LA GRULLA FAVORITA

coverRELATO 6

Cuando el Ártico se deshiele tendrán que aprender a nadar en el resto del mundo…

Guía Inuit

—Mira el soneto que escribí…

Sandhill continúa dormida. No escucha.

El día es diáfano.

Los chorlitos grises se dan vuelo: brincan y trinan en el solar.

Bendt ha ordenado que no tumben el comedero, construido sobre la solera frontal de la cabaña, cercana al ventanal de la recámara.

Su matrimonio es un fracaso, a pesar de compartir el mismo lecho.

Sandhill duerme bocabajo. Emite ruidos seseantes, de moribunda.

—0—

Bendt y Sandhill no tienen hijos.  Disfrutan sus vacaciones de verano en Pakua Shipi: reservación inuit construida al borde del rio Saint-Agustín.

Por sugerencia de la poetisa inuit Rita Mestokosho, los nativos acordaron cederle a la pareja la cabaña rosa, de la calle A, y, mientras los alfabetizan, enseñarles a pescar salmón.

Bendt aprecia la isla Dawson desde la habitación, construida con troncos de arce y roble.

Dawson es una plasta boscosa, venerada por los trescientos pobladores de Pakua Shipi.

En una de sus visitas a Montreal, Mestokosho sugirió viajar a la reservación y apoyar su reclamo: la apertura de un aserradero, manejado por empresarios ingleses.

De instalarse, acapararía la foresta de la región. Y sin duda, sería inminente la destrucción de su flora y fauna boreal.

Bendt trabajaba como académico en la universidad de Montreal y Sandhill era su alumna en la cátedra de letras inglesas.

En siete meses, Sandhill obtendría su licenciatura e intentaría conseguir en Inglaterra una beca para estudiar su Maestría.

—0—

Bendt Diamant estira el brazo y agarra la bitácora de viaje: libreta que utiliza como su diario personal.

En la primera página resalta un manuscrito de Rita Mestokosho. Es una escritora inuit de la región Mingan, nacida en la reservación Ekuanitshit, muy al sur de Pakua Shipi y ante la imponente isla de Anticosti.

Bendt había memorizado y traducido del francés al castellano aquel bello poema. Recostado y con los ojos cerrados, lo recita:

Mi escuela de pensamiento:

Es el bosque que empuja.

Es la calma del espíritu.

Es la libertad del corazón.

Es el caribú que espera.

Es Papakassik, el amo del caribú.

Mi escuela de pensamiento:

Es la montaña del norte.

Es la nieve que cae.

Es el viento que me llama.

Es el paraje donde el viento viaja libremente a través de las montañas y desciende siguiendo los grandes ríos.

Es ahí donde estoy tranquila, ahí donde vuelvo a encontrar la libertad de mis ancestros.

Mi escuela de pensamiento:

Es el territorio tradicional,

Es la inmensa floresta boreal.

Es allí donde las palabras cobran vida.

Es allí donde las palabras cobran verdaderamente un sentido.

Mi poesía brota de una lengua de tierra

que regresa de un largo viaje.

Mi escuela de pensamiento:

Es la planta que cura esta riqueza que cautiva mi espíritu

que nutre mi cuerpo,

que mejora mi suerte,

porque yo lo creo.

En cada instante que existe para la dicha de pensar

que yo soy una inuit hasta el fondo de mi alma,

un alma tan profunda como la tierra misma.

—0—

En Pakua Shipi es absoluto el silencio nocturno.

Encierra una tragedia cada cabaña de dos aguas.

El olvido del tiempo es tangible en las seis polvosas arterias sin nombre propio o sustantivo.

La arteria central, la East, está escrita con cuatro letras.

Las otras —A, B, D, G y H—, se han convertido en cementerios de cayucos, autos y camionetas carcomidas por la humedad y el hollín de las fogatas nocturnas.

De ahí la rebeldía, el enfrentamiento perenne de Rita Mestokosho.

