DOUBLÉ

coverRELATO 4

El estúpido cuñado —propietario absoluto de la finca y los establos— y el maldito Doublé, como se refería a ellos ante parientes y amigos, seguían enteros, felices y prestos a cobrársela.

—Imposible.

La palabra salió de la boca de Hatteras Roberval.  Intuyó que, en breve, finalizaría su paso por la tierra.

El perro no cesaba de ladrar.

Jean Alfonse había recuperado su lozanía facial por la milagrosa limpia táctil del vagabundo.

Lo creyeran o no, los resultados fueron sorprendentes.

Las verrugas y la piel cacariza, que avergonzaron al granjero durante treinta años, dejaron de existir.

—Te lo dije y no lo creías. El hondureño tiene las manos del Diablo —confirmó Marie Saguinay, esposa de Jean Alfonse.

El jorobado Diego Buendía con la cara chueca apareció en la finca de Emerillon, el sábado 31 de noviembre. Pidió un poco de agua y comida.

Jean Alfonse, trepado en el tractor, tiritaba y maldecía, porque había olvidado el chaquetón en el cuarto de máquinas. Le urgía arrastrar al establo el carromato cargado de paja triturada. Su rostro cacarizo, de cócora, fue devastado por un viejo acné y las verrugas.

Pensó en darle de comer al contrahecho y regalarle su costoso chaquetón ruso. Lo decidió al verlo en tan lastimera condición: amoratado por la baja temperatura, sediento, hambriento, semidescalzo y con un pantalón de mezclilla deshilachado y atado con un cordel y un suéter verde de lana, sucio y desgarrado.

—Puedes descansar unos días en la granja, amigo —ofreció al vagabundo.

—Debo seguir mi marcha, busco a mi hija que ha sido robada por unos criminales de mi patria, pero gracias por su generosidad, Monsieur.

—Siempre hay un poco de comida para todos, amigo.

El jorobado era observado por un enorme perro dóberman, encadenado a un enflaquecido enebro, rasurado por la tiricia otoñal. El animal tenía los ojos sellados por gruesas legañas. Estaba echado, inmóvil, casi moribundo.

Sin temor, el pequeño hombre de piel terregosa, caminó hacia el animal. Cariñosamente le acarició el lomo.

—Lleva una semana en esas condiciones por algo que tragó —dijo el granjero con evidente pesar—. Es como un hijo y creo que en cualquier momento se me muere.

—No, no puede morir porque de hacerlo usted también muere. Hay un propósito maligno y debemos evitarlo, porque el mundo debe ser cuidado por corazones nobles…

El granjero, intrigado, frunció el ceño y olvidó los rigores del frio.

El vagabundo, de un bolsón negro que colgaba al cuello, extrajo un puñito de hojas secas. Las remojó con su saliva. Una parte del menjurje terminó en los párpados de la bestia hasta deshacerle las costras verdosas.

Después, lo forzó a abrir las fauces sin temor a ser atacado. Finalmente, lo obligó a tragar un poco del menjurje sobrante.

—El secreto está en las manos y en ti, Jesús Santísimo —murmuró el jorobado, inmerso en sus oraciones e indiferente a la presencia del granjero.

Marie Saguinay observó la escena desde el ventanal de la cocina. Presurosa salió al porche, aun con las manos enharinadas por preparar una tarta de manzana.

En los instantes que pisaba el primer escalón, escuchó los gruñidos de Doublé y le sorprendió verlo entero, con sus cuatro patas  erguidas y lamiéndole las manos al sanador.

—¿De dónde es usted? —Marie preguntó desde el cobertizo.

—De San Pedro Sula, Honduras, Madame… Soy centroamericano…

El jorobado de cabellos erizos, parecidos a un puerco espín, torció la boca en un intento de sonreír. Macabramente dejó entrever una parte de su destruida dentadura.

Jean Alfonse descendió del tractor. Su respiración de fuelle, por el abuso del tabaco, pudo percibirse desde el porche. El granjero no logró disimular su repentina alegría. Estiró sus potentes brazos para rodear con calidez al centroamericano. Y le plantó un besó en la frente.

Doublé representaba mucho en su vida emocional.

El granjero ignoraba que su cuñado, Hatteras Roberval, había intentado envenenar al mastín, inyectándole un poco de mercurio, extraído de un termómetro.

La mujer reculó y de espaldas ingresó a la casa. Desde la sala, llamó a gritos a su medio-hermano.

—¡Tenemos al demonio en la granja! ¡Tienes que verlo! ¡Ha curado al maldito perro!

Hatteras Roberval, echado en su cama y en bermudas, veía un programa de televisión.

—¡Tienes que ver esto, Doublé regresó del infierno! —repitió la tosca mujer cara-de-bruja, transfigurada por el asombro.

—No digas pendejadas

El hombre abandonó la cama y descendió las escaleras.

La mujer y él salieron al porche.

En esos momentos, el jorobado pasaba sus rudas manos en la cara cacariza de Jean Alfonse. Asombrados observaron cómo, poco a poco, su piel volvió a retomar la lozanía de antaño, la de sus tiempos mozos. Las dos horrendas verrugas de la nariz y el pómulo izquierdo desaparecieron.  Ocurrió lo mismo con su cara pedregosa.

—Imposible  —musitó Hatteras Roberval y sintió que la sangre escapaba de su cuerpo.

Doublé, al olfatear a la pareja bajo el cobertizo, tensó la cadena y empezó a ladrar con furia.

—Te lo dije… Te lo dije —balbuceó la mujer—, estamos perdidos… Nos iremos al infierno…

El jorobado liberó de la cadena a Doublé…

HEMEROTECA: 11.06.2019TvNot

 

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