SIN ALAS AL VACIO

portada en la entrana del castorRosalba Luna decidió esconder los espejos para no ver los devastadores estropicios del tiempo. Lo mismo hizo con sus recuerdos, los más desagradables.

Ya con los achaques de la edad, metida de evangelizadora, hizo de su cuerpo, aun tocable y besable, el baptisterio de los enamorados precoces.

Era su sino.

Ni como zafarse.

Veamos, pensó, si ellos fueron seiscientos sesenta y seis y yo la única, ¿por qué debo seguir fija en los calendarios de las tortillerías y talleres mecánicos?

La ocurrencia del fotógrafo de El Heraldo la arrastró al estrellato.

Era cosa de verse en cueros, sobre la sábana roja y los cabellos solares, algo ensortijados, dispersos y llameantes.

El hombre, pasado de kilos y piernas muy flacas, tuvo su recompensa y la inmortalizó.

—Está usted rechula, Rosalba, mire, mire… Marilyn Monroe vale madres ante sus carnes tan exquisitas…  Y fíjese que ni la escondo, que la vean mi vieja y mis hijos. Las estrellas están para ser admiradas.

Francisco Antonio tenía su tienda de abarrotes. De paso, distribuía al menudeo marihuana y tachas de heroína.

Durante año y medio le envió a Rosalba una despensa mensual. Ella tenía su departamento en la cerrada de Iztaccihuatl.

Rosalba Luna había intimidado en dos ocasiones con el viejo puchador. Y lo hizo para obtener alimentos y ropa. Era su doctrina de vida.

Nada es gratuito, quien demanda, paga y manda.

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Lo ocurrido en la habitación 201 del Motel Las Brisas parecía extraído de un filme fellinesco.

La baja estatura del amante fortuito, casi un enano, requirió de un pequeño banco de madera barnizada para hacer el mete-saca. De otra manera hubiese sido casi imposible penetrarla a plenitud y de espaldas, como ella lo exigía.

—¿Me imagino que fue traumante? —pregunté en uno de nuestros encuentros de cama.

—Para nada, ¡que bah!… —respondió burlona—. La naturaleza compensa y Panchito es un burro y no por tonto. Lo que me bajó la guardia fue su aliento de caño.

—0—

En la cafetería de Sanborns, tres amigas festinaron la ocurrencia.

Rosalba tenía la destreza de convertir en esperpentos de comedia medieval a sus parejas ocasionales. Como si los extrajera del Decamerón de Boccaccio. Ninguno escapaba a su vitriólico sentido del humor.

Rosalba poseía tantas vivencias sexuales y tuvo la paciencia en anotar en libretas las más relevantes.

Por ejemplo, un martes 3 de septiembre escribió:

“Le debo una canción al recuerdo, a la nostalgia y al olvido. La  canción que nunca más será cantada, y en lugar de eso escribiré unos versos inconexos, sin rima, sin ton ni son, sin algarabía. Quizás sean un intento de un cuento mal contado. Algunas historias cocidas en remiendos, recogidas de aquí y allá, de distintos tiempos, de años entumidos que enmohecieron de apatía”.

—Oye amiga, ¿te acuerdas del indito purépecha, el de Leamington? Cuéntanos, cuéntanos amiga —demandó Armida, la concubina de un comandante de la policía ministerial federal.

Rosalba dudó unos segundos.

Le desagradaba evocar a Carmelo López.

Por esa aventura sexual, aún incomprendida por sus compañeras de mesa, concluyó una de sus pocas relaciones sentimentales honestas.

Joel Guerra la abandonó y enfrentó emocionalmente momentos difíciles. Tuvo pensamientos suicidas.

Sin embargo, Rosalba sabía reinventarse, seguir remando en las aguas sulfurosas de los desamores sin destino.

Terminaba convenciéndose de ser ajena a las rupturas sentimentales. Y lo repetía ante sus amigas de café:

—La vida me da nuevas oportunidades de ser respetada y hacen cola mis admiradores. Estos pendejos se creen bordados a mano.

Armida insistió. Le urgía saber de Carmelo López.

