EMPEZAR DE CERO… (Cap.2)

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La primera travesura de Fortunato ocurrió en la sucursal del banco Laurentienne. Me pidió que lo aguardara en el restaurante griego. Antes de partir, solicitó un tarro de cerveza oscura, irlandesa y de preferencia Guinness.

Su plan era “expropiar un poco de divisa extranjera, producto del trabajo proletario, pero sin cruzar la línea de la codicia”.

Lo subrayó tras consumir su bebida, erguirse y cruzar la puerta principal del Hetero (añoso restaurante de veinte mesas y tres grandes ventanales, enclavado en la rue Lavoie.): refugio permanente de los griegos patriotas, borrachos y veteranos de guerra.

La cajera pechugona del Laurentienne, al reconocer a Fortunato, mostró de inmediato sus anchos dientes de morsa y suspiró en descarada coquetería.

—Necesito mil dólares y luego en mi oficina te firmo el recibo —ordenó Fortunato.

—¿En billetes pequeños o de cincuenta y cien, monsieur Boissieu?

—De diez y veinte…

Los clientes no se inmutaron. Del área de espera, Fortunato agarró un sillón y lo colocó bajo la ventanilla. Su baja estatura lo demandaba.

Me enteré del hecho a detalle por Le Journal de Montreal.

La policía estaba confundida al  ser descrito el asaltante. La cajera declaró que le entregó el dinero al gerente de la sucursal bancaria, monsieur Edmond Boissieu. Las cámaras de seguridad la desmentían.

La policía fue cuidadosa al redactar el comunicado oficial. Era fundamental identificar o ahondar sobre algunos aspectos del comportamiento del responsable de tan singular robo.

Fortunato retornó al restaurante media hora después. De pie, de un largo trago, vació el tarro de cerveza. Tras recuperar el resuello, soltó un ruidoso eructo. Después, con los ojos llorosos apresuró el paso en dirección al sanitario.

—Es simpático su amigo —dijo la vecina de la mesa contigua, pítima y deseosa de llamar la atención—. ¿Ustedes son de Quebec?

—No, de Tasmania…

La rubia y arrugada mujer cerró el pico. Entendió la indirecta. No volvió a hurgar en los asuntos, ajenos al suyo, principalmente los nuestros.

Fortunato, menos intranquilo, volvió a meter las nalgas en la silla y ordenó una nueva ronda de cerveza irlandesa.

—Quiero darte tres recomendaciones, Humberto —dijo y su semblante asumió el rostro de un general en servicio—. Tienes que borrar de Facebook todos tus enlaces con mujeres solitarias y ociosas y empezar de cero… porque de seguir en esa dinámica virtual vas a enfermar y enfermarlas. Las mentiras se viralizan y destruyen la poca verdad del auténtico amor y respeto que debemos cuidar. Ya eres un viejo y no puedes comportarte como un chamaco chaquetero y heredarles mentiras a tus nietos…

—Déjame decirte…

—No me interrumpas, guey… Esto que te digo es por lo que estoy aquí. Ya no hay tiempo de terapiarte. Lo del árbol que nace torcido es cierto… Y recuerda que mi misión es de una semana y queremos que disfrutes los pocos años que te quedan de vida… ¿Lo has entendido, Humberto?

—No, pero si me lo explicas…

—Mejor chinguémonos otro par de jarras de cerveza y vayamos a la Place des Arts para ver la exposición de Dalí y René Magritte y también quiero comprarme un traje usado en L’Armée du Salut…Las otras dos recomendaciones luego te las digo… —y mirando hacia la mesa donde estaba la anciana rubia y ebria, agregó—: hay que evitar esos finales…

Fortunato era muy parecido físicamente a mí. Tal vez, por ese hecho inexplicable, fácilmente pude asimilar su compañía sin los resquemores del horror.

Ya no me importó indagar sobre el cómo hizo acto de presencia en mi departamento. Simplemente sobrepuse  mis temores tras escuchar su macabra carcajada. Le estreché la mano y le externé unas palabras afables de bienvenida.

