¡WACHA BATO!

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Angustiado. No lo niego.

Meterme en los umbrales de la muerte, por el trabajo reporteril, alteró radicalmente mi tranquilidad.

 En las décadas de los ochenta y noventa, Ciudad Juárez era una garita de corrupción y crimen.

Los periódicos registraban diariamente los hechos violentos, sin necesidad de maquillar las ejecuciones.

El clima de julio, no menos de 35 grados centígrados, abonaba inquina. El insomnio y la venta de cerveza se elevaban. Jamás cerraban sus puertas los bares y centros nocturnos.

Lo mismo ocurría con los picaderos y las maquiladoras.

De ahí que el personal del Diario laborara las veinticuatro horas del día. Dos reporteros  gráficos estaban alertas de lo que ocurriera durante la noche.

“En cualquier momento salta la liebre”, advertía el director editorial.

El periódico circulaba todo el año.

Los reporteros de guardia jamás se separaban de sus radio-scanner. La misma maldición la experimentaba J, el jefe de los fotógrafos. Registrar gráficamente el hecho ocurrido garantizaba una mejor venta del periódico.

El público sentía un descarado morbo al ver fotografías con cadáveres ensangrentados.

Una vez por semana, el Arre Machos era asignado a la guardia nocturna. En varias ocasiones lo acompañé durante sus incursiones reporteriles. Fui testigo del levantamiento de heridos y cadáveres por paramédicos y personal del servicio forense.

En las colonias Lomas de Poleo y Puerto Anapra, de la zona norponiente de la ciudad, eran continuos los crímenes de mujeres.

Puerto Anapra colindaba con Sunland Park, Texas.

Los burreros y coyotes utilizaban ese sector semidesértico para cruzar droga y migrantes.

La vigilancia policiaca era inexistente.

El hecho corroboraba la complicidad de los tres niveles de gobierno —e incluyo a la Agencia Antidrogas de los Estados Unidos (DEA)— con el crimen organizado.

Asesinar pobres era un negocio mediático y de las funerarias.

Los sicarios tenían vetado internarse en los fraccionamientos de las familias adineradas. Ahi habitaban los capos del narcotráfico, políticos de primer nivel y empresarios. Por ejemplo, en Country Racket, Campestre, Misión de Los Lagos y Puerta del Sol.

En mis primeras incursiones de reportero policiaco, tuve contacto con los compañeros de la fuente de otros medios informativos. Los consideraba mis adversarios, no aliados.

Un reportero fiel a su empresa, tiene la tarea de obtener información exclusiva. Eso lo distingue en el gremio.

Arre Machos me presentó a sus colegas y al director de comunicación social de la Procuraduría General de Justicia del Estado, MR. Lo mismo hizo cuando arribamos a las instalaciones de la delegación de la Procuraduría General de la Republica, el Centro de Reinserción Social (Cereso) y los juzgados locales y federales.  En las cuatro fuentes obtuve la información de rutina: detenciones de rijosos y robacasas, suicidas y la comparecencia, ante un juez de distrito, de un narcotraficante de medio pelo.

El miércoles 3 de julio publicaron la segunda parte de mi reportaje sobre Samalayuca.

Lo intitularon:

SAMALAYUCA, PUERTA

ABIERTA A LA IMPUNIDAD

Samalayuca, Chih.- La espera concluyó ayer a las 2:15 horas. La Blazer negra de doble tracción y defensas plateadas y brillantes, brincoteó. Detuvo su marcha en un recodo de la brecha.

Wacha bato… wacha… —susurró el ex policía preventivo y señaló hacia un punto brumoso, cercano a la cueva donde nos reguarnecíamos.

En ese punto habría un encuentro.

De entre la serranía, por el lado contrario, hizo su aparición una camioneta de redilas, desvencijada y ruidosa.

Los dos vehículos quedan enfrentados. Descienden los conductores, se saludan de mano e intercambian las llaves.

La Blazer, con nuevo piloto, continúa su marcha, hacia el sur y se pierde en el escollado camino que enlaza con la autopista panamericana, lejos de la garita aduanal del kilómetro 30.

—Otro mueble robado —confirma el ex policía preventivo, vecino del lugar.

Una más de las 45 transacciones por semana de autos robados, contrabando de fayuca o enervantes. Las realizan en treinta brechas clandestinas de esta parte escabrosa del ejido Ojo de la Casa, en Samalayuca, donde radican mil 200 habitantes.

El ex presidente seccional, Gerardo Anaya Chávez es de los pocos que ha puesto el dedo en la llaga.

Nada hace el gobierno, para erradicarlo.

Por ejemplo, en marzo, Anaya Chávez y varios ejidatarios se entrevistaron con el administrador de la Aduana en Ciudad Juárez, Hernán Farriols Sarabia. Le expusieron la queja.

 El dirigente, dijo:

—Yo no entiendo por qué nos exigen tanto a los de Samalayuca y hasta nos tratan como contrabandistas, si hay un chingo de veredas donde pasan y pasan carros con fayuca, muebles robados y droga. Allá es donde realmente se necesita la vigilancia, no en la garita donde hay que caernos con la mochada para pasar.

El funcionario contestó, molesto:

—La mochada fue erradicada en mi administración.

Durante el gobierno de Miguel de la Madrid, el pueblo de Samalayuca recibió una de las pocas noticias gratas. Por decreto presidencial, la garita aduanal del kilómetro 28, sería trasladada al 77, muy por abajo de la comunidad.

A un lado de la infinita serpiente de asfalto, el gobierno federal instaló, durante tres años, una garita provisional. La revisión de autos y camionetas se convirtió en una constante.

