LA SALIDA

chacal portada9 DE MAYO

El sacar mis cosas del departamento no fue una tarea fácil. Lo hice a escondidas, con prudencia. De no hacerlo, Silvestre perdería la cordura y me confrontaría.

Desconocía su reacción por depender su cordura a la magia tranquilizadora de los fármacos Risperidona y Queteapina.

Oscar me ayudaría en la maniobra.

En esta ocasión, Silvestre abandonó el departamento a las seis de la mañana, como sucedía de lunes a sábado.

Estuve atento a los ruidos que provocaba: lavar sus placas dentales con una escobetilla, empujar el sillón-cama, encender el televisor y escuchar las noticias, calentar agua en el microondas para el Nescafé, excretar gargajos en el fregadero, sacar del refrigerador los toppers con alimentos y meterlos en su mochila, calzarse y accionar la llave al abrir y cerrar la puerta de acceso al estacionamiento.

Todo un ritual que difícilmente alteraba después de abandonar el sillón-cama.

Cauto, aguardé veinte minutos antes de dejar la habitación.

Durante la noche metí en la maleta parte de mi ropa y alimentos. En una maleta con logotipo de un equipo de futbol soccer profesional. Otro tanto rellenó mi mochila de montañista.

 Necesitaba realizar tres jornadas de achique para dejar atrás esta pesadilla.

Oscar supuse que dormía. Preferí no molestarlo.

Sin embargo, al escuchar los aullidos de la madera por el peso de mis pisadas, abrió la puerta y pidió que aguardara.

Necesitaba cinco minutos para asearse, desaguar y comerse un cereal.

—También estuve alerta para que este hijo e puta se largara —dijo con la pelambrera revuelta y párpados hinchados por los excesos del sueño.

Lo secundé en la cocina.

Bebí café y preparé una avena con agua caliente, miel maple y un puño de pasitas (uvas deshidratadas).

Mientras desayunábamos de pie, frente a la ventana, comprobé que el frio continuaba haciendo de las suyas. Era necesario protegerme.

Durante mayo, el calor le da un merecido descanso a los osos polares y al cerebro inflamado de los lugareños de tierras cálidas.

De septiembre a abril, temperaturas menores a cinco grados cabalgan por todo Quebec.

Durante cinco o seis meses sus ciudades y campiñas soportaban enormes plastas de nieve y hielo cristalino y cortante.

Los quebequés de Montreal no eran enemigos del frio, menos de la nieve.

Su vida está ligada a los climas extremos.

Todos se adaptaron a esa realidad diaria, relacionada a sus necesidades: construyeron una especie de ciudad paralela bajo tierra, como Stalin lo hizo en Moscú, en su afán de protegerse de la incursión devastadora de los nazis o Ho Chi Minh, en Vietnam, para contrarrestar los bombardeos de sus adversarios pro colonizadores y anticomunistas.

En Montreal, desde la década de los sesenta, un ejército de obreros e ingenieros civiles horadaron la tierra. En cuarenta manzanas del corazón de la ciudad edificaron treinta y dos kilómetros de túneles subterráneos, iluminados por electricidad. Dentro predominan siete estaciones del tren subterráneo, hoteles lujosos, oficinas burocráticas y apretujados comercios.

Lo mismo ocurrió en otros puntos urbanos, donde el tren subterráneo transporta turistas, estudiantes, empresarios, empleados y obreros.

Las seis mil fábricas industriales de Montreal generan riqueza material y ocupación laboral.

La isla está obligada a respirar progreso.

Los débiles terminan sepultados o en hospitales psiquiátricos.

Durante el trayecto a mi nueva guarida de seis metros cuadrados, Oscar no cesaba de hablar. Intentaba instruirme sobre el uso del transporte público para acortar distancias.

Por ejemplo, insistía, que no era necesario utilizar el tren subterráneo para llegar a mi objetivo.

Existen autobuses que permiten disfrutar la ciudad y conocer rostros menos adustos e indiferentes a su entorno, como ocurre dentro de los vagones del Metro.

Oscar iba enfundado en un chaleco gris, de reportero, y una playera Polo de torso verde seco y mangas moradas. Los jeans y tenis despedían un olor agrio por la falta de aseo.

—¿Y cómo llegaste a Canadá? –lancé el garlito y cayó.

De inmediato cambió la conversación.

Noté su rostro ensombrecido. Me reveló:

—Mis padres son maestros y solo tuvieron dos hijos y yo soy el mayor. En Santiago de la Frontera, de donde vengo, la guerrilla y la guardia nacional secuestraban a los muchachos y en dos ocasiones yo caí en las garras del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional que aceptó sobornos de mi padre para que me soltaran. Así que mi padre prefirió sacarme de El Salvador y lo hizo con ayuda de un pollero, amigo del director de la escuela donde él daba clases. No fue cualquier cosa, amigo. Si supieras vos las que tuve que pasar. Porque de Santiago de la Frontera a territorio mexicano son como cuatrocientos kilómetros y en esos tiempos había guerrilleros, grupos paramilitares y militares por todos lados. Era un infierno y ni modo, amigo, teníamos que jugárnosla y yo lo hice. Uno de mis compas, de mi misma edad, perdió las piernas en el tren de la muerte, el que va de Tapachula  a Nuevo Laredo… Algo así como dos mil kilómetros y hay que aguantar frio, calor, hambre y miedo, mucho miedo, porque en algunos tramos, sobre todo por Veracruz y Nuevo León, hay pandilleros y policías muy hijos e puta, sin alma los perros… Y fíjate, yo apenas tenía catorce años…

Santiago de la Frontera es una comunidad sumida en una pequeña llanura tropical rodeada de montañas y terraplenes. Posee palmeras y grana, humedecidas por los torrenciales que desembocan en la frontera guatemalteca y bajo el resguardo de un Santo patrono de túnica azul, espada desenvainada y cabalgando en un corcel blanco y brioso.

Los monos, tarchinoles y talapos o guardabarrancos se singularizan con sus desmesurados gritos y gorjeos.

Oscar Naranjo dejó a sus espaldas ese tesoro natural y cultural para enclaustrarse en una empresa de mudanzas y en una habitación sin energía eléctrica, vigilada por un ex policía homicida y esquizofrénico, tal vez —y quise creerlo— por la falta de sol.

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