LA BODA

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La boda se realizó en el registro civil del viejo puerto de Montreal, próximo a un atracadero de yates.

Familiares y amigos de Nathan acudieron a la ceremonia.

 El viejo en frac blanco y corbatín azul cielo. Yo, en un vestido rojo encarnado, plegado al cuerpo para resaltar el trasero y las tetas.

Nathan no quiso que utilizara sostén para incomodar a sus nueras e hijas, apegadas a las recomendaciones morales del Vaticano.

El sábado 24 de septiembre el cielo estaba despejado. En todo su esplendor reflejaba las tranquilas aguas del rio Saint Lawrence, alteradas momentáneamente por el paso de las lanchas fuera-motor y los barcos de carga, provenientes del Atlántico o de Chicago y Toronto.

Me sentí radiante, feliz y valorada, después de mi largo peregrinar por los senderos de la desdicha, el abuso y miedo.

En Montreal, durante ocho años circulé sin estatus migratorio: estuve invisibilizada.

Ahora era distinto.

De un momento a otro, como una película de Disney, recuperé una nueva identidad.

El aprender la lengua francesa hizo su parte positiva: el comprender las sentencias del juez de ropa negra y cabellera algodonada.

Y decir el oui, j’accepte, tomada de la mano del anciano.

Payette me reveló que el responsable de desposarnos era el  representante municipal del barrio Le Petite Italie, donde residíamos.

Payette, como el juez, provenía de Palermo. Desde 1960 arribó a Montreal con sus padres y hermanos.

En el brindis me confió que un mes antes de cumplir los diez años dejó la sua bella città italiana.

En Quebec, la boda civil dependía del Ministerio de Justicia. Y bajo su autorización, cualquier burócrata del ayuntamiento —desde el alcalde al inspector de parques públicos— podría presidir este tipo de ceremonias.

Los Payette obtuvieron los permisos.

Lo sorprendente fue que, con apoyo de un funcionario de la embajada mexicana, renovaron mi pasaporte y se allegaron de una copia certificada de mi acta de nacimiento.

Nunca fui consultada para demandar los documentos personales ante el gobierno mexicano. Sin duda sobornaron a la persona indicada.

Todo por la felicidad del viejo patriarca.

Los testigos de nuestra boda fueron Luciano y su esposa, Demi, una madona rolliza y de carácter reservado. Le había escandalizado mi forma de vestir e impúdicamente resaltar el grosor de mis pezones en la tela escarlata.

Ninguno de los presentes, hembra o macho, lograba sustraerse a mis atributos físicos.

Recordé a la actriz porno Anna Nicole Smith cuando contrajo matrimonio, el 27 de junio de 1994, con el millonario texano, de 90 años de edad, J. Howard Marshall.

Era sesenta y cuatro años mayor a ella.

Imaginé:

Los allegados de Nathan han de suponer que estoy interesada en la fortuna del viejo y el obtener la ciudadanía canadiense.

No estaban equivocados.

La fiesta se realizó en un lujoso yate con nombre griego: κόκκινο αστέρι (Estrella roja).

En uno de los camarotes VIP permanecimos tres días y dos noches.

La tarde del lunes volamos hacia Vancouver, donde Luciano tenía un pequeño chalet, en zona de Richmond, cerca del gran casino y el aeropuerto internacional.

No me negué a cumplirle todos sus caprichos sexuales al viejo.

Durante la comida, preparada por una mujer afrocanadiense, de padre puertorriqueño —llamada  Linda Castro—, le dije que iría de compras a la ciudad de Vancouver.

En realidad buscaba desintoxicarme un poco de su olor y presencia.

—Ve, ve mujer —me apuró Payette sin dar muestras de recelo. Su agotamiento era evidente—. Voy a tomar un par de pastillas para dormir y no te preocupes por hacer ruido al llegar, estaré desmayado… Puedes utilizar la tarjeta de crédito del banco Desjardins…

La empleada doméstica, en un enrevesado castellano, intentó describirme el lugar donde podía adquirir cualquier tipo de baratijas, ropa, calzado e incluso arreglarme el cabello y las uñas.

En la parte norte de Richmond, entre las calles Granville y Dunsmuir, se encontraba una plaza comercial muy socorrida por los turistas y lugareños: The Pacif Centre.

Un taxi, solicitado por Linda, me conduciría al lugar indicado.

Y cinco horas después, en la misma unidad, retornaría a nuestro chalet de la calle Blundell.

Lo primero que hice al llegar a la plaza comercial fue meterme a un bar, el Moose’s Down Under, donde bebí cerveza australiana.

Anastasio Villa jamás contestó mis llamadas telefónicas y correos electrónicos.

Su silencio me entristeció. Desconocía si aún vivía en Toronto. La misma desazón me provocó Leonardo al partir a México, tras perder la cordura y calificarme de puta y loca.

Temí que atentara contra mi vida. Prácticamente hui y escondí en un cuarto de hotel.

Y quedó en el aire su promesa de protegerme y alejarme de la putería. Permanecimos en Quebec y en la clandestinidad.

El duro trabajo en las empacadoras y granjas lo agotaron.

Leonardo anhelaba recuperar a su familia, radicada  en La Piedad.

Ya medio-ebria por la cerveza, quise justificar su comportamiento final y, a la vez, agradecer su apoyo de sacarme de México e introducirme a Montreal, donde pude sobrevivir, antes de ser la señora Payette.

Una mesera escurrida de carnes y piernas larguchas, depositó en la mesa un tarro de cerveza que yo no había solicitado.

Intrigada, entrecruzamos miradas. Sin pronunciar palabra la mujer me señaló a un hombre con quevedos, barba poblada entrecana, y un pequeño sombrero Stetson.

Me recordó a Norberto.

Hallábase reclinado  en la barra.

Le hice una señal para invitarlo a acompañarme en la mesa.

No se hizo del rogar.

—¿Do you speak Spanish? —pregunté en un mal acento inglés.

—Claro, del meritito Distrito Federal… —respondió y ocupó una de las tres sillas.

Su sonrisa me sedujo.

Cargaba una IPad para leer libros virtuales, muy parecida a la mia, y se lo comenté.

—Me encanta que la gente lea —dije por decir, sin ánimo de quedar bien ante el recién llegado.

—Yo tengo que hacerlo por mi oficio —dijo con algo de fastidio.

—¿Eres librero?

—Algo así  —volvió a sonreír por mi comentario—. Soy periodista, escribo malos libros en castellano y sobrevivo con una beca que me da el ayuntamiento de Vancouver…

HEMEROTECA: Enloe Cynthia – Empujando Al Patriarcado

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