SELMA SOLEDAD

portsoynorma2INTRODUCCION AL VOLUMEN 2

Perder un hijo es morir en vida.

Tal vez es el mayor dolor que puede sentir un ser humano que ama y vive para sus hijos.

En mi caso, pude experimentarlo.

Difícilmente, desde  el 8 de septiembre de 1960 hasta el último aliento de mi vida, lograré superar la pérdida de mi hija Selma Soledad.

Quise abrir esta parte de mis recuerdos, porque era necesario precisar que Selma Soledad y sus tres hermanas y cuatro hermanos me permitieron vencer adversidades. No dejarme derrotar por la necesidad material y la desesperanza, en un país polarizado por  el socialismo democrático y el fascismo.

Y no es una precisión demagógica, sino cierta.

Las chilenas y chilenos saben de lo que escribo.

Ya habrá suficiente espacio para describir lo ocurrido en el Chile que me tocó vivir, de 1931 a 1985.

Sin embargo, tomé consciencia de mi entorno a partir de 1950, a los 19 años, cuando nació mi primera hija, Consuelo. Me enfrenté, tras ser marcada por la orfandad, al duro trajín de ser madre y una esposa engañada y abusada.

Selma Soledad murió a los tres meses de nacida. Lo hizo en absoluto silencio. Hasta supuse que aun dormía, al comprobar que ya no respiraba.

Su ausencia cala.

Cada vez que escucho la risa de mis nietas y nietos, viene a mi memoria la carita rosada, inocente y angelical de mi pequeña.

Día y noche no dejo de pensar en ella.

Es una herida abierta, sangrante…

El exilio no es una limitante para retornar a Villa Alemana, donde yace bajo una lápida perdida entre cientos, sin nombre y apellidos.

Hasta en estos instantes, cuando intento dejar constancia escrita de mis vivencias, han transcurrido cincuenta y seis años de su muerte. Sufro al saber que está sola y olvidada.

Sus hermanos y hermanas radican en Canadá y Suiza y su padre biológico y Martha, su tia, han muerto.

De su tío Hugo, mi hermano de sangre, nada se. Desconozco su paradero.

Si en el volumen anterior quise abrir mis recuerdos con la perdida visible de mi madre María Jelvez, al incendiarse la única fotografía que conservaba de ella, en esta ocasión lo hago evocando a mi pequeña Selma Soledad.

No logro contener mi llanto.

Ninguna gráfica conservo de ella.

Es posible rememorarla en el silencio del departamento, sin la presencia física de sus hermanas y hermanos.

Villa Alemana fue la comuna que me inyectó sufrimiento. No solo por la pérdida de mi hija, sino por robarme la única imagen impresa que tenia de mi madre, la que nunca conocí, porque falleció al parirme.

En San Francisco de Limache descubrí la simiente amarga y afectiva de mi origen y la sapiencia académica; en Valparaíso experimenté las emociones de la desesperanza, el amor maternal y la pasión y los celos por un hombre y en Villa Alemana, ya entera y decidida a no dejarme vencer, enfrenté el abandono del marido, las penurias económicas y el duelo. Ahí quedaron las cenizas de algo tan cercano a mis entrañas como la vida misma.

No puedo sustraerme a esos recuerdos sombríos y dolorosos.

Selma Soledad, mi Sana o Pacifica Soledad, como podría entenderse su primer nombre de origen árabe, o la Guerrera de Dios, de acuerdo a la etimología germánica.

Selma Soledad seguramente hubiera seguido los pasos de sus hermanas y hermanos. Nunca desfallecería ante la adversidad y cansancio. De ahí su origen y el propósito de ser parte  de la familia González Jelvez: inmigrante y creyente de Dios y de una libertad sin prejuicios raciales o sexuales.

Estoy consciente que pronto me reuniré con mis padres biológicos —Hugo González y María Jelvez— y de crianza —Guillermo y Emma Shaw—. De igual manera, con mi hija Selma Soledad y mis hermanas Martha, Julia y Frida.

Martha es mi hermana de sangre.

Nuestro reencuentro será para recuperar el tiempo perdido y allanarles el camino de paz, amor y felicidad a quienes continuarán perpetuando, en la tierra, a los González-Jelvez.

Chile es el asiento de nuestra sangre y patria.

En mi caso, Canadá es la arca protectora que me permite envejecer con lucidez y dignidad.

Y Canadá es el país donde quiero ser enterrada.

HEMEROTECA: Harnecker Marta – Los Conceptos Elementales Del Materialismo Historico

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