EL CRUJIDO/Fortunato (Cap.1)

florentine_FotorLa magnitud de un “progreso” se mide incluso atendiendo a la masa de todo lo que se le haya tenido que sacrificar; sacrificar la humanidad como masa al óptimo desarrollo de una sola especie de hombre más fuerte: esto sí que sería un progreso…

Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral

I

Todo empezó con un crujido en el closet. Leía el periódico en el escritorio. De inmediato me preocupé.

 —Ratones —dije en voz alta.

Peligraban los libros y mis documentos personales. Tendría que buscar a la casera y por segunda vez quejarme de la presencia de roedores o cucarachas.

El bachelor lo había rentado el primero de enero, bajo el crudo invierno. Sin embargo, durante el arribo del verano se materializaban innumerables males respiratorios e insectos y roedores nocivos, según advertían los especialistas.

—No se preocupe —dijo madame Dumont con su cascada voz de anciana—. Hoy no le prometo, pero mañana irá mi esposo para checar y si encuentra huellas de rata, de inmediato le pondremos solución al problema…

—¿Quiere que vacíe el closet para que la supervisión sea más efectiva?

—No, no es necesario. Los roedores dejan marcas muy evidentes, como excremento o pelo… ¿Usted no guarda alimentos ahí?

—No, no, cómo cree. Solo papeles y ropa…

El departamento estaba ubicado en un viejo barrio de Montreal. El Notre—Dame—de—Grâce, donde residían familias árabes e hispanas.

Las rentas eran baratas. En mi caso, tenía acceso a comestibles latinoamericanos y caribeños: salsas picantes embotelladas, tortillas, quinua, frijol negro, especies y antibióticos sin receta médica.

Durante el prolongado invierno —de noviembre a marzo—, la ciudad quedaba sumergida en una plasta de nieve. Por hambre. Llegaban a introducirse en algunas viviendas ratas, zorrillos, mapaches y ardillas. En torno al problema, el gobierno municipal auxiliaba con trampas y venenos. Los residentes menos pacientes a la burocracia, optaban por contratar los servicios de empresas antiplagas.

Monsieur Dumont se presentó puntual a la cita. Llegó armado con una mochila de explorador y un casco nazi. Lámpara sorda en mano se dio a la tarea de escudriñar cada rincón del departamento. Una hora después llegó a una conclusión:

—Ningún vestigio de ratas o cucarachas, señor Velasco. Tal vez por los cambios de temperatura, alguna botella plástica o el tubo donde cuelgan los ganchos con ropa se dilataron y produjeron esos ruidos. Todo es posible…

—Pero el ruido fue como algo que se desplazaba de un lugar a otro dentro del closet y también vi cómo se sacudía una de las cajas donde guardo mis documentos personales…

—Usted vio que abri cada cajón o gaveta y nada —dijo monsieur Dumont con su cara cárdena e hinchada y sus ojillos azules y rapaces—. Dejemos que pasen dos o tres días y si nota algo irregular, de inmediato regreso y solucionamos el problema. Por lo pronto, ayúdenos buscando algún rastro de estos roedores. De las cucarachas o chinches no se preocupe, porque una semana antes que usted rentara, fumigamos todo el edificio… Y usted es un inquilino limpio y ordenado… Lo que se ve no se juzga.

Media hora después de retirarse monsieur Dumont, sin el casco nazi metido en su enorme testa pelirroja, observé claramente que algo del tamaño de una ardilla, salía del closet y desaparecía bajo la cama.

Por la rapidez como sucedieron los hechos, fue imposible distinguirlo. Así que, saqué del buró mi lámpara sorda y de rodillas intenté encontrar al posible roedor de cuatro patas.

Nada, ningún rastro.

Incluso, moví la cama, levanté el colchón y removí sábanas, almohadas y edredón y comprobé que todo seguía en su sitio, sin la presencia de roedores o insectos.

Esa noche casi no dormí. La duda me martirizaba.

Al siguiente día, en la escuela de francesación, le comenté del incidente a Elvira Trujillo.

—Están pasando cosas raras en mi departamento desde hace dos días… Y me estoy empanicando.

Las clases iniciarían en breve. Los dos acordamos beber una taza de café en el comedor del centro comunitario.

La mayoría de las mesas estaban ocupadas.

Elvira, viuda y antillana, fue quien sirvió las tazas. Yo le pagué a la cajera, una china de corta estatura y mirada triste.

—Puede tratarse de espíritus errabundos, de personas que murieron en ese lugar —reflexionó Elvira, afín a la santería—. Solo tienes que orar antes de dormir. Tambien enciende una veladora roja y una varita de incienso de vainilla. Tú eres católico, me imagino.

—Sí, pero no soy un militante que acuda todos los domingos a misa o que rece el rosario antes de dormir…

—Bueno… Ve al Dollarama*, compra las veladoras y el incienso y estoy seguro que recuerdas alguna oración católica. Repítela, mientras enciendes las veladoras y el incienso…

El aullido del timbre ahogó mi respuesta.

Las clases empezarían en tres minutos. Todos los alumnos, en su mayoría hispanos, chinos y árabes, abandonamos el comedor.

En Quebec era obligatorio hablar francés. Por tal razón, el gobierno provincial daba los cursos sin costo para el inmigrante de recién arribo.

Elvira era una mulata de carnes firmes y sinuosas, facciones toscas y cabellera rizada, larga y muy negra. Provenía de Belladere, Haití, de la parte oriente, cercana a la República Dominicana. Paciente, aguardaba el resultado de su demanda de refugio político.

—Voy a hacer lo que me sugieres —dije antes de meterme al aula y ella, proseguir su marcha por el largo pasillo.

—Si sientes que el problema continúa, me lo informas y yo iré a luchar contra ese espíritu insepulto… No te preocupes…

Elvira hablaba francés, pero no sabía leerlo y escribirlo. Por lo mismo, tuvo que inscribirse en un programa de alfabetización.

Yo era escéptico a esas cuestiones espiritistas o animistas que tuvieran relación a Changó, Oyá o Babalu Aye.

Sin embargo, de regreso al departamento, los ruidos y sacudimientos no cesaron.

En esta ocasión, mientras preparaba un espagueti, la puerta del closet empezó a cimbrarse. El pomo de la cerradura giró repetidamente de izquierda a derecha.

Quedé paralizado. No me importó que el agua de la cacerola se consumiera y dañara la consistencia de la pasta. Tampoco me quejé de las salpicaduras en la espalda.

Yo estaba seguro que, en cualquier momento, la puerta cedería y me enfrentaría a un ente desconocido y letal.

Mi vida corría peligro.

Y como fue…

Hubo un estruendo, similar al estallido de un relámpago. Instintivamente cerré los ojos y apreté los labios.

Y entonces escuché una prolongada carcajada, de poseso…

*Cadena de tiendas con diversos productos a precios muy bajos. Es de capital canadiense.

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