ARRULLO DEL OLVIDO

soledadq17

Obdulia fue insistente. Le urgía hablar con Regino e informarle de la tragedia: el incendio de la Residencia.

—Durante el siniestro —repitió—, Elisa se encontraba en el dormitorio con tres ancianos. Nada sabemos de ellos…

La enfermera se sorprendió por el comportamiento de la paciente con alzheimer. Llegó a dudar de lo que escuchaba.

 —Tengo que hacerlo, necesito hablar por teléfono, señorita Daphnée… Mi amigo Regino tiene que saber la verdad,  conocer sobre el paradero de Elisa… Por favor…

—Déjeme consultarlo con la doctora Deslanreau…

El sol tardaría en arribar a la isla.

En el hospital, aun resonaban los gritos de los pacientes y el personal médico…

La doctora Deslanreau, menuda y nerviosa, entró a la habitación, seguida por una enfermera de ojos oblicuos y tez pálida. Después de checar minuciosamente  a Obdulia, le permitió usar el teléfono para comunicarse con Regino.

El paralegal estaba inscrito en la lista de amigos y familiares con derecho a recibir información sobre los estados de salud de Elisa Monteros y Obdulia Montaño, internas de la Residencia del Sacré-Coeur de Jésus.

Obdulia sorprendió a los doctores y enfermeras.  Lucida, exigía conocer el paradero de Elisa, su entrañable amiga y compañera de cautiverio.

El alzheimer normalmente la tenía sumida en prolongados lapsos de silencio y aislamiento.

Por lo mismo, su hija Morelia optó por internarla en el asilo, bajo el cuidado de geriatras y enfermeras. Sus dos hijos pequeños dependían de su salario.

Obdulia cubría sus gastos de sobrevivencia con los mil quinientos dólares mensuales de su pensión. La anciana era originaria del saladero del Cerro, barrio pobre de Montevideo, Uruguay. Desde su arribo a Montreal, trabajó de peinadora en la industria del entretenimiento de la Place des Arts, sede de seis teatros y un antiguo refugio de escritores, poetas, escultores y pintores de ideología socialista.

El problema neurodegenerativo de Obdulia sacudió a Morelia.

Y no era para menos.

En una ocasión olvidó recoger en la guardería a su nieta de tres años. Presa de un ataque de histeria, Obdulia se encerró en el sanitario de un restaurante. La policía forzó la puerta.

La anciana fue internada en el hospital psiquiátrico Rivière-des-Prairies. Después de una valoración médica, le detectaron la pérdida gradual de la memoria. Terminó en la Residencia del Sacré-Coeur de Jésus.

Elisa, consciente del mal que aquejaba a su amiga, escribió un  breve relato: Arrullo del olvido.

Y Regino y El Pelón Cañedo lo hicieron público.

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ARRULLO DEL OLVIDO

La isla, un mojón de betún remojado y pegajoso.

La gente dando tumbos por las calles, sin preocuparse por el veloz transitar de los automotores.

Lisandro no alcanzaba a divisar la esquina contraria. Era ajeno al momento. El bebé estaba completamente empapado.

El viejo había perdido la memoria.

Lisandro simplemente trotaba bajo la tormenta. Desconocía el motivo de su salida del edificio donde vivía con su hija y el nieto que llevaba en sus brazos.

“¿Por qué precisamente ahorita?”

La respuesta revoloteó en su subconsciente, sin asidero racional.

En la guardería le entregaron al bebé. Un asunto de rutina.

El viejo pensionado era conocido por la ex cuñada de su hija y tenía una autorización escrita para recoger a Aristóbulo dos veces por semana.

Y entonces algo impensable ocurrió.

El viejo, de setenta años, y Aristóbulo, de cinco meses, quedaron al garete. En una ciudad alimentada por la contaminación y las prisas.

Los aguaceros septembrinos hicieron estropicios.

La arquitectura urbana del lado oriente se desdibujó por el chapopote de la oscuridad.

—¡Señorita, señorita, podría ayudarme a cons..!

La mujer negra, bajo un horrendo paraguas amarillo, no quiso escucharlo. Apresuró sus pasos hacia la parada del autobús.

Tres transeúntes adultos y aprensivos, casi los arrollaron. Fueron indiferentes a los berridos de Aristóbulo.

Les urgía abordar el autobús. Era un asunto de vida o muerte. Se trataba de  la última corrida. De no abordar la unidad, tendrían que sacrificar el salario del día en el alquiler de un taxi.

Cada calle de Hochelaga era un arroyo de lodo y espuma pestilente.

Los desechos rodaban hasta los escurrideros del rio Saint Lawrence.

El agua pluvial alcanzó a elevarse medio metro. En su afán de alcanzar su objetivo, la gente chacoteaba sin remangarse la ropa. Les urgía llegar a la comodidad de su hogar y dejar atrás el infierno cotidiano del trabajo.

El reloj de la catedral recordaba con sus golpeteos metálicos el arribo de la medianoche.

Por el fragor de los relámpagos y truenos, la tormenta duraría hasta el amanecer.

Lo prudente era recogerse en el lecho o en permanecer en los locales de trabajo.

Por desgracia, Aristóbulo dependía del abuelo y éste de su memoria.

Paquette, por un asunto amoroso, no dormiría en su cama. Aristóbulo estaba  bajo la protección del abuelo. Lo imaginó en la cuna, vaciando su mamila de leche.

Paquette prefirió no comunicarse con su padre. Odiaba sus consabidos reclamos y maldiciones. Poseía el remedio infalible: regalarle un billete de lotería de tres dólares o una botella de whisky.

Y como la tragedia griega de Sísifo, cada fin de semana la protesta era acallada con pequeños sobornos…

HEMEROTECA: 18 junio 2019TvNotas –

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