento donde el retrasado mental intentó tocarte las piernas mientras se masturbaba.

Olvida las consecuencias posteriores. Tú fuiste ajena.

Tranquilino, el de la cabecera municipal de Cusihuiriachi, tampoco estuvo consciente de sus actos. En Chopeque le daban entrada, mientras no molestara a la muchachada. Toda su comezón tendría que permanecer en su cuerpo maltrecho por la torcedura de las piernas durante el parto.

Cada quien en lo suyo.

Libera tus pesares de vieja dormilona. Metete hasta el traspatio de la cabaña levantada en la roca, bajo el barro rojizo.

De pie, cuece el trigo en las parrillas de acero inoxidable antes de amasar los panes y meterlos en las hornillas de tabique y argamasa.

Lo de Tranquilino no pasó a mayores.

Tu instinto de lepa te permitió escabullirte por el granero y treparte a los ramales del pino por donde descendiste. Ya en la floresta lograste correr y correr hasta la cocina.

Por el momento, Mariana no pudo darse cuenta de lo ocurrido. Lograste apagar los latidos del corazón desbocado bajo la blusa de licra negra que tanto te gustaba lucir y alimentar tu vanidad.  Un trozo de tela que te ayudaba a vislumbrar los dos pequeñuelos cerezos de mocosa.

—¿Y’ora, qué mosca le picó? ¿Por qué resuella como cabra apaleada?

—Una que corre, ma y hace sus gustos…

Y ahí quedó todo.

La tuviste que ayudar en los quehaceres exigidos.

En un par de horas tu padre, Abraham Katz, y tus carnales se harían presentes. Después de asearse en el riachuelo, juntos cenarían  en silencio y escucharían la radio antes de practicar algunas tocadas —corridos y boleros rancheros—, con los dos violines, un acordeón y tres guitarras.

Las lecturas bíblicas llegarían al final, antes de irse a la cama.

Abraham Katz amaba la música y el orden. Solo así, insistía, la gente de los alrededores admiraba y respetaba su liderazgo y a su familia.

Lo de Tranquilino Arredondo era una deuda inconclusa.

Lo habías cebado.

Le permitiste fisgonear tu cuerpo desnudo, larguirucho y en buena forma. Te alegraba alentar su prurito de macho: verlo meterse la manaza a la bragueta y pajuelearse con violencia, hasta poner los ojos en blanco y descargar un líquido lechoso por la punta de su mandoble de carne amoratada.

Tú confiabas en el instinto.

Nunca le permitías acercase. Le hacías creer que eras ajena a su presencia, en el momento que alimentabas a las aves y recogías los huevos.

Después vendría aquella deliciosa comezón en tu vagina al rosar sus labios sonrosados —como pétalos de adormidera—, con las yemas de  los dedos.

Tendrías entonces doce o trece años.

Y fue precisamente en el granero, donde tu padre acumulaba la paja y los costales de maíz y trigo, donde lograste liberar tu primera descarga orgásmica.

Quedaste maravillada.

La pinga del maltrecho jornalero tuvo preeminencia, en los instantes que te toqueteabas los labios vaginales, la almeja de resonancias indescriptibles y milagrosas.

El rostro de bobo de Tranquilino, babeante y de dientes ennegrecidos por la pudrición, logró diluirse, hasta quedar en tu subconsciente.

Hasta le fecha, difícilmente logras olvidar su calluda mano de jornalero ahorcando su órgano sexual, enorme y cabezona.

La desaparición de Tranquilino no alteró la rutina de Cusihuiriachi y sus alrededores, menos a los ejidatarios de Chopeque que desconfiaban de su afición de masturbarse.

Ni siquiera su propia madre lo buscó.

El loco había violado a su hermana cuando aún era niña. El secreto quedó entre los muros de la covacha.

Rosario creció un poco más y a los catorce años la casaron con Leocadio Rivas, el viejo comerciante del pueblo que había enviudado.

Mariana algo pudo percibir de aquel desgarriate familiar.

Desde la ventana de la cocina descubrió al demente jornalero, contratado por Abraham. Salía del granero, después de que tú, Amapola Katz, entraras agitada a la cocina.

—0—

—El loco de Tranquilino creo que algo quiso hacerle a la lepa —escuchaste que dijo tu madre, después de apagar el candelabro de la recámara y quedar a oscuras.

—¿Usted le wachó o le supone? —preguntó con su mal castellano Abraham Katz.

—Estoy segura…

—0—

Tú siempre supusiste que el espíritu chaquetero de Tranquilino Arredondo ronda por esos lares serranos, sin asadero y perdones.

Me llegaste a contar que lo soñabas.

Y aun así, dominada por tu salvaje instinto sexual, continuaste buscando el placer en soliloquio y con la ayuda de una piedrita pulida, algo alargada, que encontraste en el arroyuelo, donde lavabas los trastos y la ropa.

No desfallezco e insisto que despliegues tu palabra al infinito y conviertas al eco bajo la cuna de mis ardores.

Es tan importante poseerte en plena fiebre y alucinando aquellos pasajes silvestres, de libertad absoluta, donde las yeguas eran poseídas por los potros alquilados en Ciudad Cuauhtémoc y El Álamo de Ojos Azules, donde años después de la ausencia física de Tranquilino, en las fiestas patronales de Cerro Prieto de Arriba, conocerías a Gelasio Moreno, el hombre que te desvirgaría.

Tenemos tanto que decirnos para continuar la historia, pero debo aguardar a que termines de gemir oculta bajo la almohada…

HEMEROTECA: Velez Cuervo Andres – Republica Noir – Cine Criminal Colombiano (2000-2012)

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