En el segundo año de gobierno de Carlos Salinas de Gortari se dio marcha atrás al decreto. En 1989 construyeron un nuevo centro de supervisión aduanal en el kilómetro 30. Los samalayucenses nuevamente fueron extorsionados.

Leopoldo Canizales, entonces presidente seccional y hoy diputado local, encabezó las protestas al considerar un agravio el convertirlos en extranjeros de su propio municipio.

Por su parte, el presidente seccional, Guillermo Esparza Saldaña, apunta:

—Nuestro reclamo era justo. Todos somos juarenses y ya en la garita nos daban un trato de sospechosos y delincuentes.

Y añade:

—El administrador de la Aduana le dio instrucciones a sus agentes para que todo auto fronterizo fuera recogido al llegar a la garita. Los habitantes de Samalayuca evitamos viajar  a Ciudad Juárez y para burlar la requisa y comprar vehículos fronterizos tuvimos que utilizar las veredas clandestinas del ejido Ojo de la Casas.

Hace cinco meses, por la presión ejercida por los chilaquiles —así llaman a los agentes aduanales al provenir de la Ciudad de México—, los pobladores bloquearon la autopista. El gobierno federal tuvo que negociar.

Anaya Chávez reconoce que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, de donde depende la Aduana, aceptó permitirles usar carros fronterizos en su comunidad. A la vez, se comprometieron a regularizarlos y acreditar su propiedad al internarse por la garita.

Aun así, asegura, les han impedido adquirir refacciones de tractores agrícolas en los Estados Unidos. Por lo mismo, cuarenta tractores se encuentran inactivos en los solares de sus viviendas.

Anaya Chávez cuestiona a las autoridades aduanales por ser muy rigoristas. Por otro lado, permite el contrabando de fayuca, enervantes y autos fronterizos, robados o comprados.

Ironiza:

—Circulan libremente por las treinta brechas que existen por la serranía de Samalayuca y jamás lo ven estos señores.

Y suelta más datos:

—Un promedio de tres autos fronterizos diarios son internados ilegalmente al sur del país y, a la vez, cuatro o cinco vehículos cargados de fayuca o droga incursionan por Samalayuca. Unos van, otros vienen y nadie hace algo para detenerlos.

El comandante de la policía preventiva, Julio César Valdez Martínez afirma que es un secreto a voces la presencia del contrabando de autos y mercancías estadounidenses por veredas de Samalayuca.

—Aquí todos lo comentan… todos aquí lo saben, pero no nos corresponde a nosotros intervenir. Menos cuando sabemos que pueden estar conectadas gentes de poder, relacionadas al narcotráfico…

En Samalayuca laboran cuatro policías preventivos.

Valdez Martínez confirma con preocupación que jóvenes de la comarca empiezan a relacionarse con negocios ilícitos, conectados al traslado de enervantes a Ciudad Juárez.

—Esta situación ha provocado que armas de alto poder salgan a relucir y sean, menores de edad quienes las porten.

El 4 de mayo, quince jóvenes dieron una demostración de fuerza al enfrentarse, pistola en mano, con los policías. Estos eran  encabezados por el comandante, Isidro Rivera Meza.

Los hechos ocurrieron a las 21:30 horas.

Los muchachos se encontraban en estado de ebriedad y escandalizaban en la vía pública, cerca de la autopista Panamericana.

Los uniformados intentaron calmarlos. En respuesta, salieron las armas a relucir. Por los cuatro costados empezaron a dispararle a los policías. Las balas entraron por la parte trasera de su patrulla. En un acto de audacia, el conductor logró evadir el cerco y en la huida atropelló a uno de los agresores.

—Nos salvamos de milagro, porque los jóvenes dispararon a matar —recuerda uno de los policías.

El comandante Rivera Meza fue removido del cargo. Ningún agresor terminó en la cárcel o es sujeto a juicio penal.

Hace dos semanas tomó posesión el nuevo jefe de la policía preventiva de Samalayuca, Valdez Martínez.

En entrevista, dijo que su estrategia de mando es el dialogo. No quiere convertirse en enemigo de los pobladores. Algunos, puntualiza, tienen contacto con el crimen organizado.

Y abunda:

—En Samalayuca nos movemos en terreno minado. Ya conocemos a quienes delinquen y son focos rojos para la policía municipal. Es mejor sobrellevar las cosas e involucrar a los padres de familia en los operativos de seguridad. No deseamos ser mártires. Ni tenemos la capacidad de defensa, ni somos ajenos a la comunidad, porque todos mis elementos son gente de Samalayuca.

Uno de los uniformados, durante la misma entrevista, revela que los delincuentes no han actuado en su contra por ser del pueblo.

—Si ellos nos tocan, saben que su familia corre peligro. Aquí todos nos conocemos y es mejor que  la llevemos tranquila.

Los fines de semana, la venta de cerveza se incrementa.

En las calles es común ver libar a pequeños grupos de jóvenes. Los vecinos se han acostumbrado a escuchar disparos de armas de fuego.

El comandante Valdez Martínez solicitó apoyo en la Dirección General de Policía. Los viernes y sábados se presentan dos patrullas, entre las seis de la tarde y once de la noche.

El presidente seccional, Esparza Saldaña, revela que hay preocupación entre los padres de familia por los riesgos constantes.

—A nadie le conviene que el pandillerismo altere la tranquilidad de un pueblo que ha sobresalido por su gran espíritu de trabajo, honestidad y organización —reitera.

Los traficantes de la droga y contrabandistas tienen el control de la zona.

El principal reto que enfrentan las autoridades locales, es que Samalayuca no se convierta en un pueblo burrero y de sicariato.

Es un asunto de vida y muerte que tiene en jaque a los pobladores.

Y en esta realidad es muy fácil corromper a los policías adscritos.

HEMEROTECA: 25 junio 2019TvNotas

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