MARIE-HELÉNÉ

coverRELATO 3

Tupiza, Tupiza…

Me hincha las pelotas estar aquí.

Veinte horas en vuelo ininterrumpido de Montreal a Tarija. Ahora en Tupiza, una plancha barrosa e inhóspita con barrancones pelones y sedientos,

Un ancho río de aguas sulfurosas separa al poblado de los caseríos de adobe o ladrillo hasta perderse entre dos quebradas desiguales de peñascos porosos, color sangre.

El Tupiza sigue arrastrando en sus efluvios el sudor tóxico de los mineros de La Angostura, Charaja, Tambillo o Suipacha…

La catedral apenas ensombrece al parque Independencia, donde intento darle la razón a Leobardo Yáñez, el Mocoso.

Las campanas están mudas. Los pájaros trinan y trinan sin desgañitarse.

Una treintena de catitas serranas, parecidas a cotorras, se posan sobre una cornisa frontal del templo bellamente labrado en cantera.

El arte colonial es vigente sin su cuota de sangre.

Un enjambre de colibrís revolotea entre rama y rama ante la indiferencia de los ancianos acuclillados en los poyetes de sus puertas.

Un empresario inmortalizado en bronce —Avelino Aramayo Ovalle—. Desde su poltrona y pedestal no disimula su aburrimiento.

El Mocoso es un cholo de mirada huidiza y astuta; secuela genética de los chichas y quechuas bolivianos.

De mi parte hay impaciencia. No la disimulo.

Lalo Herrera, el otro petimetre ladino, diestro en desollar a sus víctimas, tiene media hora de retraso. No altera nuestros planes.

—Seguro, señor Ríos… Herrera me dijo que a las seis…

El Mocoso intenta parar mi rabieta y arroja un escupitajo a los adoquines exteriores.

El vigilante del banco Prodem, algo sotaco y renegrido, nos mira de reojo. Impone mi porte: piel rosada, pupilas azul cielo y pelo ocre, casi a rape.

Mi aspecto de marine le impide recriminar al Mocoso por su lanzadera de escupitajos verdosos.

En Bolivia, los turistas y sus divisas someten a la autoridad local, como sucede en las playas mexicanas y españolas con los desmadrosos spring breakers.

De espaldas al vigilante, insisto:

—El trabajo debe realizarse antes de las diez de la noche en San Pablo, porque tenemos que estar a tiempo en el salar de Chaviri… —aspiro profundo y suelto otra ráfaga de vocablos–. Ahí, precisamente ahí, el jueves llegará a recogernos el helicóptero de la policía nacional de Oruro…

—La bolichiada lo tiene en cama, y yo se lo advertí anoche al verlo con su corteja

—¿Bolichiada? ¿Corteja?¿Qué significan esas putas palabras? Háblame en castellano, carajo…

–Echó parranda y se dio sus pericazos, seguramente. La corteja es su prometida… Lalo es un chango, perdón señor Ríos… es un muchacho y tiene usted que entenderlo…

El platón de pique macho seguía intacto en la barra, no así el tarro de cerveza.

Interrogar a Lamberto Cisneros, el Gargantudo, podría prolongarse uno o dos días, dependía del jale, de su disposición para darnos la ubicación del lugar donde inhumó el cadáver.

—Nada de negociar —me advirtió el senador Berlanga—. Nuestro único compromiso es ayudar a su familia, exactamente a los hijos y esposa…

La exigencia era una: desenterrar a Marie-Heléné Caron, la ex Miss Toronto 1998, y antes de incinerarla, cercenarle un dedo anular y cortarle un mechón de cabello.

El alcalde de Montreal estaba sentimentalmente ligado a ella y responsabilizaba al senador Luigi Berlanga de su desaparición. Quería estar seguro de su muerte.

Los negocios trastabillaban y los mexicanos llevábamos las de perder.

Abril era un buen mes en Tupiza.

El calor fresco se dejaba sentir en sus alrededores.

Los quechuas y aymaras —secos, enhiestos y muy abrigados—, se habían adueñado del mercado central y el comercio callejero.

No socializaban, observaban, mascaban hojas de coca o dormitaban.

En costales de hilaza o ixtle exhibían una variedad multicolor de verduras, frutas, yerbas medicinales, trozos de calhidra y granos comestibles.

Colores y olores penetrantes, agradables: granadas, carambolas, tunas, tomates, ocoros, guayabos, sandias, naranjas, guapurús, frutillas, maracuyás, achachairús, ambaibos, papayas, piñas…

Me había hospedado en el hotel Mitru, de mobiliario churrigueresco, donde me entrevisté con la segunda comandante de la policía nacional, Carlota Batista.

De sus manos recibí, en mi habitación, cuatro fotografías y un detallado informe  escrito sobre la detención e interrogatorio del Gargantudo.

—En San Pablo de Lípez están los dos arrechos que hicieron la chambonada y son los encargados de la iglesia… Los conoce el deslenguado de Lalo Herrera, búsquelo…

Después me enteraría, por boca del Mocoso, que arrecha o arrecho en la jerga boliviana es una persona joven de cascos ligeros y chambonar, meter la pata o fallar.

—El Mocoso ya lo contactó y nos reunimos a las seis de la tarde en la plaza Independencia –dije mientras revisaba las fotografías engrapadas en un ángulo de la carpeta.

