LA GUAGUA

portsoynorma21

La guagua no paraba de llorar.

Norma Luisa, aun con dolores del posparto, no tenía suficiente fuerza para ponerse de pie y amamantar a su hija. Su delgadez preocupó a Emma.

Supuso que no tendría suficiente leche para alimentar a la recién nacida, cárdena y vital.

—¡Ay muchacha! Vos estás muy desvalida para atender a tu hija… Hay que darle tetera…

—Deja que lo intente, mujer… —sugirió el Gringuito.

Las observaba desde el quicio de la puerta.

Norma Luisa prefirió no interferir. El recuerdo de Manuel Ernesto le incomodaba.

La madre del muchacho, doña Carmela, estuvo atenta del embarazo. Una semana después del alumbramiento acudió a la casa de los Shaw y prometió que, ella y su marido, pondrían su parte en la manutención de su nieta.

—Ese sinvergüenza tiene que responder, es un cabro que ya debe madurar y cuidar de su familia…

Para Norma Luisa significaba mucho el tener a su lado a Manuel Ernesto. Lo amaba, a pesar de estar consciente que era un mujeriego, borracho y desobligado.

Su corta edad no era un impedimento.

Sus lecturas de marxismo-leninismo y militancia sindical, al lado de los estibadores de puertos de Valparaíso, alimentaban su desdén por la familia. La consideraba una célula pequeñoburguesa que imponía sujeciones alejadas a los principios revolucionarios y al amor libre.

En uno de sus encuentros en Valparaíso, Manuel Ernesto le repitió a Norma Luisa lo expresado con antelación por el padre del comunismo científico:

“La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían a la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares.”

Por lo tanto, según Manuel Ernesto, el capitalismo había convertido el amor, la pasión y la libertad conyugal en medios de opresión.

 Una simple relación comercial en la que el hombre llevaba las de perder.

El Gringuito, enterado de la diatriba de Manuel Ernesto, consolaba a Norma Luisa. Le aseguraba que el padre de su hija tarde o temprano tendría que madurar y reconocer su equivocación.

1950 era un año convulso, muy politizado. La mayoría de jornaleros rurales y obreros enfrentaba el desempleo, hambre y represión castrense.

La recesión pegaba a lo largo y ancho del país y los socialistas y comunistas se aprestaban a tomar el poder político, vía las urnas.

Uno de los precandidatos a la presidencia de la republica con mayor ascendencia popular era el senador socialista y médico cirujano, Salvador Allende.

En dos años habría elecciones presidenciales. Los estibadores, obreros industriales y trabajadores de las minas y salitreras realizaban reuniones clandestinas para defender sus derechos laborales e impedir que, la ultraderecha y los fascistas sustituyeran en el gobierno federal al abogado Gabriel González Rivera. Éste había llegado a la presidencia de la república con el apoyo de los demócratas del partido Radical y los comunistas, a quienes después traicionó, al imponer la llamada Ley Maldita que convertía a los marxistas-leninistas del Partido Comunista en proscritos y terroristas.

—Manuel Ernesto no es ajeno a lo que pasa en Chile —le reiteraba el Gringuito a Norma Luisa—, ya verás como cuando vea a su hija, se pondrá feliz y ten la seguridad que querrá casarte contigo y darte un hogar…

Un mes después de nacer Consuelo Ernestina del Carmen —finales de noviembre—, Manuel Ernesto tocó la puerta de la casa de los Shaw. Llegó con un gran ramo de acacias y rosas rojas, acompañado de su madre y padrastro.

Norma Luisa lo recibió con sequedad. Sin embargo, no ocultó su alegría cuando el muchacho cargó a su hija y besó sus regordetas mejillas.

La visita fue corta.

Las dos familias acordaron volverse a reunir y planear la fecha de la boda por lo civil.

Lo importante era proteger legalmente a la guagua.

Norma Luisa estaba molesta, porque Olga Vera le había comentado que Manuel Ernesto,  en dos viajes anteriores a San Francisco de Limache, lo hizo en compañía de una mujer joven.

—El muy huevón no paraba de besarla en el restaurante de la estación del ferrocarril donde lo esperó… De antemano se nota que es una mujer de la calle…

—Nada más que lo vea le voy a sacar la cresta a ese cara de raja —explotó Norma Luisa, aún convaleciente del parto.

—Cálmate, mujer —exclamó la amiga—, que vas a dejar sin leche a tu guagua

Emma y doña Carmen la hicieron entrar en razón.

En uno de los paseos sabatinos al parque Brasil, doña Carmen  le recordó a Norma Luisa que los hombres son infieles por naturaleza.

—Todo depende de la mujer para que el marido no deje el hogar… Hay que atenderlo, no pelear mucho y solo recordarle que quien administra el gasto familiar, es la esposa…

—Pero es muy facilito y no puede echar a la fila algo que siempre me tendrá furiosa —dijo Norma Luisa, pálida y ojerosa y con pocos ánimos para seguir la charla.

Emma intentó ser directa en sus comentarios, en su interés de proteger mejor a la recién nacida.

La ancha sombra de su caparazón de mujer, afín a la buena mesa, casi cubrió a su hija de crianza.

La guagua seguía en su recámara bajo los cuidados del Gringuito.

—Si lo amas, tienes que perdonarlo y debes hacerlo, hijita, por Consuelito que merece tener un padre a su lado… Ten la seguridad que este muchacho va a terminar siendo un macabeo… Tarde o temprano, como te lo ha dicho Carmelita, va a comer de tu mano

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