EL CLAUSTRO DE LOS OLVIDOS

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La mujer es territorio de abundancia.

De ella, cada detalle y pensamiento nos gratifica y alimenta.

Es río turbulento, jardín exótico, colina de reposo y furia, enredadera de trópico, bosque encantado y liquen de agua salina y tibia.

Es maná, yesca prohibida, estrella boreal, odre de sueños prohibidos…

Libertad y cadena…

Durante cuarenta y cuatro años estuve cerca de una mujer. Sus besos de amor sembraron vergeles y páramos en el lecho.

Desde mi madre, amamantándome en sus enflaquecidas tetas de vaca sometida, hasta Lisandra Quitumbo: liberada de dogmas y prejuicios, en su papel de la suripanta Black Luce, inspiradora literaria de Shakespeare. Y en esta ocasión, ataviada de ligueros, un bikini de encaje y medias negras caladas; zapatillas rojas con tacones de aguja y el parche dorado, refulgente, cubriéndole el ojo estrábico, de alucinada.

Resucité un día después de mi desmesura alcohólica con el maldito clan de inadaptados, viciosos y asesinos.

Lo hice en el sótano del bulevar René Lévesque, descocado, en cueros y en plena faena náutica con el palo mayor henchido, mojado y poderoso, sin darle tregua a mi Madame de Pompadour, pródiga de imaginación y calenturas.

El Ronco Rentería me había zambullido en un lupanar, levantado bajo un dépanneur de negros congoleños, productores de anfetaminas caseras. Estaban congregados en torno a una de las tres mesas circulares: Lucho el Mocho, el junior Carlos Rentería, Héctor Centella, el Tuco Perea y la mujer del anfitrión, una desnalgada rubia de nombre Alessia Lombard.

Salvo la quebequés y el boliviano, los guanacos eran mayoría. Tuve que mamarme sus truculentas historias de crímenes  y estafas.

Todos fueron integrantes de escuadrones de la muerte, de ORDEN. Estaban orgullosos de haber ejecutado y destazado a guerrilleros de las Fuerzas Populares del Frente Farabundo Martí.

Mauricio el Ronco Rentería, como comandante del exilio, fue uno de los que encabezaron el selectivo exterminio de  subversivos en El Salvador. Desde los departamentos de Ahuachapán y Chalatenango, hasta los de Usulután, Morazán, San Miguel y La Unión.

—Nosotros salvamos a América Latina de la dictadura castrista…—recitaba el Ronco en cada brindis y sus incondicionales lo festejaban con aplausos y vivas.

—¿Y qué cabrones es la dictadura castrista? —preguntaba en un afán pendejero.

—Es el comunismo, el comunismo marica, y eso significa convertir a nuestros hijos y mujeres en esclavos, sometidos a un líder eternizado, loco y sátrapa…

—Ah, ta’bueno, güevón…Entonces que se vaya a la mierda el comunismo y que vivan el capitalismo y sus bancos…

Después de tanta bebericada, tras sumergirme en las aguas pútridas de la embriaguez, pude deslizarme sin miedo en la piel floral de Lisandra y acariciar con mi lengua las alas complacientes de su mariposa salina.

No hubo tregua, ni ejecutados por odio y avaricia.

Horadamos el mundo sin violencia para podernos sumergir en el mantra de los dadores de esperanza.

Lisandra vertió su savia interior a plenitud, dando gimos. La secundé con la misma furia de un centauro apasionado e irracional.

Momentos fugaces e irrepetibles, únicos…

Ya en reposo —y ambos exangües y satisfechos—, observé la desnudez de Lisandra. Sorprendido comprobé que poseía todos los vericuetos de la tierra y entre sus muslos —dinteles de fuego—, logré reencontrar el Jardín del Edén y el Árbol de la ciencia del bien y el mal…

Los reclamos y consignas pro fascistas del Ronco y su pandilla, quedaron a lo lejos, en el claustro de los olvidados…

Por el momento.

HEMEROTECA: La voluntad 1 El valor del cambio – Eduardo Anguita

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