Leer y escuchar su poesía no demerita su fuerza interior, el color del lenguaje primigenio, mecanografiado a través de un ordenador.

—0—

El soneto de Bendt terminaría en el cesto de la basura.

Lo sabía.

Le avergonzaba hacerlo público.

Su amigo y vecino, Louis Giffard, intentaba convencerlo de publicar sus reflexiones y poemas en un blog virtual o en Facebook.

Y, sobre la marcha, corrigiera ante los ojos del mundo.

—Bendt, yo permitiría incluso que tus lectores rehicieran lo publicado… Nada puede ser propio…

—0—

Bendt intuyó que su matrimonio llegaba a su fin, desde su arribo en avioneta a la reservación.

Sandhill, su grulla favorita —como la llamaba en los primeros encuentros—, dejó de pertenecerle tras su regreso de Londres.

Ocurrió un año antes, durante las vacaciones de marzo.

Sandhill ya no era la misma.

Y no le sorprendió.

Bendt entraba a la etapa madura.

Sandhill acababa de festejar su veintinueve aniversario.

Dos décadas de diferencia.

Mientras Bendt cursaba el primer año de carrera universitaria, Sandhill era parida en una clínica de Montreal. Su padre filmó el numerito.

Lo del soneto fue un simple ejercicio de muñeca.

Bendt corrobora la fecha en su reloj pulsera —martes 21 de julio— y una hora después intentará recuperar su capacidad de asombro al recorrer la rivera de Saint-Agustín e intercambiar palabras con algunos lugareños de sangre inuit.

Ahí descubre que predominan los niños llamados Nanuk —oso en castilla— o Singajik —lobo amarillo—.

Y niñas de nombre Nuina —pequeña nube— o Niviangua —pequeña hoja de árbol—.

La naturaleza imprime su cotidiana realidad.

Los inuits jamás niegan su dependencia a la madre tierra. Desde sus entrañas, escuchan el murmullo del mundo —presente y futuro— bajo el obligado vasallaje al conquistador europeo.

Sin embargo, existe una presencia animista, profunda y liberadora.

Es verdad, en ningún hogar falta el televisor de plasma, el teléfono celular, el ordenador con Internet y las botellas de aguardiente o tabaco.

El inuit es el guardián de la tierra.

Y lo repiten antes de abandonar la choza.

Rita lo recordó ante Bendt:

—Nosotros jamás seremos canadienses. Nosotros tenemos nuestra propia existencia como inuits. Porque ser Inuit significa ser humano, no canadiense. Un inuit es un guardián de la tierra y es lo que diariamente le enseñamos a nuestras niñas y niños.

Un reencuentro con la historia tampoco los reivindicaría ante el presente de Sandhill o Bendt.

Bendt tendría que reinventarse, bajar la vista con humildad, después del retiro en Pakua Shipi.

Los sueños y añoranzas en Montreal serian arropados con las planchas de asbesto y el calor del bullicio.

No hay soledad sin silencio.

—0—

—Buenos días, amor —saluda Sandhill y bosteza.

—Mira, ten, es tuyo —ofrece Bendt —. Lo intitulé Que el olvido no sufra

La memoria cabalga en la tristeza.

No hay potrero de amor que me retenga.

Lanzas coces, relinchas y en tu arenga

haces de los recuerdos mi entereza.

Que el olvido no sufra ni se abstenga

como el sueño senil de una burguesa:

fría, quejumbrosa, alma tiesa;

muy amante del lucro y la abadenga.

Tantas cosas vivimos en el lecho…

Y mentimos manchados de lascivia

sobre el tibio reflujo de tu pecho.

Mientras fundes el beso se solivia

este basto viril algo maltrecho;

tan enhiesto y mondas como una tibia.

Sandhill, duerme, ajena al arrullo de las palabras…

HEMEROTECA: Reyes Alfonso – Obras Completas 08

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