OLOR A GUARO

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No me sorprendió.

Lisandra dormía con la boca abierta y silbaba.

 En juergas callejeras me era normal despertar junto a mujeres ajenas que graznan, ululan o guarrean.

 Las menos púdicas, cecean por el trasero. Le imprimen sus olores fétidos al acompañante.

Las mujeres borrachas son sucias, perezosas y promiscuas.

Tal vez sea ruin generalizar.

Por ejemplo, en esta ocasión, todo fue distinto.

El entorno era limpio, ventilado y ordenado.

El olor a guaro calaba. También la esencia floral de Lisandra.

Por segundos perdí el sentido de la ubicuidad y supuse que continuaba en la habitación de Brenda, en la rue Cuvillier.

—Imposible— murmuré al observar el cuerpo esbelto, de piernas y nalgas macizas y cabellera rizada.

Ningún parecido a la percherona yegua madrileña.

Agradecí mi buena estrella.

Sin hacer ruido, abandoné el lecho. Necesitaba apergollar una cerveza del refrigerador.

Durante el recorrido, desnudo y descalzo, me reencontré con nuestra ropa, esparcida, desde la sala a la recámara conyugal.

Dos botellas vacías de ron seguían de pie en la mesa de centro.

Lo mismo, un condón cargado de espermatozoides, sin vida, y las bragas negras, de encaje, que Lisandra estrenó para deslumbrarme.

En la puerta del refrigerador, tras un metal imantado, colgaba la nota de despedida de Roberto.

Le recordaba a su mujer el pago a Hydro Quebec por los servicios de la energía eléctrica y el agua caliente.

Y en letras mayúsculas, de molde, escribió:

La mujer prudente viene del Señor. Me disculpo por sembrar tristeza en tu corazón.

Recordé la historia de amor y pasión, narrada por Lisandra, entre hipeos y besos.

Sin duda, el detective privado se refociló al redactar el detallado informe sobre la relación extramarital del cocinero y Maya, el transexual caribeño.

—0—

Roberto conoció a Maya en el restaurante italiano donde trabajaba.

Fue amor a primera vista, según subrayó perversamente el detective.

Maya solicitó un presupuesto para una comilona. Su amiga, Jenna Talackova obtuvo el título Miss-trans Vancouver y lo celebrarían.

 El administrador del restaurante Bon Appétit comisionó a Roberto para atender a Maya.

—Por favor, muéstrele la relación de platillos y vinos de mesa…

Después del encuentro, el chef fue al departamento de Maya para cerrar el trato del menú. Ahí, en la intimidad, Roberto decidió salir del closet.

 No le importó que Maya, quince años menor a él, fuera una chica scort y prostituta.

—0—

Lisandra, antes de meternos a la cama, me reveló aspectos íntimos de su ruptura. Le urgía desahogarse:

—Mi marido y ese muchacho empezaron a tener citas íntimas por dinero, pero el negro terminó rendido a la caballerosidad de Bob. No me di cuenta de inmediato, sino un mes después, al regresar del trabajo. Estaba ebrio y quiso forzarme. Debes saber que la sodomía está prohibida por nuestra iglesia.

—Entiendo que la sodomía es entre hombres, no hombre con mujer. —dije algo caliente—. Eso supongo…

La abracé por la espalda, besándole la nuca y espalda.

—Eso lo discutiremos más tarde… —respondió cachonda, entrecerrado los ojos e inclinando la cabeza hacia mí.

—0—

Lisandra intuyó que su matrimonio trastabillaba.

El primogénito abrió la primera compuerta del escándalo.

El motivo:

Descubrir a su padre besándose con un hueco en el interior de un taxi.

La escena tuvo lugar a dos cuadras de la Gran Biblioteca del viejo Montreal.

El muchacho supuso que Maya era una mujer.

El escándalo caló al enterarse de la verdad.

Sus padres lo habían educado bajo los cánones de una iglesia enemiga de la bigamia y sodomía.

Betito Jr. puso al tanto a su madre de su descubrimiento.

Los arrumacos de Maya y el cocinero iniciaron en el cruce de Saint Catherine y Bleury.

El chisme se viralizó en la Congregación de Cristo.

Y entonces Lisandra decidió contratar a un detective privado para conocer la verdad.

Ignoraba, hasta ese momento, que su rival de amores era un hombre con senos y nalgas postizas, muy semejante a una rumbera caribeña.

—0—

El cocinero se sinceró con Lisandra.

—Es verdad y no voy a negarlo —asentó Roberto (según me contó Lisandra)—. Es posible que jamás lo comprendieras y estoy consciente que así sea. Yo amo a esta mujer

—Es hombre, Roberto… ¡Hombre! ¡Déjate de mentir y tratar de engañarnos!

—Es mujer. Su naturaleza es de mujer y Dios lo sabe…

—No metas a Dios en tu sodomía, Roberto, vives en pecado y aun tienes tiempo de arrepentirte. Tus hijos lo saben… Ese hombre se prostituye y puedes contraer enfermedades venéreas y hasta SIDA…

No hubo reconciliación. Ambos acordaron aguardar el retorno de sus hijos —de paseo en Panamá— y empezar el proceso de divorcio.

Mientras se resolvía el litigio, Maya y el cocinero rentarían un departamento. El transexual le aclaró que no dejaría su trabajo y militancia en la comunidad lésbica, transexual y homosexual. Sus servicios de cama continuaría promocionándolos en una treintena de páginas de Internet.

—0—

—¿En qué fallé, Venancio? —lloriqueaba Lisandra mientras recibía mis arremetidas perrunas en la mesa de centro—. Si nunca lo engañé… siempre lo cuidé y procreamos dos hermosos hijos. ¿Cuál fue mi equivocación?

—No haber sido una leona en la cama, corazón —respondí entre resoplidos—. Eso quería…  y te asustaste… Ahora tiene todo… y deja todo… hasta su iglesia, por no perderlo… El hombre siempre quiere una leona en la cama… Corazón… Corazón…

Y ya en la recámara, tras el candente fragor en todos los rincones de la sala, Lisandra experimentó en carne propia, lo que tanto anhelaba su marido: dar metralla en todos los lugares prohibidos de su esposa.

Y yo fui el afortunado en abrir la brecha.

No dudé, ni tantito,  que, en su afán de borrar las muecas de conmiseración de sus hermanos de iglesia, rompiera sus propias reglas de intolerancia carnal.

La entrega fue absoluta.

Y al final, como apunta un viejo refrán, en el amor y la guerra todo está permitido

HEMEROTECA:El cine – Antonin Artaud

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