LA AMIGA

coverRELATO 1

Sucedió en domingo…

—En media hora estoy de vuelta —dijo su marido tras abandonar la cama.

Y François Quint no regresó.

Por la noche, Véronique Verrazano supo que enfrentaría sola las deudas —hipoteca, seguro del automóvil e intereses de la tarjeta de crédito— y educar y alimentar a sus dos hijos.

Un hecho del que no estaba preparada emocionalmente.

—Te espero para que desayunemos y me ayudes a vestir a los niños para llevarlos al parque —dijo y la respuesta fue que regresaría en media hora.

No ocurrió.

Véronique comprobó que François utilizó en su huida la bicicleta. De igual manera confirmó que no tuvo la intención de dejarla desamparada. En la caja musical de madera austriaca, regalo de su abuela, aun resguardaba las dos tarjetas de crédito, los mil doscientos dólares canadienses, los cuatro pasaportes, la memoria USB con videos de sus mejores encuentros sexuales y el álbum fotográfico familiar.

Alexandre y Geordenne no preguntaron por su padre durante el día. Tampoco les extrañó que su madre cancelara la salida al parque. Se refugiaron en su cuarto y la noche los alcanzó frente al televisor, comiendo sándwiches con Nutella y mermelada de fresa.

Su madre no cesó de sollozar toda la tarde y evitaron buscarla.

Era lo mejor para aprovechar al máximo su Play Station y las golosinas.

“La tediosa historia de siempre”, repetía Geordenne cuando su padre se ausentaba, después de discutir con Véronique.

Geordenne y su hermano dormirían hasta las nueve de la mañana del día siguiente, al regresar su madre del trabajo. La escucharían gemir, golpear el muro del baño y preguntarle a Dios por qué no le permitía ser feliz, tener al marido indicado.

Los hijos pasaban a segundo término.

En la oficina del Ministerio del Trabajo, donde laboraba como afanadora, intentó encontrar la causa de sus constantes peleas con François, diez años menor que ella.

Mientras restregaba los sanitarios y aspiraba las alfombras, recordó lo ocurrido horas antes de que François abandonara la cama y bebiera  un par de cervezas en el balcón. Lo observó meterse sus apretados jeans de rockero, la playera negra con el oso polar estampado y el chaquetón térmico. Posteriormente, descolgó el manojo de llaves del tablero de la cocina y salió del departamento.

No era la primera vez. En esta ocasión, Geordenne intuyó que no habría boleto de retorno.

—0—

—Te noto muy callada, Véronique, ¿tienes problemas?

La repentina presencia de Ruth, su amiga y compañera de faena, la hizo respingar y soltar el mango de la aspiradora.

Amanecería en una hora.

Aun le faltaba vaciar los cestos de basura de los escritorios y limpiar la oficina del director del departamento de capacitación y empleo.

—Ay Ruth, qué susto me diste —exclamó Véronique, tocándose el pecho con sus huesudas y pecosas manos.

—¿Estás bien?

Ruth Tourrete la conocía desde los diez años de edad. Difícilmente podría pasar desapercibido el comportamiento de su amiga.

—François se fue de la casa y no se llevó ropa, dinero y ni su cartera… Fue algo extraño, Ruth…

La mujer de cuerpo robusto, de jornalera rural; facciones delicadas y cabello plumbago, la observó con detenimiento. Le puso su calluda mano sobre el hombro.

—Vamos a terminar la faena y te acompaño a tu departamento. Ahorita tienes que tranquilizarte y pensar en Geordenne y Alexandre…

—Desde que perdió su empleo ya no fue el mismo —dijo Véronique.

—Sigamos con la limpieza —sugirió Ruth—, el personal no tarda en presentarse… Deja ayudarte aquí y nos apuramos… Vamos, amiga, ánimo…

Las dos mujeres en bata azul, pantalón blanco y guantes de hule negros, reanudaron la faena.

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Las dos amigas abrieron la modesta empresa de limpieza. Una ex pareja sentimental de Ruth ayudó a obtener  el contrato de mantenimiento a treinta oficinas y seis baños.

De lunes a viernes, de tres a ocho de la mañana, realizaban la fatigosa faena.

Durante la noche del viernes salían a bailar y bebían cerveza hasta el amanecer. Los sábados dormían casi todo el día.

Y el domingo, Véronique y François lo destinaban a la familia.

Los niños lo sabían y nunca cuestionaban el proceder de sus padres.

La misma indiferencia filial la enfrentaban sus compañeros de escuela. Sus principales escapes emocionales eran el teléfono celular, los juegos virtuales y algunos programas de televisión.

Las noticias y discusiones literarias les aburrían.

Sus únicas referencias de la realidad cotidiana —o relacionada al pasado— las aprendían de sus maestros.

La misma historia de los miles de inmigrantes establecidos en Montreal. En su mayoría, optaban por alejarse de los problemas políticos de sus países de origen y concentraban su talento y esfuerzo en construir un clan sanguíneo y afectivo; divertirse y vivir en paz.

Ruth era lesbiana. Las leyes canadienses la protegían. Lo mismo ocurría con los fundamentalistas de la fe, los narcoadictos y alcohólicos o los militantes de credos políticos.

Los únicos inconvenientes que no lograban discernir, si así podrían llamársele, eran el amor y la libido. Meterse a esos terrenos espinosos, tan letales y adictivos como la heroína, podrían desencadenar graves problemas de esquizofrenia, violencia doméstica y suicidio.

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Ruth y los niños asumieron su papel de Cruzados de la Libertad. Pactaron salvar a Véronique de la rutina y dependencia emocional.

El sábado por la noche, Ruth le pagó al Negro Cartier, un ex boxeador drogadicto y vigilante de un bar gay, para que buscara a François, clavara el cañón de la escuadra en su entrepierna y exigiera que el domingo, antes de las diez de la mañana, abandonara Montreal o lo capaba y mataba a su familia.

El plan funcionó…

Montreal es una mariposa nocturna de luna llena…

HEMEROTECA: El sexo y los politicos – Fernando Bruquetas de Castro

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