—Estaré un corto tiempo en Montreal y quiero pasarla chévere, mi buen Humberto…

El mismo día, terminamos en una mesa del restaurante griego.

Adelphos Kakiouzis se acercó a nuestra mesa arrastrando sus pies de paquidermo. Cargaba en sus manos una charola con lonchas de queso frito, dos órdenes de empanizado de cabra y un tazón con salsa de berenjenas.

—Agatone, es una bendición que estés en mi humilde negocio —dijo en griego.

—Sí, le pedí a Callidora que te enviara mis saludos y las bendiciones de un revolucionario antifascista —respondió Fortunato en la misma lengua.

Callidora era la esposa de Kakiouzis. En pocas ocasiones abandonaba la caja registradora del restaurante.

—Debes saber que aquí siempre serás bienvenido y por favor, no cometas el agravio de intentar pagar estas modestas bebidas y entremeses…

Fortunato recordó algunos asuntos de familia y su último encuentro, en Atenas, con una de las tres hermanas de Kakiouzis —Dorinda—, enferma de diabetes.

Sin embargo, aclaró que ella superaría la enfermedad, como le ocurrió a la madre del griego. El hecho ocurrió el mismo día de la firma de rendición de los nazis durante la segunda guerra mundial.  El 8 de mayo de 1945.

—Tienes que comer menos carne roja para curar tu problema arterial, Adelphos  —sugirió Fortunato—. Y tambien ayúdate para continuar apoyando la causa antifascista… La ultraderecha amenaza al mundo, debemos evitarlo…

—Ay Agatone, la batalla de Creta ha concluido, quedó atrás y muy lejos. Ahora somos rehenes de los bancos. Tú sabes,  deudas, deudas y más deudas…

El viejo griego, ojeroso y cano, retornó a la barra sin su penoso andar.

Fortunato justificó su aparente y repentina recuperación:

—El viejo solo necesitaba escuchar lo que le aflige y eso hice. Se desprendió un poco de los bienes acumulados en esta mesa y eso amainó sus dolencias. Nunca acumules bienes en demasía, porque terminas sepultado en una tumba sin dolientes y con los huesos cancerosos…

No quise preguntarle sobre su relación con el restaurantero, oriundo de Polígiros y ex militante comunista.

De antemano, yo intuía que Fortunato era un ente ajeno a cualquier entendimiento lógico y racional, como el origen de nuestra existencia.

Desde nuestro encuentro en mi departamento de soltero, lo absurdo asentó sus reales a plenitud.

Un hecho sorprendente: Madame Dumont avaló su estadía en el bachelor y hasta nos invitó a una cena de bienvenida. El viernes 28 de junio tendría lugar, después de asistir a la basílica de Notre Dame para recordar el día de la coronación de la reina Victoria, ocurrida en 1838.

Por Skype, Madame Dumont y Fortunato hablaron en italiano. Así me enteré de algunos aspectos personales de mi casera. Por ejemplo, que su madre fue italiana y su padre, quebequés.

—No es fácil encontrar en Montreal a un auténtico Castellini, de prosapia, y ser de la misma tierra de mis ancestros maternos, de mi amado Nápoles —dijo, antes de despedirse, una conmovida madame Dumont.

Mi mayor sorpresa sucedió cuando mi casera confirmó que había recibido la notificación de un depósito a mi nombre del banco Laurentienne. Por lo tanto, estaba garantizada la renta de seis meses. Mi generosidad, dijo, la había conmovido.

En el restaurante, Fortunato continuó con su perorata.

—Es tiempo de poner en orden tu vida, querido compa… Sin presión económica debes reencontrarte con la felicidad descrita por Tomas Moro, en algunos  de sus polvosos textos. La isla de Utopía está habitada de mujeres y hombres libres y probos. Desde ese lugar ayudaras al desvalido.

—Sigo en ceros, compañero Fortunato…

Utopía existe —insistió—. Es tu paraíso, Humberto Velasco, y para llegar ahí necesitas construir el camino…

HEMEROTECA: Utopia – Tomas Moro

 

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