Rosalba la complació, no muy convencida:

—Lo hacíamos en el cuarto de las calderas del edificio, de pie y de espaldas, como me gusta. Carmelo jadeaba y me apretaba las chiches con sus toscas manos de labrador. Pobre, trabajaba hasta catorce horas diarias para darme dinero. En su rancho de Ecuandureo sembraba aguacates y su mujer y cinco hijos lo atendían, mientras él trabajaba de jornalero en una granja de tomates y pepinos de Leamington. No era mal hombre, pero pésimo amante. Lo único que lamento fue que Joel nos descubriera y esa relación, que en verdad le daba sentido emocional a esa etapa de mi vida, se fuera al basurero. Tardé más de un año en salir de esa depresión, amiga. Prefiero que cambiemos de tema…”.

Rosalba anotó esa noche:

“Hoy mi pluma se aventura a los abismos más oscuros del pasado. De un pasado que ya no es grato ni añorado, pero que ahí está, que existe, arrinconado y arrumbado.”

Sus amores perros, como los llamaba, los contaba con una mano: Pedro Torres, el pasante de medicina; Arturo Neri, el ingeniero civil que terminó pobre y alcoholizado; Amado Fernández, un traficante de cocaína, oriundo de Chiapas, que mandó imprimir los calendarios de su desnudez sobre la sábana roja y promocionó su carrera de strippers en centros nocturnos de Chicago y San Francisco y Joel Guerra, un modesto tecladista de bares y frustrado poeta, algo cegatón y que le encantaba vivir entre ratas y cucarachas.

De Joel Guerra, apuntó en un texto evocativo:

“Hablaré de un personaje antagónico y ambiguo, conversador de buena cepa, natural, urbano, tan común, que duele. Siempre con la frase lista, aunque muchas veces, burda, vulgar, grosera e imprecisa, conocedor también del silencio y la prudencia. Un personaje que pudiendo alcanzar el cielo y las estrellas, se lanzó sin alas al vacío, aun después de haber sido besado por las bellas. Y ya sin patria ni bandera, se adentró a los confines más absurdos de la tierra. Dedico estas líneas al hombre soñador de bares, cantinas y quilombos, al hombre que pudiendo ser, no quiso; prefiriendo volver a sus inicios de cloacas y de escombros.”

Rosalba tuvo que disculparse ante sus amigas y abandonó la mesa.

Mientras se lavaba las manos, no dejó de mirarse en el gran espejo del sanitario.

El corrido de La Yegua Menonita empezó a retumbar,  en un afán de echarle más sal a la herida…

Armida lo solicitó y el tecladista no se hizo de rogar. Mandaban los cincuenta dólares de propina.

“Cabrona…”

Y Rosalba ya no regresó a la mesa.

—0—

LA YEGUA MENONITA

Cómo me acuerdo de ti

Cuando voy a los potreros

En un invierno perdí

su huella entre los cruceros.

Altiva como los pinos,

Silvestre como el gatuño,

Una fogata de encinos

Nos quema bajo su cuño.

Rejega cuando montaba

sus ancas de yegua fina;

En sus relinchos hallaba

La miel, la rosa y la espina.

De Chopeque a Cerro Prieto,

Del Álamo a Cusihuiriachi

Se escuchará, lo prometo,

Su corrido con mariachi.

Su fama llegó a Guerrero,

Cuauhtémoc y Pedernales;

a los campos del Terrero,

a los pueblos carbajales.

Quien la montó no la olvida,

Sufre la llaga del fuego

Y en las galeras se anida

Una canción del labriego.

En los ranchos aledaños

Su estampa siempre perdura.

Los potros trotan huraños

Se olvidan de la pastura.

De Chopeque a Cerro Prieto,

Del Álamo a Cusihuiriachi

Se escuchará, lo prometo,

Su corrido con mariachi.

En las montañas serranas

Los vaqueros se dan cita

Y preparan sus manganas

Por la yegua menonita.

Mientras el tren pita y pita

Por cantiles y llanuras

La potranca menonita

Se aparece en las alturas.

Silbando entre los maizales

El viento la yerba arranca

y la luna en los corrales

ilumina a la potranca.

De Chopeque a Cerro Prieto,

Del Álamo a Cusihuiriachi

Se escuchará, lo prometo

Su corrido con mariachi.

HEMEROTECA: Razones para la anarquia – Noam Chomsky

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