LA CHOLA CARLA

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La ciudad quiere borrarla por negarse a abandonar la pollera de bayeta y la montera, tachonada de goma y yeso, de guerrera aymara.

Imposible dejar de observarla.

Pisa fuerte con sus botines de cuero brillante.

Y a la espalda, casi oculta, carga una brazada de chuspas de colores vivos, bajo el aguayo anudado al cuello.

—¡Chola, cholita, os quiero en mi pulpería! ¡Venid, venid, chola, cholita!

Lanza los gritos un tipo rechoncho y renegrido, sin importarle la presencia de los comensales. Sostiene una charola con salteñas rellenas de pollo y dos copas de refresco de tumbo.

El día es cálido.

Hay bullicio y polvo.

En una de las mesas leo a Faulkner. Mastico un trozo de charqui, picante y correoso.

El singani es ardiente e intento administrarlo para seguir ecuánime.

La bella chola de largas trenzas con tullmas de jacarandas entretejidas, se detiene bajo la fronda de un molle, frente a una vulcanizadora. Lo deshoja hasta donde alcanza.

En pocos minutos, la mujer rellena de hojas su escarcela de lana, atada a la cintura.

Después, en el mismo lugar, enciende un pitillo de tabaco brasileño.

No parece tener prisa.

Sus rasgos europeos en piel aymara la distinguen de su comunidad ancestral.

En la mesa contigua, dos franceses con ropas quechuas paran de engullir su sopa de maní. La dama de cara redonda, blanca y cabello oscuro y largo, hace un intento de tomar la videocámara para registrar la escena.

Su compañero, tan pálido como ella, la contiene, elevando la voz.

Attendez vous, il y a plus d’indiens dans la place… Vous devez économiser le film.

—Mais, elle est une très belle chola autochtone.

—Meilleur finir de manger et je vais demander plus de bière.

—¿Et pourquoi elle retire les feuilles du arbre?

—Parce que dans leur culture les Indiens utilisaient les feuilles à des fins religieuses.

El espigado hombre de chullo y unku andino, holgado y muy blanco, levanta el brazo derecho para atraer al mesero que, de inmediato, le toma la orden por escrito: dos tarros de cerveza Huari, de barril, y un platón de silpancho para compartir.

En un extremo de su jalqa tricolor destaca el logotipo del negocio: La Canchita de Concordia.

Tuve que interrumpir la lectura ante la visión de la chola y el breve diálogo de la dupla de galos, aun treintañeros.

—0—

No dejaba de sorprenderme El Divorcio de Nápoles de William Faulkner, escrito en 1925.

La historia de los dos marineros, un contramaestre, un cocinero y un camarero, está hilvanada a dos pistas: celos y amistad. Las tres prostitutas italianas, contemplativas y aquiescentes, aguardaban el anochecer para complacerlos en la cama.

El narrador —el propio Faulkner— intenta desmarcarse de la concupiscencia de sus acompañantes en el bar.

Y, en capítulos subsiguientes, entregarnos los pormenores de una aparente relación homosexual entre dos compañeros del buque, confrontados por una de las prostitutas con dientes de oro: George, segundo cocinero de sangre griega, y Carl, el camarero.

Por el comentario de un personaje intuí que ambos se reconciliaban.

“—Todo está en orden —dijo Monckton—. El perro ha vuelto a su vómito.”

Me faltaba leer un capítulo de los cinco y algo inesperado podía ocurrir.

—0—

Las hojas de molle proliferan en la ciudad.

Los árboles son resistentes a otras especies vecinas: palmas, jacarandas y eucaliptos.

Los cochabambinos viven sumidos en un vergel luminoso, incandescente, rentintado por los aguaceros de marzo.

Durante las fiestas de la vendimia, el tabaco, el aguardiente y las hojas de coca y molle alimentan a la madre tierra, dueña del universo: Pachamama.

En una semana, Bolivia entraría a la hecatombe de la fiesta precolombina.

Los indígenas desempolvarían sus mejores ponchos, lliqllas, calzones, polleras, unkus, polkos, aguayos, sombreros de hongo y monteras para agradecerle a su diosa andina el alimentarlos y protegerlos durante el año saliente.

Una ofrenda merecida en cada huaso, chacra y parcela de las quebradas, desiertos y mesetas. Otra vez resguardarían su agradecimiento bajo las piedras y techos cañizos.

Los pututos de cuerno de toro o cola de llama volvería a resonar sobre los arenales, valles y cordilleras del altiplano.

—0—

—Esa cholita se llama Claudina Morales. Es de Cochabamba  —me confió el mesero bembo, al darse cuenta que mi atención continuaba atada a la nativa, fumadora de tabaco amazónico.

—¿Y por qué he de creerle, mi buen?

—Porque mi Patrón le compra jalqas y chuspas para regalar en diciembre… Su madre y hermanas las tejen y ella es la encargada de surtir a los clientes de La Cancha. Viene por estos rumbos una o dos veces al mes…

—No me diga… Seguramente tiene su número telefónico…

—0—

Durante el atardecer, algo embrutecido por los embrujos del singani, decidí treparme al teleférico y guarecerme, en el cerro de San Pedro, bajo el dosel del Cristo de la Concordia.

Desde ahí contemplaría el imponente estadio Félix Capriles, donde, en tres días, expondría mi cetro ante un boxeador cochabambino. De paso, también intentaría olvidar los cien dólares que pagué por los once dígitos —e incluyo los tres del área—, de un teléfono celular, tal vez inexistente.

No pude contenerme.

Sin detener mí marcha, en el cruce de la Carlos Muller y la avenida Heroínas —cerca del parque De la Autonomía—, me olvidé de Faulkner, de su rescatable libro de cuarenta y dos cuentos.

Desenvainé mi teléfono portátil.

“Cinco… nueve… uno… cuatro… cuatro… dos… cinco…dos… nueve… seis… nueve…”

El repetitivo repiquetear del celular horadaba mi entendimiento, adormecido por el aguardiente. Difícilmente podría sustraerme a la imagen de la bella chola de la avenida Ayacucho.

—¿Síííííí?

Voz femenina, coqueta, de dama fácil, imaginé.

—¿Perdón, quién habla?

Carla Ortiz Oporto, a sus órdenes…

—¿No es Claudina Morales?

—¿Es una broma, verdad? Estúpido…

Y enmudeció el transmisor inalámbrico, regalo de mi novia.

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VIDEOTECA:

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