TEMPORADA DE GANANCIAS

la langosta portada—¿Por qué tan callado?

—No tengo tema, prefiero no abrir la boca…

—Haces bien… Después del largo invierno, mejor callar y disfrutar el verano…

Gustave no oculta su embriaguez. Lo evidencia cuando se enconcha. Es una caja fuerte sin combinación.

Ni Pech o Viviana le arrancan una palabra.

La semana está por concluir. Los colegios se han silenciado. Las puertas infernales del descanso veraniego huelen a violencia y derroche.

Montreal enfrentará una ola incontrolable de escolapios sin freno.

Gustave está pensionado. El gobierno canadiense le deposita mil setecientos dólares mensuales. Ni eso le da paz. Sus deudas lo tienen atado en su sucio departamento. En esta temporada vacacional no viajará a La Habana.

Interrumpo mis reflexiones.

Un agrio hedor a sudor inunda el bar.

Bachelard es el responsable. Llega a la barra y sin saludar, pide una cubeta de cervezas. Paga con un billete de cincuenta dólares y no aguarda el cambio.

Pech me pide entregárselo.

Bachelard es un freudista empedernido. Nunca se desprende del libro El malestar de la cultura. Precisamente de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis.

La pulsación de muerte se impone sobre la pulsación de eros, recita el viejo nariz-de-nabo.

Bachelard es hostil, como Gustave. Los dos carecen de mujer e hijos. Los une el alcohol y silencio. Tienen un pasado hedonista y agresivo.

Viviana me comentó que Gustave trabajó de celador en Manitoba. Perdió el empleo al participar en un negocio de apuestas. El director del penal organizaba peleas de box con los internos. La noticia trascendió por el periódico The Sun y hubo limpia administrativa en el Headingley Correcional Centre de Winnipeg.

Bachelard no cree en el lado bueno de la gente. Su tesis la respalda con sus lecturas freudianas.

Nunca asiste a una iglesia y rechaza las políticas asistencialistas del gobierno.

—Deberían abrir un crematorio de pobres… —repite antes de meterse al estómago cinco litros de cerveza.

En una ocasión, después de escucharlo, sugerí que leyera a Nietzsche. Sus palabras estaban remojadas de nihilismo.

Otra perla de su autoría:

Usted merece más mi hostilidad y aun mi odio —exclamó Bachelard al ser abordado por un sans-abri con la mano extendida.

Freud asegura que el hombre no es una criatura tierna, necesitada de amor, que solo osaría defenderse si se le atacara. Por el contrario, es un ser agresivo por simple instinto.

La elite del dinero trabaja en ese derrotero: alentar el espíritu criminal de la bestia e imponer miedo. El marxismo, según su lógica, es la esencia del amor que une al jornal asalariado en contra del poder financiero.

—El comunismo es el germen del odio, lo mismo el cristianismo asistencialista —dijo lapidario Bachelard en una breve discusión política con Pech.

Y nuevamente se apoya en Freud:

Los comunistas creen haber descubierto el camino hacia la redención del mal. Según ellos, el hombre sería bueno de todo corazón, abrigaría las mejores intenciones para con el prójimo, pero la institución de la propiedad privada habría corrompido su naturaleza.  La posesión privada de bienes concede a unos el poderío, y con ello la tentación de abusar de los otros; los excluidos de la propiedad deben sublevarse hostilmente contra sus opresores.

Gustave escucha en silencio y se enconcha, tal como lo haría un molusco gasterópodo. Rodea, a su tosca cabeza de batracio, una aurea de alcohol rancio, de destilería clandestina.

Ningún parroquiano habla del clima.

Me extraña.

El verano pintó de colores incandescentes a Montreal. Debería ser tema de recogimiento.

Pech es optimista. La sed arrecia y la cerveza helada corre a chorros.

Temporada de ganancias.

Que cada quien resuelva sus cuitas sin llamar mi atención. Es el lema del peruano.

En fin, Montreal le da cabida a los avariciosos, solidarios, sociópatas y gruñones solitarios.

Puta suerte, ni los viejos felices podemos morir en paz.

HEMEROTECA: el.malestar.de.la.cultura

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