La mujer policía, machorra y sin uniforme, iba enfundada en un holgado overol y tenis negros.

De acuerdo a la bitácora de viaje, necesitaba cuatro o cinco horas para arribar a San Pablo de Lípez.

Los ciento setenta kilómetros de carretera estaban en campo minado. El Jeep no garantizaba un final feliz, por haberle pertenecido a un taxista durante cuatro años.

Marie-Heléné Caron había comprado el boleto en una agencia de viajes de Montreal. El tours contemplaba una visita de seis días a los salares de Chaviri, Chiguana y Uyuni, donde su amante, el alcalde Pailliez, traficaba con litio y cocaína.

Tupiza, Tupiza…

Ni el chorizo o la carne frita de res con su ensalada y aderezo despertaron mi apetito.

Del pique macho únicamente probé las papas holandesas y combatí los ardores del picante con dos tarros de cerveza.

Lalo Herrera, en contra de su voluntad, incumplió lo pactado y a las seis veinticinco abordé el Jeep en el estacionamiento del hotel.

El Mocoso me aguardaría con las armas y explosivos en el entronque de la avenida La Paz y la carretera Tupiza-San Vicente.

—Lo degollaron esos culos —dijo el Mocoso al abordar el Jeep—y lo hicieron mientras se zampaba un trancapecho en su departamento, me lo dijo su hermano. También ejecutaron a su ñata, una mujercita muy chamaca… Son unos pitilleros de cagada

El Mocoso tenía identificada a la pareja de San Pablo. Por lo tanto, difícilmente pasaríamos desapercibidos en esa miserable comunidad indígena.

Mientras atardecía, nos arropamos en nuestros pensamientos durante un buen tramo.

El diálogo se reanudó al encender los fanales y las luces direccionales traseras.

El páramo y la bóveda celeste fueron engullidos por una bocaza oscura, inoculada de escarlatina y manchones dorados, titilantes.

—Se trata de un diacono roto, muy satuco, y recién llegado a la iglesia de San Pablo y tiene de pareja a una gringa muy guapa…

El Gargantudo los denunció durante el interrogatorio al no recibir los veinte mil dólares apalabrados. Les dijo a los pacos —o policías— que había asesinado a la birlocha güera —o extranjera— de un balazo en la cabeza. La enterró en uno de los escurrideros del salar de Chaviri, al noroeste del lago Kolpa.

—Yo quiero la plata, los veinte mil dólares o su equivalente en bolívares, y les entrego a la birlocha, no soy un burro

El diacono chileno y su esposa fueron los responsables del secuestro, según el informe de Carlota Batista.

La entrevista y tortura al Gargantudo tuvo lugar en el interior de una traila abandonada. Ahí permanecía hecho una piltrafa.

Ni el presidente de la república o el ministro de la defensa del estado plurinacional dudaban del profesionalismo de la mujer policía.

En Washington fue capacitada en ciencias criminalísticas por el FBI; militaba en un partido social antibolivariano y no ocultaba su gusto por las mujeres jóvenes y atractivas que enganchaba en sus discotecas y academias de artes marciales.

El senador Berlanga la contrató como informante y sicaria, alejada de los trasiegos del litio y la cocaína.

La responsabilidad del trasiego recaía en dos coroneles y un general brigadier del ejército boliviano, acantonados en Potosí y Sucre.

Ahora a mí me correspondía limpiar los estropicios y rendirle buenas cuentas al patrón.

Tupiza, Tupiza…

El Mocoso se apoderó de la radio y tuve que enjaretarme una sarta de melodías chicheñas.

En medio de la nada, entre oleadas de polvo purpúreo, nos cruzamos con dos destartalados turneros y una caravana de llamas sin arriero.

Casi a la medianoche hicimos nuestra entrada a San Pablo de Lípez. Nos dio la bienvenida un coro de gañidos perrunos.

Ninguna lámpara aluzaba los jacalones de adobe.

La oscuridad apenas era combatida por la luminosidad de una luna a punto de fenecer.

El Mocoso cortó con su concierto chicheño y se apropió de una pequeña subametralladora Uzi.

La iglesia estaba al final de la ranchería y frené ante un portón arcado, igual de terregoso y sin pintar que el muro y su torreta.

—¡Por atrás están los chanchos, señor Ríos!…–exclamó el Mocoso y de un salto abandonó el Jeep.

Lo seguí con un fusil de asalto, dos granadas de mano y la escuadra clavada en la cintura.

No se había equivocado el Mocoso, el diacono nos aguardaba pertrechado con una escopeta y empezó la batucada.

El Mocoso dio un respingo y una larga exhalación.

Y sin accionar la Ak 47, opté por lanzar una mazorca explosiva. Tras la deflagración, cesaron las detonaciones.

Un intenso olor a pólvora quemada y los ladridos desaforados de la jauría canina, confirmaron que continuaba consciente e ileso.

Y entonces, de la nada, escuché una voz femenina, trémula, desde el interior del jacal:

—¡Please don’t shoot, I’am Marie-Heléné! ¡Peter is dead…!

El Mocoso jamás se enteraría de mi hallazgo…

VIDEOTECA (Cine boliviano):

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