NADA ES IMPOSIBLE

coverRELATO 5

La felicidad tiene demanda.

En los supermercados eslovenos es posible encontrarla en paquetes de medio kilo.

El polvo azul plumbago y azucarado debe diluirse en agua mineral.

Y ser ingerido dos veces por semana, antes de ir al sanitario.

La tristeza extrema difícilmente inoculará a la población isleña, porque una enfermedad de esa magnitud impediría la reproducción humana, el negocio privado: la fiesta.

Noël, nombre del producto, ya se había posesionado del mercado.

“En la Nueva Galia nada es imposible…”.

La consigna destacaba en una gigantesca mampara de lámina galvanizada, a la entrada del puente levadizo Le Sourire del rio La Cangrejera.

Bogdan Leblanc, al visualizarla, desaceleró la máquina de su BMW para permitir que Nitre interrumpiera el juego de su IPad e intentara repetir la consigna.

El barrio de Bratizlava era su pequeña patria.

 Razón de vida, poder para los galeses.

Por lo mismo, sus descendientes estaban orgullosos de su supremacía racial, ante la constante presencia de inmigrantes extranjeros, principalmente afros, latinos, asiáticos y árabes.

—¿Por qué nada es imposible, grand-père?

—Para los Leblanc nada es imposible. O dime, ¿la extraterrestre Pou ha sido vencida en tu tableta?

—No, la he protegido… y hemos derrotado a nuestros enemigos…

—Exacto. La única diferencia es que nosotros combatimos a nuestros enemigos de carne y hueso, gente como tú y yo…

—¿Como a los mexicanos que quisieron quitarle el restaurante a mi tío Janez?

—Exacto… Qué buen ejemplo. ¿Quién tiene ahora el restaurante?

—La tía Mateja y el tío Janez…

—Tuvimos que proteger a tus tíos… y lo mismo hicieron nuestros vecinos del barrio…

Nitre tenía los ojos azules y el cabello rubio de la familia. Su carita redonda, de piel sanguínea, estaba alejada de cualquier viso de infelicidad.

Ni siquiera la orfandad había mellado su optimismo de vida. Sus padres habían muerto en Moscú en un accidente aéreo.

 Sobrevivieron el niño y veintidós pasajeros.

El pequeño auto plateado proseguía su marcha. Desde el domo del puente, la isla aparecía brillante, sin nubarrones que la entristecieran.

El largo invierno había llegado a su fin.

Los enebros y jardines dejaron los grises plomizos de la nieve y el café tabaco de los árboles pelones.

Todo era verdor con manchones multicolores.

En los veintiocho barrios de la Nueva Galia predominaban las azucenas de un rosa pálido y las lavandas como pequeñas gotas apiñonadas y violáceas; en los parques públicos, las caléndulas naranjas y amarillas, intercaladas con las achicorias silvestres: borlas de cabellera blanca y lacia.

Los niños las llamaban Dientes de león y las trasquilaban a punta de soplidos, entre correrías y carcajadas.

Los rosales de diferentes tonalidades y fragancias, también predominaban. Dependían del cuidado de los ancianos. Un edicto municipal lo especificaba. Era una manera de distraerlos para combatir sus temores y ansiedades.

Los floricultores de laboratorio generaron toda una industria en torno al entretenimiento de sus ancianos. La lista era infinita: palas, azadones, carretillas, mangueras con rociadores especiales, raspadores, rastrillos, pisones, machetes, cavadores…

Los Leblanc habían fincado su fortuna produciendo fertilizantes extraídos del Atlántico para alimentar la belleza floral de la Nueva Galia.

En los puertos de Velenje, Izola y Kranj edificaron fábricas de harinas de pescado. A la floricultura le aportaban nitrógeno, potasio y fosforo.

Bogdan era la cabeza del clan, el responsable de entrenar a Nitre para relevarlo.

No confiaba en sus hermanos.

Grand-père… Grand-père

—¿Sí?

Bogdan miró al niño y sonrió.

Su rostro de ermitaño, peludo y rubicundo, protegía al otro Bogdan, menos idealista y paternal.

—No has tomado tu Noël —le recordó el niño al abueloy tienes que hacerlo… No quiero verte triste…

—Disuelve un sobrecito en la Coca-Galia, por favor…

Nitre obedeció.

Desde los cuatro años había crecido con los abuelos y difícilmente se separaba de Bogdan. Ahora tenía trece.

La abuela Abeni nunca llevaba una vida pública. Sus días transcurrían dentro de los invernaderos de la finca.

Los psiquiatras le prohibieron intimidar.

La prudencia era el mayor don de Nitre. Su abuela no le generaba confianza. Odiaba el color de su piel y acento extranjero.

Grand-père, ¿cuándo me vas a llevar a Paris, en donde vivieron tus grand-pères?

La imagen de la torre Eiffel estaba en el subconsciente del niño. Simbolizaba a la isla gala. En el gran rótulo de entrada, estaban hermanados la consiga y el ícono parisino. El mismo símbolo que era posible ver en todos los productos de los supermercados y oficinas gubernamentales.

—Lo haremos después de enterrar a tu abuela, te lo prometo…

—Sí, sí —exclamó Nitre y dejó entrever sus pequeños dientes frontales de nutria—. Ya quiero conocer a mi otra grand-mère… como me lo prometiste… ¿Recuerdas? Tan blanca y de ojos azules como nosotros…

—Te lo prometo… —asentó Bogdan—. Anda, anda, sigue jugando con tu IPad que aún queda tiempo… Hoy no dormiremos en casa… Iremos a Izola…

Los efectos del ácido lisérgico —Noël— empezaban a producirle felicidad.

Dio gracias a Dios por vivir en la isla y colmarlo de bendiciones.

En la Nueva Galia nada es imposible…

HEMEROTECA: Breve historia de la Gestapo – Sharon Vilches

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