REMORDIMIENTO

el infierno de gaalia13

La razón se altera por un desperfecto eléctrico en las neuronas, según tesis de los estudiosos del tema.

La realidad es captada por la piel, los tímpanos, las retinas y los epitelios.

Un hecho inexplicable.

Sucede y ya.

Por lo pronto, Moisés Estrada enfrentó las consecuencias del clima extremo montrealense.

La depresión e imaginación quedaron bloqueadas.

El ex militar mexicano perdió el control del habla y el idioma.

Empezó a murmurar sin tregua, como un poseído.

Los oyentes, inmersos en su rutina callejera, supusieron que Moisés Estrada hablaba por teléfono. Estampa cotidiana en el transporte público, con ayuda de “un manos libres” o Bluetooth.

Los monólogos multilinguisticos de siempre, sujetos a la tecnología satelital.

 Estrada —como lo registro en pequeñas libretas de pasta dura adquiridas en los dollaramas— no dejaba de sustraerse a la angustia provocada por la ausencia de su amante.

Lluvia Amor enfrentaba el quemante tormento emocional por la falta de estrógenos. Rayaba en la histeria. No quería saber nada de Estrada, el asesino de su marido.

Lluvia Amor optó por regresar a México y reguarnecerse en su tendejón de Rio Grande, junto a sus hijos, nueras y nietos.

     La relación de veinte años tocó fondo. Cada uno, en su epicentro geográfico, tendría que reinventarse a su manera.

Estrada la conoció en Rio Grande, pueblo serrano de callejuelas empedradas y encinales polvosos y sedientos. Lluvia Amor vendía carne de res, pulque, cerveza y tequila de colores.

Estrada la aceptó con sus descendientes, en edad preescolar.

Lluvia Amor atendía a la clientela con un ajustado vestido negro, de luto. Era una viuda atormentada.

Su marido, Miguel Martínez, fue acusado de cuatrero. Sin juicio legal, enfrentó la tortura y maledicencia, antes de ser ejecutado por militares. Los cuatro vástagos de su primer matrimonio corrieron la misma suerte.

Estrada evocó lo ocurrido durante el trayecto de Leamington a Montreal.

Le era difícil superar su vergüenza.

Todo crimen tiene una historia.

Desde su arribo a Rio Grande, el teniente Naib Robles le advirtió que de no obedecer sus órdenes enfrentaría la muerte. Y el mismo destino le aguardaba a sus padres y hermanos.

Los concesionarios de las minas de Sombrerete y Fresnillo estaban interesados en extraer plomo, caolín y cuarzo. Los ejidatarios, indios guachichiles, se oponían a ceder sus tierras por un bajo precio. Por lo mismo, contrataron los servicios de un capo duranguense y del teniente Robles.

En alianza, los militares y sicarios implementaron un operativo de terror: secuestraron y extorsionaron a comerciantes, autoridades ejidales y pequeños propietario. De paso, ejecutaron  a cuatreros, ecologistas, asaltantes de autobuses foráneos y violadores.

     Estrada dejó constancia de lo sucedido en una carta enviada a su mejor amigo. Lo publicado es un extracto:

    “En esa caza desmedida, Miguel Martínez y sus hijos Sadkiel, Gabriel, Rafael y Uriel pagaron con la vida sus andanzas delictivas. Después de una larga persecución entre los picachos de la sierra de Abrego y las llanuras amamantadas con las aguas turbulentas del rio Aguanaval, los Martínez fueron encajonados en una hondonada cercana al parque nacional Sierra de Órganos. Ahí permanecieron un par de días sin agua ni comida hasta que se rindieron.

     “Robles nos dijo que les diéramos carne seca, salada, y nada de líquido. En esos momentos ninguno entendía el trasfondo de sus instrucciones. Los detenidos, muy hambrientos, comieron hasta hartarse y cuando nos pidieron agua, nuestro superior los enfrentó. “¿Quieren agua, culeros? Pues se van a chingar porque van a morirse de sed en pago a sus delitos. Ustedes jamás se tentaron el corazón para asesinar al anciano que se encargaba de cuidar el ganado de los García. Así que ya se los cargó la verga”.

     “Después, nos ordenó que los amarráramos con las manos a la espalda y los amontonamos en un grueso pino que se encontraba a un par de metros del arroyo El Fuerte. De esa manera, escucharían el correr del agua y la tortura psicológica seria mayor. “¡Por favor, ya denos un balazo en la cabeza y déjese de culeradas oficial!, alcanzó a gritar el viejo. Eso encabronó más a Robles, quien se le acercó y le dio una patada en la cara. Todos observamos cómo le arrancaba la nariz con el empeine de la bota y un gran chorro de sangre se escapaba por el orificio. Era horrible lo que ocurría ante nuestros ojos.

     “Finalmente, sin importarle los gritos de los cuatro muchachos — ninguno era mayor a los veinte años–, Robles nos ordenó que los ejecutáramos. Fue cuando yo intenté oponerme y solo recibí amenazas de muerte y una advertencia que, de no obedecer, lo mismo les ocurriría a mis padres y hermanos. El sargento segundo y mis seis compañeros estaban a favor de los asesinatos. Preferí obedecer. Les disparamos ráfagas en la cabeza y posteriormente los descuartizamos a machetazos. “Métanlos en bolsas negras y medio entiérrenlas para que las encuentren y tu sargento, escribe un cartel donde se advierta que eso le pasará a los traidores y soplones y échenle la bronca a los narcos de la región, que se chinguen los putos. Estrada, usted háblele por teléfono a la autoridad municipal de Nombre de Dios para que encuentren los despojos y se les frunza el culo”.

     “Por ese trabajo, las compañas mineras, por medio de un abogado, regaló cincuenta mil pesos a cada soldado raso, cien mil al sargento segundo y dos millones al teniente Robles. Seis meses después, fui promovido para obtener un escalafón y el comandante de la zona militar de Fresnillo me entregó el nombramiento de cabo. La sangre de esos miserables me persiguió día y noche y tuve que recurrir al alcohol, las anfetaminas y la marihuana para intentar calmar mis pesadillas y temores. Imposible, tenía que vengarlos para limpiar mi karma, eso pensé. En las fiestas del Día del Ejército Mexicano, un 19 de febrero, cinco de los nueve integrantes del pelotón homicida nos reunimos en la cabaña de descanso del teniente Robles, en el Rancho Las Pilas de San Felipe. Ahí “la festejaríamos en grande” con prostitutas de Durango y Zacatecas, según nos ofreció nuestro superior. Las bajas temperaturas retrasaron la llegada de las invitadas y ese jueves estuvimos practicando tiro al blanco en una de las cañadas y antes de que el crepúsculo ensangrentara el cielo y las frías aguas de la presa Tetillas, decidí poner en marcha mi plan. Robles, El Turco, Vilchis y el sargento Calixto estaban demasiado ebrios como para resistirse a morir. Así que a dos degollé y al teniente y El Turco les disparé en el abdomen para que se desangraran y no murieran de inmediato. Luego me herí en el antebrazo izquierdo y en un costado, arrojé las armas al lecho de la presa y subí al jeep a los malheridos. Robles no dejaba de maldecir y amenazar. Dejé que se desgañitara antes de asfixiarlo con un plástico. En esa condición conduje hasta el ejido Las Esperanzas donde me atendieron. El Turco murió en el trayecto, nunca se quejó. Mientras superaba mis heridas en Rio Grande, acudí al tendejón de los Martínez y fue ahí donde conocí a la segunda viuda del viejo Miguel.”

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