SU AUSENCIA

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Ningún ser pensante sabe por qué estamos en la tierra. Estamos, c’est tout, como dicen los franceses. Es la necesidad de posesión la que nos mueve. Tener para mitigar nuestros sentidos. Desde la sed y el hambre, hasta los placeres y sentimientos.

Lisandra ha aceptado llevarme en su automóvil al departamento de Walkley.

Me regaló un juego de cama, dos almohadas y utensilios de cocina.

Fue su particular manera de agradecer mi ayuda.

Mientras cruzamos la ciudad, no hablamos. Observo lo que ocurre a nuestro paso. Las mismas fachadas de edificios, casas y comercios.

La gente es rehén de la movilidad y tiene tiempo de arrojarles monedas a sus pordioseros.

Montreal es un cerebro de concreto interconectado por cables eléctricos.

Los automotores son como las ideas que van de un lugar a otro para construir conceptos.

Millones de palabras se han adherido a los muros y rótulos: los mercaderes promueven su propaganda con cinco vocales, veintidós consonantes y diez números.

Pienso:

La tercera parte de nuestra vida no tiene sentido, Dormimos y no intentamos acercarnos a la verdad.

 Melania aprovechaba esos momentos de inconsciencia para abandonar la habitación. Huía para reencontrarse con el marido y asumir su triste papel de geisha, mucama y cocinera ferviente.

Pienso:

Cien mil millones de neuronas hacen su trabajo y no me alegran el día.

Pienso:

Debo pedirle que haga un alto y, en algún dépanneur, compremos un paquete de cervezas.

Me contengo.

Hoy dormiré en habitación propia y he de organizar la poca vida que me queda.

Pienso:

Necesito un trago de alcohol o vomito.

—¿Puedes parar en cualquier tienda, por favor?

Me escucho decir.

—¿Te sientes mal? ¿Quieres que vayamos a algún bistro?

—No, no… solo a un depanneur para comprar cervezas…

Lisandra obedece. Detiene su auto frente a un negocio cercano a mi departamento.

Una somnolienta china en qipao me recibe tras el mostrador. No la saludo. Del frigorífico saco un paquete con seis cervezas de cristal. Entrego un billete de veinte dólares y recibo cuatro.

Imagino a la mujer de ojos rasgados y piel pálida en brazos de su madre, aguardando a que un grueso pezón acalle su desesperado llanto.

La China de Mao Tse Tung la acoge, educa y desecha.

Ahora vive aislada en su prisión de vidrio, aguardando el arribo de la noche para liberarse.

Retornará a sus orígenes bajo los soponcios del sueño.

Es el único medio disponible para reencontrarse con las estepas de sus ancestros.

—¿Quieres que te de una cogida, cabrona? — pregunto en castellano y el rostro adusto.

La mujer me observa intrigada.

—¿Pardon? Je ne comprends pas… ¿Parlez-vous français?

Le doy la espalda y abandono el negocio.

HEMEROTECA: Tv020719

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