LA CERRADURA (Cap.3)

florentine_FotorIII

—El hombre ha perdido el control de la realidad, es un esquizofrénico…

—Podría ser, pero tal vez esté bajo los efectos de alguna droga…

—No lo creo…

Temí salir y enfrentar a los dos hombres de bata blanca. Discutían y manoteaban.

Es posible que aguardaran el arribo de alguna autoridad ministerial para forzar la puerta.

Nada sabía de Fortunato. Lo perdí de vista desde nuestro regreso de la isla Bizard, en el lado oeste de Montreal.

El asalto al banco Laurentienne fue uno de sus mayores errores. Yo era inocente. Ignoraba el por qué la policía tenía mi descripción.

Fortunato lo sabía.

Nuestro último encuentro, en el restaurante de la china Kumico, estuvo cargado de simbolismos.

—Tienes que ser cerrajero…—dijo al retornar del sanitario. En el momento que empapaba de salsa de soya  el arroz con mariscos.

—¿Perdón?

—El abrir cualquier cerradura significa ser libre y allegarte de bienes… ¿Lo sabías?

—No…

—Así funciona el mundo, pendejete: el invento de las cerraduras es para tener a los estúpidos, como tu, enclaustrados…

—No lo creo…

—¿Dime quienes han liberado la mente?

—Pitágoras, Sócrates, Marx, Cristo, Mahoma, Gautama, Gandhi, Einstein, Nietzsche, Freud, los hermanos Lamiere… Dímelo tú, por favor…

—La libertad no tiene adjetivos… Precisamente tu estas aquí disfrutando de esa libertad y eres dueño de la llave de tu cerradura…

—Fortunato, en serio… ¿Qué chingados haces aquí si supuestamente vienes de la isla Utopía?

—Las revoluciones mi amigo, son como Facebook o Twitter: no hay límite terrenal… Espero lo entiendas… ¿Sabes cuantos tipos de cerraduras existen?

—Ni idea… Los mentirosos se ahorcan con la lengua…

—La primera es la ignorancia… Sin embargo, esa se compensa, porque la naturaleza ha creado su propia pedagogía. Si no fuera así, la tierra no existiría, menos pendejos o pendejas como tú…

—Fortunato, Fortunato… Te pido de favor que hagas tu chamba sin renegar de lo que ya conoces…

—Debo decirte algo importante, Humberto… Ojo. Las cerraduras son un invento del hombre y tienen una llave… no solo metálica. Ahora requieren del ADN personal. No lo olvides. Tienes que cuidar tu sangre, porque en ella se encuentra el verdadero secreto del poder.

—Sigo sin entenderlo…

—¿Has oído hablar de las cerraduras magnéticas?

—Por los periódicos, libros y películas… Hasta ahí…

—Humberto, el hombre, después de descubrir la agricultura y una cueva propia, inventó la cerradura para guardar sus bienes… La llave da poder, mientras la poseas… El ADN representa el último eslabón de libertad y nunca serás masa… Los cuadros de mando podrán socializar los modos de producción y consumo de bienes, pero jamás la iniciativa del ser consciente y su individualidad, que significa independencia, libre albedrio…

—La locura es la única divisa de la cordura…

La presencia de Elvira Trujillo interrumpió la conversación.

O creí imaginarlo.

El enfermero con alopecia y piocha, pidió que me convenciera salir para evitar forzar la puerta del baño.

La policía indagó que ella era mi compañera cercana de la escuela de francesación.

—No puedo creer lo que me dice… Humberto es buen hombre… muy inteligente y enemigo de consumir psicotrópicos. Abandonó el alcohol después de tener problemas legales con un vecino… Eso ocurrió hace dos años…

—Se niega salir, porque asegura que le queremos robar su ADN y la sangre… Divaga madeimoselle y está presentando un cuadro agudo de esquizofrenia… Necesita atención psiquiátrica…

El otro enfermero, de cuatro dedos en la mano izquierda, interviene:

—¿Usted conoce a alguna persona que se llame Fortunato?

—No, ¿por qué lo pregunta?

—Insiste en que busquemos a un tal Fortunato. Asegura que fue el responsable de asaltar la sucursal del banco Laurentienne.

—¿Robó un banco?

—Eso cree…

—¿Ya hablaron con su casera o algún vecino?

—Nos dijo que la propietaria del departamento es Madame Dumont y no tarda en presentarse. Ella trae las llaves del departamento…

Me  molestaba escuchar sus argumentos.

Elvira era la menos indicada para dudar de mi cordura. Por precaución no le comenté lo de Fortunato.  El asunto de los extraños ruidos en el closet empezó el lunes.

Hoy es miércoles.

Por acompañar a Fortunato en sus correrías tuve que ausentarme de la escuela.

Y aun tenia presente su discurso en el restaurante chino de la calle Cherrier, frente al rio Des Prairies.

—Y si aludí lo de las cerraduras magnéticas es por un motivo, amigo Velasco —dijo Fortunato después de engullir todo el arroz con camarones, pulpo y ostras y vaciar el vaso de cerveza—. Nuestra energía es única. Cada célula produce su propia energía y es el origen de la vida, el soplo divino. Hay mundos interiores de luz, que nadie imagina… Únicamente nuestra propia energía consciente es la que permite abrir una cerradura magnética e incursionar en el paraíso de la libertad. No importa dónde te encuentres. La verdad os hará libres y no es retórica judeocristiana…

Una voz atropellada con acento mandarín me obligó a interrumpir mis cavilaciones.

¿Qué hacía madame Kumico en mi recámara con Elvira y los dos hombres de bata blanca?

La china se escucha agitada y reclama dinero.

 Un enfermero, intervino.

—Madame Agatone y su marido, monsieur Kakiouzis, presentaron una denuncia a la policía, similar a la de usted, madame Kumico. Lo primero es lo primero: hay que sacarlo del baño antes de que se lastime y llevarlo a un hospital psiquiátrico para atenderlo. Después, la policía hará su trabajo y seguramente buscaran la manera de que les pague su consumo…

Me sorprendía escuchar tales barrabasadas.

Todos mentían, hasta los empleados del banco Laurentienne. El único responsable de todo este desmadre era Fortunato, no yo.

Es una injusticia…

Y ni cómo defenderme…

Pinche enano de mierda

HEMEROTECA: La conciencia en el cerebro – Stanislas Dehaene

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